ABRIMOS LA PUERTA SELLADA

ABRIMOS LA PUERTA SELLADA
A mediados de febrero habíamos terminado el trabajo en la antecámara. A excepción de las dos estatuas de los centinelas, que dejamos por razones especiales, todo lo que contenía había sido trasladado al laboratorio; habíamos barrido el suelo y cribado en busca de la última cuenta y del último fragmento de incrustación el depósito encima de él, y ahora estaba limpio y vacío. Al fin estábamos a punto de aclarar el misterio de la puerta sellada.
El viernes 17 era el día señalado, y a las dos de la tarde los que habían de gozar del privilegio de ser los testigos de la ceremonia se reunieron junto a la tumba, según se les había indicado. Estaban Lord Carnarvon, Lady Evelyn Herbert, Su Excelencia Abd el Halim, Pacha Sulimán, ministro de Obras Públicas, M. Lacau, director general del Servicio de Antigüedades, Sir William Garstin, Sir Charles Cust, Mr. Lythoge, conservador del Departamento Egipcio del Metropolitan Museum de Nueva York, el profesor Breasted, el Dr. Alan Gardiner, Mr. Winlock, el Honorable Mervyn Herbert, el Honorable Richard Bethell, Mr. Engelbach, inspector en jefe del Departamento de Antigüedades, tres inspectores egipcios del Departamento de Antigüedades, el representante del Bufete de Prensa del Gobierno y los miembros del equipo, unas veinte personas en total. A las dos y cuarto ya estábamos todos, así que nos quitamos las chaquetas y avanzamos por el pasadizo que se adentraba en la tumba.
Todo estaba a punto y listo en la antecámara y debió de ser una extraña visión para los que no la habían visto desde que abrimos la tumba por primera vez. Habíamos tapado las estatuas con tablones para protegerlas de cualquier posible daño y habíamos erigido una pequeña plataforma entre ellas lo bastante alta como para permitirnos alcanzar la parte superior de la puerta, habiendo decidido, por razones de seguridad, trabajar de arriba abajo. A poca distancia detrás de la plataforma había una barrera y detrás de ella, sabiendo que tal vez nos esperaban horas de trabajo, habíamos dispuesto sillas para los visitantes. Habíamos colocado soportes para las lámparas a cada lado de la puerta, cayendo su luz de lleno sobre ella. Al pensar hoy en todo esto nos damos cuenta ahora del extraño e incongruente espectáculo que debía representar la cámara; pero en aquel momento no creo que una idea semejante cruzara nuestras mentes. Sólo teníamos un pensamiento: allí, frente a nosotros, había una puerta sellada, y al abrirla íbamos a borrar los siglos y encontrarnos en presencia de un monarca que reinó hace tres mil años. Mis propios sentimientos al subir a la plataforma eran muy diversos y mi mano temblaba al dar el primer golpe.
Mi primera preocupación fue localizar el dintel de madera encima de la puerta; entonces, con mucho cuidado quité pequeños fragmentos de yeso y empecé a sacar los cascotes que formaban la capa superior del relleno. A cada momento la tentación de parar y mirar hacia adentro era irresistible y cuando, tras algunos minutos, hube abierto un agujero lo suficientemente grande como para poder hacerlo, coloqué una linterna. Su luz reveló una visión asombrosa, ya que allí, a un metro de la puerta, extendiéndose hasta perderse de vista y bloqueando la entrada de la cámara había lo que tenía el aspecto de ser una pared de oro macizo. De momento no había explicación alguna a su significado, así que lo más deprisa que me atreví a hacerlo, empecé a trabajar para ensanchar el agujero. Para entonces esta operación se había hecho muy difícil, ya que las piedras de la mampostería no eran bloques cuadrados, colocados regularmente uno sobre otro, sino pedruscos de diverso tamaño, algunos de ellos tan pesados que tenía que poner todos mis esfuerzos para conseguir levantarlos. Por otra parte, algunos de ellos al sacar el peso que tenían encima quedaban en un estado de equilibrio tan precario que el menor movimiento en falso podía enviarlos hacia adentro, estrellándose sobre el contenido de la cámara. También procurábamos conservar la impresión de los sellos que había sobre la gruesa capa de mortero de la pared exterior, lo cual añadía considerable dificultad al manejo de las piedras. Mace y Callender me ayudaban en el proceso y sacábamos cada una de ellas con un sistema regular. Yo la soltaba con una palanca mientras que Mace la sostenía para evitar que cayera hacia adelante; entonces yo la levantaba y la pasaba a Callender, que estaba detrás de mí, el cual la daba a uno de los capataces, y así, a través de una cadena de obreros, seguía pasadizo arriba hasta salir de la tumba.
Al sacar unas pocas piedras quedó resuelto el misterio de la pared de oro. Nos encontrábamos, en efecto, en la entrada de la cámara funeraria del rey, y lo que nos cerraba el paso era el lateral de una inmensa capilla dorada construida para cubrir y proteger el sarcófago. Ahora era posible verla desde la antecámara a la luz de las linternas y al ir sacando piedra por piedra y aparecer gradualmente su superficie dorada podíamos sentir, como si fuera una corriente eléctrica, el cosquilleo de excitación que emocionaba a los espectadores al otro lado de la barrera. Los que hacíamos el trabajo estábamos, probablemente, menos conmovidos, ya que la tarea que teníamos entre manos, es decir, la de quitar el bloqueo sin que se produjera un accidente, requería todas nuestras energías. La caída de una sola piedra podía haber causado un daño irreparable a la delicada superficie de la capilla, así que tan pronto como el agujero fue lo bastante grande, preparamos una protección adicional colocando un colchón en la parte interior del relleno, suspendiéndolo del dintel de madera de la puerta. Nos llevó dos horas de trabajo intenso quitar el relleno de la puerta, o por lo menos quitar lo que era suficiente para entonces. Hubo un momento, cerca del final, en que tuvimos que detener el trabajo durante algún tiempo mientras recogíamos las cuentas dispersas de un collar que los ladrones sacaron del interior de la cámara, dejándolo caer en el dintel. Esto último fue una prueba terrible para nuestra paciencia, ya que era un trabajo lento y todos estábamos llenos de curiosidad por ver lo que había dentro; pero finalmente terminamos, sacamos las últimas piedras y quedó abierto ante nosotros el camino a la cámara más profunda.
Al sacar lo que bloqueaba la puerta habíamos descubierto que el nivel de la cámara interior era aproximadamente 1,25 m. más bajo que el de la antecámara, y esto, combinado con el hecho de que el espacio entre la puerta y la capilla era muy estrecho, hacía que no fuese fácil entrar en ella. Afortunadamente no había objetos menores en este extremo de la cámara, así que me agaché y tomando una de las lámparas portátiles me incliné con cuidado hacia la esquina de la capilla y miré al otro lado. En la esquina había dos bellos vasos de alabastro que bloqueaban el paso, pero pude ver que si los sacábamos quedaría un pasillo expedito hacia el otro lado de la cámara; así, pues, marcando con cuidado el lugar en que estaban los levanté y los pasé a la antecámara: a excepción del vaso de rogativas del rey, eran los de mejor calidad y los de forma más graciosa de todos los que habíamos encontrado hasta entonces. Lord Carnarvon y M. Lacau se unieron a mí y seguimos investigando, abriéndonos camino por el estrecho paso entre la capilla y la pared, tirando del cordón de nuestra lámpara.
No cabía duda alguna de que el lugar en que estábamos era la cámara funeraria, ya que por encima de nosotros se erigía una de las grandes capillas doradas bajo las cuales yacían los reyes. Su estructura era tan enorme (5,20 m. de largo por 3,25 m. de ancho y 2,75 m. de alto, según averiguamos más tarde) que llenaba casi toda el área de la cámara, estando separada de sus paredes por menos de un metro por cada uno de los cuatro lados, mientras su cubierta, con toro y cornisa, llegaba casi hasta el techo. Estaba recubierta de oro de arriba abajo y tenía incrustado en los lados paneles de fayenza azul en los que se repetían una y otra vez los símbolos mágicos que debían asegurar su fortaleza y seguridad. Alrededor de la capilla, sobre el suelo, había muchos emblemas funerarios y en el extremo norte los siete remos mágicos que el rey necesitaría para cruzar las aguas del más allá. Las paredes de la cámara, a diferencia de las de la antecámara, estaban decoradas con escenas e inscripciones de brillante colorido y tonos vivos, pero evidentemente ejecutados con prisas.
Estos detalles seguramente los advertimos más tarde, ya que en aquel momento nuestro único pensamiento era la capilla y cómo resguardarla. ¿Habían penetrado en ella los ladrones, profanando la tumba real? Aquí, en el extremo este, estaban las grandes puertas que iban a contestar a nuestra pregunta, cerradas y con el pestillo corrido, pero no selladas. Descorrimos ansiosamente los pestillos y abrimos las puertas de par en par; allí dentro había otra capilla, con puertas igualmente cerradas con pestillo y sobre él había un sello intacto. Estábamos decididos a no romperlo, ya que nuestras dudas no se habían disipado y no podíamos seguir adelante sin correr el riesgo de dañar seriamente el monumento. Creo que en aquel momento ni siquiera queríamos romper el sello, ya que un sentimiento de intrusión había caído pesadamente sobre nosotros al abrir las puertas, aumentado posiblemente por la situación casi hiriente de un paño mortuorio de lino, decorado con rosetas doradas, que colgaba en el interior de la capilla. Sentimos que estábamos en presencia de un rey muerto y le debíamos reverencia, y en nuestra imaginación podíamos ver las puertas de las sucesivas capillas abrirse una tras otra hasta que en la más profunda aparecería el mismo rey. Cuidadosamente y en el mayor silencio posible volvimos a cerrar las grandes puertas y continuamos hasta el extremo más alejado de la cámara.
Aquí nos esperaba una sorpresa, ya que una puerta baja, situada al este de la cámara funeraria, daba acceso a otra habitación, más pequeña que las anteriores y no tan majestuosa. Esta puerta, a diferencia de las demás, no había sido cerrada ni sellada. Desde donde estábamos pudimos conseguir una clara visión de todo lo que contenía, y una simple mirada bastó para decirnos que allí, en aquella reducida cámara, había los tesoros más grandes de la tumba. Mirando a la puerta, en la parte más extrema, había el más bello monumento que he visto en mi vida, tan hermoso que hace perder el aliento de asombro y admiración. Su parte central consistía en un gran cofre en forma de capilla, recubierto totalmente de oro y rematado por un friso de cobras sagradas. A su alrededor se erigían las estatuas de las cuatro diosas tutelares de los muertos —graciosas figuras con los brazos extendidos como protección, en una actitud tan natural y llena de vida y con una expresión tal de piedad y compasión en sus rostros que uno sentía que era casi un sacrilegio mirarlas. Cada una de ellas protegía uno de los cuatro lados de la capilla, pero mientras que las figuras de la parte de delante y de detrás tenían su mirada fija en el objeto que estaba a su cargo, las otras dos añadían un conmovedor toque de realismo, ya que tenían la cabeza ladeada, mirando por encima de sus hombros hacia la entrada, como si vigilasen contra cualquier sorpresa. Este monumento tiene una grandeza tan simple que atrae irresistiblemente a la imaginación y no me avergüenza confesar que al mirarlo se me hizo un nudo en la garganta. Se trataba, sin duda, del cofre canope, que contiene las jarras que representan un papel tan importante en el ritual de momificación.
Había otras muchas cosas maravillosas en la cámara, pero era difícil que las notáramos en aquel momento, tan irresistible era la fuerza que nos nacía mirar una y otra vez las encantadoras figuras de las pequeñas diosas. Justo frente a la entrada había un figura del dios chacal Anubis, sobre su capilla, envuelto en una tela de lino y descansando sobre unas andas y tras él la cabeza de un toro sobre una peana —todos ellos emblemas del más allá. En el lado sur de la cámara había un número infinito de capillas y cofres negros, todos cerrados y sellados, excepto uno, cuyas puertas abiertas dejaban ver estatuas de Tutankhamón alzándose sobre leopardos negros. En la pared más alejada había más cajas en forma de capilla y féretros en miniatura hechos de madera dorada, estos últimos sin duda conteniendo estatuillas funerarias del rey. En el centro de la habitación, a la izquierda de Anubis y el toro, había una hilera de magníficas arquetas de marfil y madera, decoradas e incrustadas con oro y fayenza azul; una de ellas, cuya tapa levantamos, contenía un maravilloso abanico de plumas de avestruz con empuñadura de marfil, aparentemente tan fresco y resistente como cuando lo terminó su autor. En otros rincones de la cámara había también un buen número de maquetas de barcos, de velamen y aparejo completos y en el lado norte otro carro.
Este era el contenido de la cámara interior según se veía en un rápido reconocimiento. Buscamos ansiosamente el rastro de un saqueo, pero no había ninguno a la vista. Era absolutamente seguro que los ladrones habían entrado, pero todo lo que habían hecho era abrir dos o tres arquetas. La mayoría de ellas, como dijimos, tenían los sellos intactos y el contenido de esta cámara afortunadamente todavía estaba en la misma posición en que fue colocado en el momento del enterramiento, en contraste con el de la antecámara y el anexo.
No puedo decir cuánto tiempo empleamos en este primer reconocimiento, pero debió de parecer eterno a los que esperaban ansiosamente en la antecámara. No podíamos dejar que entrasen más de tres a la vez por razones de seguridad, así que cuando Lord Carnarvon y M. Lacau salieron, los demás entraron por parejas: primero Lady Evelyn Herbert, la única mujer del grupo, con Sir William Garstin, y luego los demás por turno. Mientras aguardábamos en la antecámara era curioso contemplar sus caras cuando uno por uno salían por la puerta. Cada rostro tenía una mirada aturdida, de asombro en los ojos y todos ellos al salir levantaban las manos, un gesto inconsciente que reflejaba su impotencia para describir con palabras las maravillas que habían visto. Eran, desde luego, indescriptibles y las emociones que han producido en nuestras mentes son de un carácter demasiado íntimo para comunicarlas aunque pudiéramos disponer de palabras. Fue una experiencia que, estoy seguro, ninguno de los allí presentes será capaz de olvidar, ya que acabábamos de presenciar con la imaginación —y no sólo con la imaginación— las ceremonias fúnebres de un rey muerto hacía mucho tiempo y casi olvidado. A las dos y cuarto nos habíamos dirigido a la tumba, y cuando tres horas más tarde salimos de nuevo a la luz del sol, acalorados, cubiertos de polvo y desgreñados, el mismo Valle parecía haber cambiado. Se nos había dado la libertad.
El día 17 de febrero lo reservamos para que los egiptólogos inspeccionaran la tumba y, afortunadamente, casi todos los que estaban en Egipto pudieron estar presentes. Al día siguiente la reina de Bélgica y su hijo, el príncipe Alejandro, nos hicieron el honor de su visita, sintiéndose genuinamente interesados en todo cuanto vieron. Lord y Lady Allenby estuvieron presentes en esta ocasión junto con cierto número de otros visitantes distinguidos. Una semana más tarde, por razones ya dadas en un capítulo anterior, cerramos la tumba y la enterramos una vez más.
Así terminó nuestra campaña de trabajos preliminares en la tumba del rey Tutankhamón. Hay mucho que hacer todavía. Nuestra primera tarea el próximo invierno será difícil y llena de ansiedad: desmantelar las capillas de la cámara funeraria. Es posible, según información proporcionada por los papiros de Ramsés IV, que haya una serie de no menos de cinco de estas capillas, construidas una sobre otra, antes de que lleguemos al sarcófago de piedra en que yace el rey y en los espacios entre las capillas podemos esperar encontrar buen número de hermosos objetos. Con la momia —si, como esperamos y creemos yace intocada por los saqueadores— debería haber las coronas y otras galas propias de un rey de Egipto. No podemos saber en este momento cuánto tiempo nos llevará realizar este trabajo en la cámara funeraria, pero debemos terminarlo antes de tocar para nada la cámara interior y nos consideraremos afortunados si podemos sacar todo lo que hay en ambas en una sola campaña. El anexo, probablemente, requerirá otra campaña a causa de lo revuelto de su contenido.
Nuestra imaginación se debilita pensando en lo que la tumba puede producir todavía, ya que el material a que nos hemos referido representa tan sólo la cuarta parte, tal vez la menos importante del tesoro que contiene. Todavía habrá muchos momentos emocionantes antes de que terminemos nuestra tarea y esperamos ansiosamente el trabajo que nos espera. Sólo lo oscurece una sombra, un pesar que el mundo debe compartir: el hecho de que Lord Carnarvon no haya podido ver el pleno resultado de su obra; pero los que la llevaremos a cabo le dedicaremos lo mejor de nosotros.