EL ANEXO

EL ANEXO
¿Qué son los objetos que producen nuestra admiración, conjeturas y palabras de alabanza, sino símbolos del pensamiento y del progreso de la época a que pertenecen? Incluso los hechos del pasado pueden dar pie a nuestras reflexiones.
Durante las dos campañas anteriores dedicadas al tesoro apenas si encontramos motivos para quejarnos de la disposición general y del estado de los objetos de que teníamos que encargarnos. Sin embargo, en cuanto a los trabajos realizados el invierno pasado, tenemos que matizar nuestro relato con algunas objeciones.
En contraste con el comparativo orden y la armonía de los objetos del almacén, en esta última cámara, el anexo, encontramos una mezcla de toda clase de enseres funerarios, esparcidos uno sobre otro hasta extremos casi indescriptibles. Camas, sillas, taburetes, apoyos para los pies, almohadones, tableros de juego, cestas de fruta, toda clase de vasijas de alabastro y tinajas de cerámica, cajas con figuras funerarias, juguetes, escudos, arcos y flechas, otros tipos de proyectiles, todo en completo desorden. Los cofres estaban tumbados y su contenido por el suelo. No podía haber mayor confusión.
Sin duda este desorden era obra de los ladrones, pero en las otras cámaras había habido un intento de restablecer superficialmente el orden. Así, pues, la responsabilidad por esta absoluta negligencia parece recaer en gran parte sobre los encargados de la necrópolis, quienes, ocupados en arreglar la antecámara, la cámara funeraria y el tesoro después del robo, se habían olvidado por completo de esta habitación.
Sería difícil exagerar acerca de la confusión reinante. Era una ilustración perfecta del drama y la tragedia. Al contemplar esta imagen de rapacidad mezclada con la destrucción, era fácil imaginar la apresurada búsqueda del botín por parte de los ladrones, siendo su principal objetivo el oro y otros metales. Sin embargo todo lo demás fue tratado con la misma brutalidad.
Casi no había ningún objeto que no tuviera señales de aquella depredación y ante nosotros, sobre una de las cajas más grandes, podían verse las huellas mismas del último intruso.
Esta pequeña habitación no es sino otro testimonio del abandono y el deshonor que han sufrido las tumbas reales. No hay monumento en el Valle que no presente pruebas de lo falso y endeble del homenaje de los hombres. Todas sus tumbas han sido saqueadas, ultrajadas y deshonradas.
A finales de noviembre de 1927 pudimos empezar esta última etapa de nuestra investigación. Habíamos empleado dos días de intenso trabajo limpiando el acceso a la pequeña puerta que conduce a esta habitación. El lado sur de la antecámara, donde estaba situada esta puerta, había estado ocupado por las grandes piezas de los techos de las capillas que cubrían el sarcófago, colocadas allí para nuestra conveniencia al desmontarlas durante anteriores trabajos en la tumba. Así pues, tuvimos que transportarlas a la parte norte de la antecámara a fin de tener acceso a este almacén así como para permitir el transporte del material que contenía.
La puerta de esta habitación, que medía tan sólo 1,30 m. de altura y 95 cm. de anchura, había sido cegada con toscos fragmentos de caliza, encalados por la parte exterior. La capa de cal había sido marcada antes de secarse con numerosas impresiones de cuatro sellos funerarios distintos del rey. Cuando se descubrió tan sólo quedaba la parte alta del relleno, ya que los ladrones habían derribado la parte baja, abriendo una brecha que no fue reparada. Las inscripciones de los sellos de la parte alta del relleno dicen: la primera, «El Rey del Alto y Bajo Egipto, Nebkheprure, que pasó su vida haciendo imágenes de los dioses, que ellos le den incienso, libación y ofrendas todos los días». La segunda, «Nebkheprure, que hizo imágenes de Osiris y construyó su casa como en el comienzo». La tercera, «Nebkheprure, Anubis triunfante sobre los Nueve Lazos». Y la cuarta, «Su Supremo Señor, Anubis, triunfante sobre los cuatro pueblos cautivos».
En gran parte, si no en su totalidad, el desciframiento de estas impresiones de sellos, que se encontraban en muy mal estado, se debe a la ayuda del profesor Breasted y del Dr. Alan Gardiner. Durante los primeros días después del descubrimiento estos científicos las estuvieron estudiando bajo circunstancias muy difíciles.
Cuando los ladrones hicieron su incursión, como ya he dicho antes, hicieron un agujero en el relleno de la puerta y fue a través de este agujero como llevamos a cabo la primera inspección de esta habitación. De tamaño relativamente pequeño —4,27 m. de largo, 2,60 m. de ancho y 2,57 m. de alto— no tenía trazas de acabado alguno ni se había intentado decorarla. Estaba tallada toscamente en la roca y se construyó para cumplir su objetivo, esto es, servir de almacén. Las huellas del paso del tiempo eran evidentes; las paredes y el techo, tallados en la roca, estaban descoloridos por la humedad producida por saturaciones periódicas.
A pesar de sus vicisitudes, la historia de esta habitación es romántica. La escena que se ofrecía a nuestros ojos era sorprendente pero interesante. Sin duda aquella mezcla de materiales, amontonados con una insensibilidad y malevolencia imperdonables, revelaría una extraña historia si fuéramos capaces de descifrarla. Nuestras linternas arrojaron un haz de luz sobre su apiñado contenido, realzando muchos rasgos extraordinarios que resaltaban entre aquella confusión de enseres funerarios que se amontonaban hasta una altura de 1,25 a 1,50 m. aproximadamente. La luz iluminaba objetos extraños que yacían unos sobre otros, sobresaliendo de los más remotos lugares y rincones. Cerca de nosotros, cabeza abajo, había una gran silla, como un atril, decorada al gusto de la época. De un lado a otro de la habitación había armazones de camas que apenas se sostenían sobre los lados, parecidos a los que se usan hoy día en las regiones del Alto Nilo. En un rincón había una vasija y una minúscula figurilla le miraba a uno desde otro lado con expresión atónita. Había varios tipos de armas, cestas, jarras de cerámica y de alabastro y tableros de juego aplastados y mezclados con las piedras que habían caído del agujero practicado en la puerta sellada. En otra esquina, manteniéndose en equilibrio a gran altura, como indecisa, había una caja rota, repleta de delicados vasos de fayenza, a punto de caer en cualquier momento. En medio de una mezcla de todo tipo de utensilios y emblemas funerarios se alzaba un armario de patas delgadas, casi intacto. Entre cajas y debajo de objetos de varias formas había un barco de alabastro, un león y la figura de un íbice balando. Un abanico, una sandalia, un trozo de vestido y un guante hacían compañía a los emblemas de los vivos y de los muertos. De hecho esta escena parecía casi preparada con trucos teatrales para aturdir al que la mirase.
Al contemplar una cámara dispuesta y sellada por manos piadosas en una época pasada, uno se siente emocionado. Parece como si la misma naturaleza del lugar y de los objetos empujara al espectador a guardar un reverente silencio. Pero aquí, en esta cámara donde reinaba la más completa confusión, la emoción desapareció al darnos cuenta de la enorme tarea que se presentaba ante nosotros. Nuestra mente quedó inmersa en este problema y en la mejor manera de resolverlo.
El método que al fin tuvimos que adoptar para sacar de allí aquellas trescientas o más piezas fue, como mínimo, prosaico. Para empezar, había que procurar abrir el espacio suficiente para nuestros pies y esto hubo que hacerlo de la mejor manera posible, cabeza abajo, doblados sobre el umbral que en este caso estaba a más de un metro por encima del suelo. Hubo que Realizar esta incómoda operación con sumo cuidado a fin de evitar que un movimiento brusco produjera la avalancha de los objetos que se amontonaban fuera de nuestro alcance. Más de una vez nos vimos obligados a inclinarnos ayudados por una cuerda pasada por debajo de los sobacos y sostenida por tres hombres desde la antecámara, a fin de poder rescatar un objeto pesado colocado en una posición tal que el menor descuido hubiera provocado su caída. De este modo, sacando siempre el objeto colocado más arriba entre los que estaban a nuestro alcance, logramos entrar y sacar poco a poco los tesoros. Antes de extraerlos había que fotografiar, numerar y fichar todo objeto o grupo de objetos. Fue por medio de estos documentos que pudimos reconstruir hasta cierto punto lo que había ocurrido en aquella cámara.
Debo confesar que mi primera impresión fue que las posiciones de aquellos objetos no tenían significado alguno y que poco o nada íbamos a aprender de aquel desorden. Pero al avanzar nuestra investigación y sacar los objetos uno a uno, se hizo evidente que era posible obtener muchos datos acerca de su orden original y del caos que siguió. Evidentemente, la confusión hacía muy difícil la interpretación de los detalles y fue: un tanto desconcertante averiguar que por muy correctas que fueran nuestras deducciones, en pocos casos podían considerarse demostradas. Sin embargo, el análisis cuidadoso de los hechos que se nos ofrecían demostró un punto importante y era que en aquella pequeña habitación habían tenido lugar dos robos muy distintos. El primero, en busca de oro, plata y bronce, había sido realizado por los famosos ladrones de metales que saquearon las cuatro cámaras de la tumba en busca de este material transportable. El segundo robo fue evidentemente llevado a cabo por otro tipo de ladrón que buscaba tan sólo los valiosos aceites y ungüentos que contenían los numerosos vasos de piedra. También quedó claro que el anexo se destinó a almacén para aceites, ungüentos, vino y comida, al igual que otras cámaras semejantes de tumbas reales de la Dinastía XVIII. Sin embargo, en este caso se había colocado encima de su contenido apropiado el exceso de material perteneciente al ajuar funerario.
Según creo, este material que puede considerarse extraño fue colocado allí no por falta de espacio sino probablemente por no haberse seguido rigurosamente un sistema al colocarlo en la tumba. Por ejemplo, se recordará que en la antecámara había un montón de cajas oviformes de madera que contenían varias clases de carne. Según la tradición debieron ser colocadas en el anexo, pero se olvidaron de hacerlo por descuido y, habiéndose cerrado ya esta habitación, hubo que colocarlas en algún lugar conveniente en la antecámara, que, lógicamente, fue la última habitación de la tumba que se cerró. Además en este anexo encontramos parte de una serie de barcas funerarias y de figuras shawahti que hubieran debido ir en el tesoro.
A través de los datos recogidos podemos reconstruir más o menos la secuencia de acontecimientos tal como ocurrieron: primero se colocaron casi cincuenta jarras de vino en el suelo en el extremo norte de este anexo; a su lado se añadieron por lo menos treinta y cinco pesadas vasijas de alabastro que contenían aceites y ungüentos; junto a éstas, y algunas sobre ellas, había ciento dieciséis cestas de fruta. El espacio restante se llenó con otros muebles, tales como cajas, taburetes, sillas y camas, amontonados sobre todo ello. Luego se cerró y selló la puerta. Evidentemente esta operación se llevó a cabo antes de colocar nada en la antecámara, ya qué después de introducido el material que pertenecía a dicha habitación hubiese sido imposible trasladar nada al anexo ni cerrar la puerta.
Es evidente que cuando los ladrones de metales hicieron su primera incursión, se arrastraron por debajo del sofá Thueris de la antecámara, forzaron la puerta sellada del anexo, saquearon su contenido en busca de objetos metálicos transportables y fueron, sin duda, responsables en gran parte del desorden que encontramos en esta cámara. Más tarde —es imposible determinar cuándo— tuvo lugar un segundo robo. En este caso el objetivo eran los costosos aceites y ungüentos que había en las jarras de alabastro. Este último robo tuvo que planearse cuidadosamente. Como las vasijas de piedra eran demasiado pesadas y aparatosas para ser transportadas, los ladrones vinieron provistos de recipientes más convenientes, tales como bolsas de cuero o pieles de aguador, para llevarse su botín. No había tapa de jarra que no hubiese sido arrancada, ni jarra que no hubiese sido vaciada. En las paredes interiores de algunas de estas vasijas, las que habían contenido ungüentos viscosos, pueden verse aún hoy día las huellas digitales de aquellos ladrones. Para llegar hasta esas pesadas vasijas, derribaron evidentemente los muebles que había encima de ellas y los apartaron de mala manera a un lado y a otro. Así, al comprender la causa, el lector se hará cuenta del efecto.
El conocimiento de este segundo robo aclara un problema que nos había intrigado desde el principio del descubrimiento de la tumba. ¿Por qué, entre todo el ajuar funerario, se habían abierto vasijas de piedra casi insignificantes? ¿Por qué se habían dejado algunas de ellas vacías sobre el suelo de las habitaciones y por qué se habían sacado otras, dejándolas luego en el pasadizo de la entrada? Sin duda las grasas o aceites que habían contenido tenían en aquellos días mucho más valor de lo que podemos imaginar. También explica el porqué la tumba fue sellada dos veces, según daban a entender las huellas de la entrada sellada y la puerta interior del pasadizo. Creo también que los extraños cestos y las simples jarras de alabastro que había en el suelo de la antecámara provenían de este conjunto del anexo. Es evidente que proceden del mismo grupo y que los ladrones probablemente los sacaron de él para su conveniencia. La misma explicación puede aplicarse a la solitaria figura de shawahti que encontramos apoyada sobre la pared norte de la antecámara. Sin duda debe provenir de una de las cajas shawahti rotas que había en esta pequeña habitación, ya que en ella encontramos otras del mismo tipo.
La tradición señala que, según las costumbres funerarias, todo objeto que pertenece al ajuar de la tumba tiene un lugar destinado en ella. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que por muy reales que fueran las reglas convencionales, raramente se llevaron a cabo rigurosamente. La falta de previsión en cuanto al espacio necesario o la falta de sistema al colocar el complicado ajuar en las cámaras de la tumba, eran más fuertes que la tradición. Nunca hemos encontrado el orden estricto, sólo un orden aproximado.
Tales fueron los hechos y las impresiones generales que recogimos durante la última fase de nuestras investigaciones en la tumba. Sería difícil, por no decir imposible, demostrar hasta qué punto la interpretación corresponde a hechos absolutos o al adorno de una conjetura. Sin embargo, puede decirse que es una interpretación bastante correcta de lo ocurrido. Si tuviera que exponer aquí todas las notas que tomamos durante la excavación misma a fin de esclarecer los datos, el lector se perdería inmediatamente en un laberinto de detalles oscuros y conflictivos a la vez y los árboles no nos dejarían ver el bosque. Por este motivo he expuesto lo que me parece ser un resumen apropiado de todos los problemas. Nada podrá ya cambiar el hecho de que en este lugar hemos encontrado pruebas de amor y de respeto mezcladas con el desorden y, en definitiva, el deshonor. A pesar de no haber compartido completamente el destino de otras muchas como ella e incluso de mausoleos más ricos, esta tumba fue saqueada, por dos veces, en época dinástica y en este caso bien pueden repetirse las palabras de Washington Irving: « ¿Cuál es la segundad de una tumba?». Personalmente creo que ambos robos tuvieron lugar pocos años después del enterramiento del rey. Hechos tales como el traslado de la momia de Akhenatón desde su tumba original en El-Amarna hasta al cámara excavada en la roca en Tebas, al parecer durante el reinado de Tutankhamón, y la restauración del enterramiento de Tutmés IV en el octavo año del reinado de Horemheb, después de la desaparición de sus tesoros, ayudan a esclarecer lo que ocurría en la necrópolis durante esta época. La confusión religiosa del Estado en aquellos días, el colapso de la dinastía, la retención del trono por el Gran Chambelán y probablemente regente, Ai, finalmente suplantado por el general Horemheb, son incidentes que podemos suponer que favorecieron el desarrollo de tales formas de pillaje. Debió de pasar bastante tiempo antes de que el victorioso Horemheb fuese capaz de restaurar el orden entre la confusión existente en este período, establecer su reino y reforzar las leyes del Estado. En todo caso, las pruebas ofrecidas por aquellos enterramientos y esta tumba demuestran que los sepulcros de los reyes sufrieron daños incluso durante su propia dinastía. De hecho lo admirable es pensar que esta tumba real, con todas sus riquezas, escapó al destino de las otras veintisiete que hay en el Valle.