DATOS DE INTERÉS EN EL RITUAL FUNERARIO EGIPCIO

DATOS DE INTERÉS EN EL RITUAL FUNERARIO EGIPCIO
Sin duda la mayor ceremonia en la vida de cada egipcio, proporcional-mente relacionada con su rango, era su funeral.
En el antiguo Egipto todos los hombres, desde el faraón al campesino, tenían un interés enorme en proporcionarse un buen entierro, interés que se mantenía en todos los momentos de su vida. Para lograrlo, hacían complicados preparativos de acuerdo con su rango y, naturalmente, era su deseo que los que les sobrevivían se encargaran de llevarlos a cabo. La creencia general de los antiguos egipcios sobre los beneficios de recibir una digna sepultura está expresada con sencilla dignidad en la historia de un tal Sinuhé, que nos ha llegado desde el Imperio Medio, hace unos cuarenta siglos, traducida por el Dr. Alan Gardiner:

«Recuerda entonces el día de tu entierro, del paso a la beatitud: cuando la noche se te dedicará, con aceites y con vendas, los trabajos manuales de Tayt (o sea la diosa del tejido). Habrá que hacer una procesión para ti el día que te reúnas con la tierra: la caja de oro para la momia, con cabeza de lapislázuli, un cielo (o sea la capilla) por encima de ti, mientras que tú serás colocado sobre el carro funerario y los bueyes tirarán de ti. Entonces los músicos deberán aguardar tu llegada y deberá bailarse la danza de Muu a la puerta de tu tumba. Se pronunciarán las palabras de ofrenda en tu beneficio y se sacrificarán las víctimas a la puerta de tu estela».

Esta tendencia podría considerarse como una expresión general del optimismo que reinaba entre este antiguo pueblo, pero en todas las épocas ha habido pesimistas, y sabemos de un poeta egipcio que se lamenta en los siguientes términos acerca de la inutilidad de bellos sepulcros: «El que construyó allí en granito, el que levantó una sala en la pirámide, el que colocó allí todo lo que era bello en objetos valiosos… su altar estará tan vacío como los de los fatigados que mueren a la orilla del canal sin dejar supervivientes».
Estas citas nos transmiten las opiniones, confiada una, disidente la otra, sostenidas acerca de este asunto, pero aunque la última aparece raras veces, por lo menos nos da una idea de lo que era habitual. Las tumbas talladas en la roca se empezaban en vida del difunto. Por ejemplo, la reina Hatshepsut se preparó para sí misma una tumba tallada en la ladera occidental de la montaña de Tebas cuando era consorte de Tutmés II y otra más tarde en el Valle de las Tumbas de los Reyes cuando llegó a convertirse ella misma en reina. También Horemheb tuvo dos tumbas, una como general del ejército, otra como rey, después de haber usurpado el trono. Pero tal vez el ejemplo más sorprendente sea el del rey Akhenatón, quien ya en el sexto año de su reinado, cuando tenía unos dieciocho años, al delimitar los límites de su ciudad (El-Amarna), inscrito en tablillas, decreta:

«Se me levantará un sepulcro en la Montaña de Oriente; mi enterramiento será (hecho) allí durante la multitud de jubileos que Atón, mi padre, ha ordenado para mí, y el enterramiento de la esposa principal del rey, Nefertiti, se realizará allí dentro de multitud de años… (y el enterramiento de) la hija del rey, Meritatón, se realizará en ella dentro de multitud de años».

Más adelante, Akhenatón establece que si él o su esposa Nefertiti o su hija mayor, Meritatón, muriese «en cualquier ciudad», fuera de los límites de la suya, deberán ser transportados y enterrados en el sepulcro preparado por él en «la Montaña de Oriente» de su ciudad. Hay muchos otros ejemplos de este tipo que no hace falta mencionar.
En vida del difunto se comenzaba la tumba tallada en la roca, e incluso se preparaba el sarcófago de piedra, como en el caso de la reina Hatshepsut, y si se acepta que el papiro de Turín, relacionado con la tumba de Ramsés IV, puede considerarse un proyecto de la misma —según es mi opinión, también se preparaban las capillas de madera dorada y algunos de los elementos de significación religiosa del ajuar funerario. Sin embargo, los resultados de investigaciones arqueológicas sugieren que la mayor parte del ajuar se hacía después de la muerte, aunque sin duda el difunto había tomado disposiciones previamente. Esto lo indica el hecho de que, en casi todos los ajuares funerarios, los nombres, títulos y rango eran los que el muerto tenía en el momento de su muerte. Los objetos que le habían pertenecido ya durante su vida son la única excepción.
En el caso de la tumba de Tutankhamón hay bastantes pruebas para demostrar que por lo menos la mayor parte del equipo funerario se hizo después de su muerte, durante el período de momificación y en el período siguiente, tiempo necesario para llevar a cabo los rituales previos al entierro. Este detalle lo confirma el hecho de que las estatuas funerarias, estatuillas, féretros y máscara muestran una artesanía algo apresurada y representan a Tutankhamón con la edad que tenía al morir, según lo demuestra su momia, mientras que, por el contrario, piezas que sin duda pertenecían a los muebles del palacio de El-Amarna, tales como el trono, llevan su antiguo y primer nombre, Atón, y los bastones ceremoniales de oro y plata le representan con la edad que tenía cuando llegó a ser rey.
Así, pues, es evidente que al no poder hacerse en vida del difunto, gran parte del ajuar funerario dependía principalmente de la fidelidad de su sucesor.
Herodoto, al escribir unos nueve siglos después de la muerte de Tutankhamón, nos da un breve relato del modo en que los egipcios manifestaban el duelo, así como el sistema de momificación empleado en su día: «En cada casa, a la muerte de un hombre de importancia, las mujeres de la familia se cubren la cabeza, y a veces incluso la cara, con barro; y luego, dejando el cadáver en la casa, salen de ella y andan por toda la ciudad con el vestido atado con una faja y sus pechos al descubierto, golpeándose mientras andan. Todos sus familiares femeninos se les unen y hacen lo mismo. También los hombres, en atuendo semejante, se golpean cada uno el pecho. Cuando terminan las ceremonias, el cadáver es llevado a embalsamar».
«Hay —escribe— unos hombres en Egipto que practican el arte de embalsamar y hacen de él su ocupación. Estas personas, cuando les llevan un cuerpo, enseñan a los que lo traen varios modelos de cadáveres, hechos de madera y pintados para parecer de verdad. Se dice que el más perfecto está hecho a semejanza de aquel cuyo nombre no creo que sea devoto nombrar y que está en conexión con asuntos de tal naturaleza; el segundo tipo es inferior al primero y menos costoso; el tercero es el más barato de todos. Los embalsamadores explican todo esto y luego preguntan en cuál de estas formas se desea que se prepare el cadáver. Los que lo traen lo dicen y, una vez concluido el regateo, se marchan mientras los embalsamadores, a solas, proceden con su tarea». Al referirse al «proceso más perfecto», como lo llama Herodoto, tras explicarnos cómo se tratan el cerebro y las partes blandas del cuerpo, continúa: «Luego se coloca el cuerpo en natrón durante setenta días y se lo cubre por completo. Al expirar este período de tiempo, que no debe excederse, se lava el cuerpo y se lo envuelve, de cabeza a pies, con vendas de fina tela de lino, recubiertas de goma, que es lo que los egipcios generalmente usan en lugar de cola, y lo devuelven a sus familiares en este estado, los cuales lo colocan en una caja de madera que han hecho hacer para tal fin, en forma de hombre. Luego cierran la caja y la colocan en una cámara funeraria, de pie contra la pared».
Aunque el método de embalsamamiento descrito por el gran historiador griego se refiere a una época mucho más tardía, proceso, según demuestra la investigación arqueológica, era muy similar al empleado en épocas anteriores.
En casos normales esta práctica se prestaba a muchos abusos y podemos estar seguros de que los alrededores de los cementerios estaban llenos de hambrientos embalsamadores profesionales y sacerdotes de la más mísera condición, ansiosos de cebarse en los parientes del muerto. Pero sin duda en el caso de personajes reales y sagrados, la operación se realizaría en el palacio o sus dependencias con pompa y ceremonia y bajo una supervisión especial.
La cantidad de tiempo empleado para la momificación dada por Herodoto está confirmada por una estela de Tebas perteneciente a un noble del reinado de Tutmés III, hábilmente transcrita y publicada por el doctor Alan Gardiner. Esta estela también explica notablemente los ritos funerarios en boga un siglo antes de Tutankhamón:

«Un buen entierro llega en paz, habiéndose cumplido los setenta días en el lugar de embalsamamiento. Se te coloca en unas parihuelas… y eres arrastrado por toros sin mácula, rociándose el camino con leche hasta que llegas a la puerta de tu tumba. Los hijos de tus hijos, unidos en una sola voz, gimen con corazones llenos de amor. Tu boca es abierta por el lector y el sacerdote Sem realiza tu purificación. Horus fija tu boca y te abre los ojos y las orejas, siendo perfectos en cuanto a ti concierne tu carne y tus huesos. Se recitan en tu honor fórmulas y glorificaciones. Se hace en tu honor una ofrenda-dada-por-el-rey, estando tu propio y auténtico corazón contigo… Vienes en tu propia forma, incluso como era en el día en que naciste. Se trae hacia ti el hijo a quien tú amas, los cortesanos te rinden obediencia. Entras en la tierra dada por el rey, en el sepulcro del Oeste. Allí se llevan a cabo ritos en honor tuyo y de los tuyos…».

Pero acerca del período de momificación y el duelo que se debe a los muertos, debo también referir al lector al famoso pasaje del Génesis (50,2-3) en el cual «José ordenó a los médicos a su servicio que embalsamaran a su padre y los médicos embalsamaron a Israel. Y se cumplieron para él los cuarenta días, pues éstos son los días que se cumplen para los que son embalsamados; y los egipcios le lloraron durante setenta días».
Tenemos alguna información sobre las pompas fúnebres de Tutankhamón a través del material encontrado en el escondrijo de grandes jarras de cerámica, descubierto en 1907-1908 por Mr. Theodore Davis en el Valle, a corta distancia de la tumba del rey. Su contenido resultó ser los accesorios usados durante la celebración del funeral del joven rey y reunidos más tarde y colocados en jarras, según parece haber sido la costumbre en los enterramientos egipcios. Entre el material había sellos de arcilla de Tutankhamón y de la necrópolis real y coronas de flores del tipo que llevan las plañideras, según las representaciones pictóricas de escenas funerarias. Las coronas de flores, cosidas sobre hojas de papiro, son exactas a la encontrada en el féretro de oro; los vasos de cerámica son también parecidos a ejemplares hallados en la tumba. Este hallazgo indica que se rompían los vasos de cerámica y asimismo se retiraban los sellos de algunos objetos y que durante los ritos funerarios del rey se llevaban chales y coronas de flores. Sin embargo, el material no da información alguna acerca del ministerio de los «sirvientes divinos» y lectores que debieron de oficiar el enterramiento. De todos modos es evidente que el rey Ai, el sucesor de Tutankhamón, estaba presente y actuó como sacerdote Sem, según aparece en la pared norte de la cámara funeraria de la tumba. Además, la escena de la pared este de la misma cámara muestra que la momia del rey, que iba sobre una especie de trineo, fue arrastrada a la tumba, por lo menos durante algún rato, por cortesanos y altos oficiales en lugar de los bueyes que se usaban en funerales de personas que no pertenecían a la realeza.
Una vez terminadas las ceremonias es evidente que la tumba debió de haber quedado abierta en manos de los trabajadores durante algún tiempo, ya que lógicamente el grupo de capillas que cubría el sarcófago sólo pudo levantarse después de colocar en su lugar los grandes féretros y de cerrar el sarcófago. Igualmente el tabique que separaba la antecámara de la cámara funeraria debió de ser construido después de la erección de las capillas, introduciéndose a continuación los muebles que llenaban ambas cámaras.
Estas observaciones plantean una interesante cuestión: ¿dónde se guardaban todos los objetos valiosos y delicados que se destinaban a las cámaras mientras se realizaban operaciones como la erección de las capillas y el levantamiento del tabique? El hecho de que no tengamos pruebas de que hubiese un almacén en el Valle tal vez nos indique que el ajuar funerario del rey se traía desde los talleres reales sólo cuando todo estaba a punto, aunque puede que hubiera construcciones provisionales que sirviesen para tal fin. Si no se traían todos los objetos a la vez, las ceremonias fúnebres debieron de ser distintas de lo que se cree normalmente. Generalmente hemos supuesto que el ajuar se transportaba detrás del féretro en una procesión funeraria, formando así un espléndido desfile. Sin embargo, por lo que acabamos de ver, parece desprenderse que muchos de los objetos funerarios debieron de ser transportados a la tumba después del entierro del rey, cuando las cámaras estaban a punto para cobijarlos.
Cuando se cerraba y sellaba la tumba, se utilizaban los sellos del rey muerto en lugar de los de su sucesor.
Volvamos a Tutankhamón: su momia y sus féretros se dispusieron escrupulosamente para que representaran y simbolizaran al único gran dios de los muertos, Osiris. Parece haber una importante razón para ello. La estrecha relación que guardan los ritos funerarios con esta deidad se debía, probablemente, a la creencia de que Osiris estaba en muchos aspectos más próximo a los hombres que cualquier otra deidad, ya que sufrió los dolores de la muerte en esta tierra, fue enterrado y volvió a resurgir de una muerte perecedera a una vida inmortal. Se orientaba a la momia en dirección este-oeste y, según vimos en el capítulo anterior, se colocaban emblemas sobre ella de modo que correspondieran en posición a los Dos Reinos, el Alto y el Bajo Egipto. En las envolturas de la momia se incluían amuletos y adornos de significación religiosa, de acuerdo con el ritual señalado en el «Libro de los Muertos».
Según se desprende del capítulo anterior, nos encontramos, con gran disgusto, con que la momia de Tutankhamón se hallaba en muy mal estado como resultado, según sabemos ahora, de la gran cantidad de ungüentos con que había sido recubierta. Sin embargo, era evidente que estos ungüentos formaban parte esencial del entierro del rey.
Encontramos pruebas suficientes de que se había momificado, envuelto y adornado el cadáver con todos los accesorios antes de derramar los líquidos sobre él. Es muy probable que estos ungüentos tuvieran tan sólo una significación religiosa y que se aplicaran para santificar el cuerpo antes o después de los ritos, para consagrar o purificar al rey muerto o para ayudarle a iniciar su viaje a través de los misterios del tenebroso más allá. El ritual egipcio estaba lleno de simbolismo. La unción del cuerpo de Osiris por parte de los dioses daría a la ceremonia todo el peso de la tradición religiosa.
También es evidente que había un método establecido para derramar estos líquidos. Al parecer se esparcían de acuerdo con un criterio. Tanto en la esfinge del tercer féretro de oro como en las envolturas de la momia, se había derramado el líquido solamente sobre el tronco y las piernas. Se habían evitado la cara y los pies, a excepción del primer féretro, en el que se había derramado una pequeña cantidad sobre los pies, aunque, como ya sugerimos en el capítulo anterior, tal vez se debiera a un motivo completamente distinto.
Cualquiera que fuese la intención religiosa, el resultado, en cuanto concierne a la arqueología, había sido desastroso. No hay duda de que el empleo de los líquidos en los féretros de madera y de metal fue la causa principal del lamentable estado de su contenido. La acción del extraño líquido empleado ha sido triple: en primer lugar, la destrucción de la materia grasa, al producir ácidos grasientos, ha provocado la destrucción de las incrustaciones de vidrio y cemento de los objetos, atacando algunas de sus cualidades; en segundo lugar, la oxidación de la resina ha originado una especie de combustión lenta, que ha producido la carbonización de los tejidos de lino y, en menor grado, incluso de los tejidos de los huesos de la momia; en tercer lugar, la cantidad de líquido derramado tanto sobre el tercer féretro como sobre la momia fue suficiente para producir un cemento de color oscuro que consolidó su contenido.
Éste es el decepcionante resultado. El tiempo y la mala suerte, ayudados por la descomposición química indicada, han privado a la arqueología de, por lo menos, una parte de lo que podía haber sido una gran oportunidad. Lo que tanto habíamos deseado, o sea, el examen científico y el descubrimiento sistemático de la momia, se había convertido en algo prácticamente imposible. Naturalmente, esto plantea la cuestión de si todas las momias reales del Imperio Nuevo egipcio sufrieron el mismo tratamiento en cuanto a los ungüentos. A pesar de que las demás momias muestran tan sólo ligeros restos de un material resinoso parecido, creo que la ceremonia fue similar para todas ellas.
Hay que recordar que tanto en el caso de las momias reales descubiertas en el escondrijo de Deir el-Bahari como en las de la tumba de Amenofis II, ninguna de ellas tenía las envolturas o féretros originales, que habían sido sustituidos por otros más bastos por los sacerdotes de las Dinastías XX y XXI. Así, al ser despojadas de sus envolturas y féretros originales en época antigua, estas momias reales se libraron de los elementos destructores que actuaron sobre la momia de Tutankhamón. En otras palabras, el saqueo de las tumbas reales ocurrió antes de que hubiese transcurrido el tiempo suficiente para que los ungüentos penetraran en las voluminosas envolturas o pudiesen causar grandes daños.
Las jarras de alabastro pertenecientes a Ramsés II y Merenptah, que contenían los mismos ungüentos, descubiertos por Lord Carnarvon y por mí en el Valle en 1920, son pruebas del uso continuado de tales materiales. Las inscripciones hieráticas de las jarras mencionan «aceite de primera calidad procedente de Libia», «aceite de materias divinas, de primera calidad» y «grasa de Tauat».
De no ser por los ungüentos, estoy seguro de que las envolturas y todos los accesorios de la momia de Tutankhamón que estaban en el féretro de oro macizo hubiesen aparecido prácticamente tan perfectos como cuando los colocaron en él. En este punto podemos reconsiderar ahora algunas impresiones recogidas durante nuestra investigación acerca de los ritos funerarios de los antiguos egipcios, exponiendo lo que hemos progresado con el descubrimiento de esta tumba. En primer lugar, pruebas documentales demuestran que en la religión de los antiguos egipcios existía la creencia de que la solicitud de los vivos aseguraba el bienestar de los muertos. En segundo lugar, los raros ejemplos de filosofía pesimista que han llegado hasta nosotros, dudando de la utilidad de la construcción de vastos templos funerarios, capillas y tumbas en su honor, sólo pudieron tener una influencia muy reducida sobre la fuerza e intensidad de este culto.
De esta tumba hemos aprendido que en el caso del enterramiento de un rey, el rey sucesor actuaba como sacerdote Sem en el ritual de la «apertura de la boca» y que los cortesanos y autoridades reemplazaban a los bueyes en el transporte de las andas.
Por lo que sabemos del período de momificación, vemos que era por lo menos de setenta días o tal vez más, aunque no es seguro que el período de duelo correspondiese a este período. Sin embargo, parece cierto que el funeral tenía lugar inmediatamente después de completarse la momificación. En todo caso, es evidente que debía de pasar algún tiempo entre el enterramiento del rey y el cierre de la tumba, a fin de realizar los preparativos necesarios antes de que las cámaras estuviesen a punto para recibir el equipo y, en consecuencia, no parece probable que el ajuar funerario figurase en la procesión de la momia. Es difícil imaginar que la gran cantidad de artículos delicados y extremadamente valiosos que llenaban la cámara funeraria y las habitaciones adyacentes, sin hablar de los joyeros y vasijas de oro, etc., hubiesen estado amontonados allí mientras aún estaban los obreros y el equipo necesario para cerrar el sarcófago, levantar las capillas y construir el grueso tabique. Además, hubiese sido completamente imposible para los trabajadores llevar a cabo su tarea si las cámaras hubiesen estado repletas de muebles, como las encontramos nosotros. Debo hacer notar aquí que había huellas evidentes de cal en la primera capilla, mientras que no las había en el ajuar funerario.
También podemos inferir que en el caso de un enterramiento real era costumbre enterrar al rey muerto tras sellos de la necrópolis con su nombre en ellos. Si cada faraón estaba enterrado tras sus propios sellos, se plantea la cuestión de cuándo empezaba a usarse el sello de su sucesor, inutilizándose el del rey fallecido. Todavía no hemos hallado una respuesta satisfactoria a esta pregunta. Cuando se volvió a cerrar la tumba de Tutankhamón, tras las depredaciones hechas por los ladrones de tumbas, probablemente poco tiempo después de su enterramiento, se usaron sellos de la necrópolis real que no tenían el nombre de ningún rey. Así ocurrió también cuando el rey Horemheb ordenó que se restaurase la tumba de Tutmés IV después de ser violada por los ladrones.
La cuestión de si todo el ajuar se hizo antes o después de la muerte del rey es un punto interesante sobre el que hemos recogido alguna información. En algunos casos no hay duda alguna. Algunos objetos dan pruebas claras en un sentido u otro. En otros casos no es posible hacer deducciones. De ello concluimos que algunos objetos se hacían en vida del rey, incluso durante su infancia, y que otros se hacían inmediatamente después de su muerte.
Otro hecho importante que interesa recordar es la tenacidad del culto a Osiris durante toda la historia de Egipto. Una y otra vez se daba a la momia y el féretro la forma de esta deidad, cuyas experiencias mortales le aproximaban a las simpatías de los hombres más que cualquier otro dios del panteón egipcio. Este dios también proyecta su misteriosa influencia sobre los cultos de más de una religión de época posterior.
Sólo hay que observar un dato más. El descubrimiento de la tumba de Tutankhamón ha puesto de manifiesto una costumbre hasta ahora desconocida, la de uncir profusamente la momia con ungüentos, lo cual, en el caso del joven rey, ha producido resultados tan desastrosos bajo el punto de vista arqueológico. Habíamos esperado encontrar la momia en mejores condiciones que la mayoría de las que han llegado a nuestras manos, ya que éstas habían sido arrancadas de sus sarcófagos por manos profanas en época dinástica. Sin embargo, nos aguardaba una desilusión, y aquí tenemos un ejemplo lamentable de la ironía que a menudo confronta la investigación. Los ladrones de tumbas que sacaron los restos de los faraones de sus coberturas para saquearlos o los piadosos sacerdotes que los escondieron para evitarles otras profanaciones, por lo menos protegieron aquellos restos reales contra la acción química de los ungüentos antes de que tuviera lugar la corrosión.