EL CONTENIDO DE LA CÁMARA FUNERARIA Y LA APERTURA DEL SARCÓFAGO
La segunda campaña empezó de hecho en el laboratorio bajo la dirección de Mr. Mace, quien se ocupó de los magníficos carros y los sofás ceremoniales que habían quedado de la primera campaña. Mientras él realizaba su trabajo de conservación y embalaje yo, ayudado por Mr. Callender, empecé por sacar las figuras de las dos estatuas que estaban frente a la puerta de la cámara funeraria y luego se hizo necesario demoler el tabique que la separaba de la antecámara.
Si no hubiésemos derribado el tabique, habría sido imposible manejar las grandes capillas de la cámara funeraria o sacar muchos de los objetos que había allí dentro. Incluso después de hacerlo, nuestra mayor dificultad consistió en el reducido espacio en el que debíamos llevar a cabo la difícil tarea de desmontar aquellas capillas, que resultaron ser cuatro, encajadas una dentro de la otra.
Además de lo limitado del espacio y la elevada temperatura que allí había, nuestras dificultades se multiplicaron debido al gran peso de las varias secciones y paneles de los que se componían aquellas complicadas capillas. Estaban hechas de tablas de roble de 5,7 cm. de grueso, recubiertas de una capa de yeso decorada con magníficas chapas de oro labrado. Las planchas de madera, aunque en buen estado, se habían contraído durante los tres mil trescientos años pasados en aquella atmósfera tan seca mientras que el dorado sobre el yeso se había hinchado ligeramente. Como resultado había un espacio entre la estructura de madera y la superficie ornamental de oro que tendía a romperse al menor toque y caer al suelo. Así nuestro problema fue encontrar el modo de manejar en un espacio tan limitado aquellas secciones de las capillas que pesaban de uno a tres cuartos de tonelada y desmontarlas para sacarlas de allí sin causarles daño alguno.
Durante estos trabajos surgieron otras complicaciones y una de ellas se debió al hecho de que aquellas secciones se sostenían por medio de lengüetas de madera ocultas en el grueso de las planchas de madera de los paneles, partes del techo, piezas de la cornisa y listones. Sólo pudimos aflojarlas y soltarlas separando con fuerza las grietas entre las diversas piezas, descubriendo así la posición de las lengüetas que las unían. Entonces insertábamos una sierra fina y las cortábamos. Tan pronto como hubimos descubierto el método de superar esta complicación y hubimos separado las distintas partes de la gran capilla exterior, sintiéndonos orgullosos de nosotros mismos al creer que habíamos aprendido cómo manejar la próxima capilla o capillas, nos dimos cuenta de que muchas de las lengüetas de la segunda capilla, aunque montada de forma similar, eran de bronce macizo, inscritas con el nombre de Tutankhamón. Contrariamente a lo que habíamos esperado, cuanto más progresábamos, más dificultades imprevisibles se presentaban a pesar de que el espacio para trabajar aumentaba.
Por ejemplo, una vez instalado nuestro equipo de andamios y poleas, nos encontramos con que ocupaba prácticamente todo el espacio disponible, dejándonos muy poco para poder trabajar. Cuando separamos algunas de las piezas no había suficiente espacio para sacarlas de la cámara. Nos dimos golpes en la cabeza, nos pillamos los dedos, tuvimos que arrastrarnos como comadrejas para entrar y salir, y trabajar en toda clase de posiciones raras. Creo recordar que uno de los eminentes químicos que nos ayudaron en el trabajo de conservación, al tomar nota de varios fenómenos en la tumba dijo que había podido observar cierto aire de irreverencia. Sin embargo, me alegra poder decir que ante este problema a resolver nos hicimos más daño nosotros mismos que a las capillas.
Ésta fue nuestra tarea durante la segunda campaña en la cámara funeraria. Primero tuvimos que sacar aquellas extrañas figuras que guardaban la antecámara con la impresionante inscripción: «El Buen Dios del que uno se enorgullece, el Soberano del cual uno se vanagloria, el Real Ka de Harakhte, Osiris, el Rey Señor de las Tierras, Nebkheperure». A continuación hubo que demoler el tabique que separa la antecámara de la cámara funeraria, construido en mampostería seca sostenida con grandes troncos de madera y recubierta a ambos lados por una dura capa de yeso. Finalmente hubo que desmontar las grandes capillas del interior de la cámara, y al hacerlo, descubrir el magnífico sarcófago de cuarcita amarilla que contenía los restos mortales del rey, guardado en su interior. Esta tarea nos ocupó ochenta y cuatro días de auténtico trabajo manual. Se tendrá idea de la magnitud de la operación al considerar que la primera capilla dorada que ocupaba casi toda la cámara funeraria medía unos 5,20 m. de largo, 3,35 m. de ancho y 2,75 m. de alto, y que las cuatro capillas se componían de unas ochenta piezas, requiriendo cada una de ellas para su manejo un método diferente que la anterior y necesitando recibir ante todo un tratamiento de conservación provisional a fin de permitir su manejo con el menor riesgo de daños posible.
La demolición del tabique dejó al descubierto por completo la primera capilla, y por primera vez pudimos captar su esplendor, en especial por su admirable labra de oro e incrustaciones de fayenza azul, recubierta con los emblemas protectores de oro Ded y Thet, alternativamente.
Una vez hecho esto, el próximo objetivo fue sacar y llevar al laboratorio todas las piezas muebles del ajuar funerario que habían sido colocadas alrededor de la cámara, entre las paredes y los lados de la primera capilla e introducir luego los andamios y poleas necesarios para disponer el desmonte de ésta. Una vez colocado nuestro equipo, necesariamente rudimentario, empezamos por descolgar las pesadas hojas de la puerta de la primera capilla, que estaban fijadas con bisagras sobre pivotes de cobre insertos en las ranuras correspondientes del dintel y el umbral. Esta operación fue muy pesada y peligrosa, ya que había que levantar ligeramente la parte frontal del entablamento de la capilla para poder soltar los pivotes de la parte alta y baja que estaban cogidos en los rieles posteriores de las puertas. Luego levantamos y sacamos las tres partes del techo que se unían al entablamento por medio de las lengüetas. A continuación desmontamos el entablamento compuesto por cuatro secciones de cornisa y friso, encajadas en los paneles correspondientes y unidas en las cuatro esquinas por medio de gruesas clavijas en forma de S, cada una con las inscripciones «Nordeste», «Sudoeste», etc., para indicar su colocación correcta.
Una vez desmontado el entablamento había que ocuparse de los paneles. Salvo por nuestros puntales provisionales y por los cuatro codales de las esquinas a los que estaban unidos por lengüetas, no tenían soporte alguno. No era difícil desmontar estos paneles, pero como no había espacio suficiente para permitir su salida, hubo que apoyarlos en las correspondientes paredes de la cámara y dejarlos allí, aguardando el momento futuro en que pudieran ser sacados, en otras palabras, hasta después de haber desmantelado y sacado las capillas interiores que en aquel momento impedían su traslado. Nuestro primer objetivo quedó totalmente cubierto con el desmonte de las piezas de las esquinas: con ello concluía el desmantelado de la primera capilla.
Nuestro próximo problema era delicado: cómo manejar el paño de lino que recubría completamente la segunda capilla. Su tejido estaba muy estropeado y en estado muy precario; las partes colgantes estaban desgarradas por el peso del mismo material y el de las margaritas de metal que estaban cosidas a él. Afortunadamente, como resultado de los experimentos del doctor Alexander Scott, el duropreno (un compuesto de goma clorurada disuelta en un solvente orgánico del tipo del zileno) demostró ser de máxima eficacia para reforzar el tejido deteriorado. La trama de éste quedó lo suficientemente robustecida como para permitirnos arrollarlo a un cilindro de madera hecho a propósito para ello y transportarlo al laboratorio donde el tejido podía ser tratado y forrado definitivamente.
Una vez hubimos dispuesto de la tela de lino y de la curiosa estructura de madera que le servía de soporte, pudimos estudiar la cuestión de la segunda capilla, una magnífica construcción dorada casi exacta a la primera, salvo por la ausencia de las incrustaciones de fayenza azul. Las puertas de esta segunda capilla tenían corridos los pestillos de arriba y de abajo, que estaban atados cuidadosamente con una cuerda unida a grapas de metal y sellada. El sello de arcilla sobre esta cuerda estaba intacto y tenía las impresiones de dos sellos distintos, uno con el prenombre de Tutankhamón, Kheperunebre, encima de un chacal sobre nueve enemigos, y el segundo con el emblema de la necrópolis real, el chacal sobre nueve enemigos, pero sin ninguna otra señal o insignias reales. Fue una gran suerte, ya que era evidente que detrás de aquellos dos sellos íbamos a encontrar material intacto desde el entierro del rey. Cortamos las cuerdas con gran cuidado y abrimos las puertas que, al doblarse, dejaron ver otra capilla, también sellada é intacta, siendo los sellos de esta tercera capilla idénticos a los de la segunda.
En este punto de nuestro trabajo nos dimos cuenta de que con la apertura de aquellas nuevas puertas sería posible resolver el misterio que las capillas habían guardado tan celosamente a través de los siglos. Así, pues, decidí llevar a cabo el experimento antes de continuar. Fue un momento emocionante en nuestra ardua tarea y es difícil de olvidar, íbamos a ser testigos de un espectáculo que ningún otro hombre de nuestra época había tenido el privilegio de ver. Con mal reprimida emoción corté con cuidado la cuerda, saqué el precioso sello, corrí los pestillos y abrí las puertas, apareciendo una cuarta capilla similar en diseño a la última, pero de una artesanía aún superior. El momento decisivo había llegado. Fue un instante indescriptible para el arqueólogo. ¿Qué había detrás y qué contenía aquella cuarta capilla? Con intensa emoción corrí los pestillos de las últimas puertas, que no estaban selladas. Se abrieron lentamente y allí, llenando todo su interior y bloqueando todo avance, había un inmenso sarcófago de cuarcita amarilla, intacto, con la tapa firmemente enclavada en su lugar, tal como la habían colocado unas manos piadosas. Fue realmente emocionante contemplar el espectáculo que representaba el brusco contraste que ofrecía con el brillo metálico de las capillas doradas que lo protegían. Especialmente notables eran la mano y ala extendidas de una diosa esculpida en un extremo del sarcófago, como para ahuyentar al intruso. Simbolizaba una idea de bella concepción y, en efecto, parecía una prueba elocuente de la fe perfecta y la amable solicitud por el bienestar del ser querido que animaba a las gentes que habitaron aquellas tierras hace más de treinta siglos.
A partir de entonces íbamos a poder aprovechar la experiencia que habíamos adquirido, ya que teníamos una idea mucho más clara de la operación que nos aguardaba: había que desmontar y sacar las tres capillas restantes antes de enfrentarnos al problema del sarcófago. Y así fue cómo trabajamos durante un mes más, primero desmantelando la segunda capilla, luego la tercera, hasta que la cuarta y más profunda quedó libre por todos los lados. Cuando lo logramos pudimos ver que esta última capilla tenía toda la apariencia de un tabernáculo de oro. Sobre las puertas y el extremo oeste había las figuras aladas de las diosas tutelares de los muertos, en fino bajorrelieve, majestuosas, como símbolo de protección, mientras que las paredes de la capilla estaban todas ellas recubiertas por textos religiosos.
Entre la tercera y cuarta (más profunda) capillas encontramos arcos y flechas ceremoniales, y con ellos un par de magníficos flabella —la enseña de los príncipes, abanicos de mucho relieve con escenas donde aparecen los reyes y que los oficiales de poca importancia llevan detrás de su jefe. Eran buenos ejemplares; uno estaba echado en la cabecera, el otro junto al lado sur de la cuarta capilla. El que estaba en la cabecera, labrado en hojas de oro, contiene una escena histórica encantadora, en la cual vemos al joven rey Tutankhamón en su carro, seguido por su perro favorito, cazando avestruces para obtener las plumas que formarían el abanico en «el desierto al este de Heliópolis», según está escrito en el mango. En el reverso del abanico, también delicadamente cincelado y engastado, se ve al joven «Señor del Valor» regresar triunfante con su trofeo, dos avestruces, llevados a hombros de dos ayudantes que le preceden, mientras él lleva las plumas bajo el brazo. El segundo abanico, más grande y tal vez más espléndido, era de ébano recubierto con láminas de oro con incrustaciones de turquesa, lapislázuli y cornerina, así como de calcita transparente; en la palma del abanico se veían los blasones titulares de Tutankhamón. Desgraciadamente sólo quedaban restos de las plumas de estos dos flabelos. Sin embargo, aunque habían sido destruidos en gran parte por gran número de insectos, todavía quedaban bastantes para demostrarnos que los abanicos habían estado formados por plumas blancas y marrones alternadas, con un total de cuarenta y dos en cada abanico.
El techo y la cornisa de la cuarta capilla, contrariamente a lo que esperábamos, era de forma distinta y se componía de una sola pieza, en lugar de varias, como era el caso de los techos de las capillas anteriores. Era, pues, muy pesado y se nos planteó el problema de cómo levantarlo y darle la vuelta en un espacio tan reducido. Fue uno de nuestros problemas más difíciles y nos llevó varios días de ajetreo antes de poder levantarlo, darle la vuelta gradualmente y llevarlo a la antecámara, donde se encuentra ahora. Desmantelar los lados, fondo y paredes de esta capilla fue una tarea mucho más fácil. Contenía el sarcófago, y según comprobamos, estaba hecha a medida exacta de éste. Fue el último de los complejos problemas que supuso el desmantelamiento de las cuatro capillas, santificadas por los recuerdos de aquellas antiguas gentes. Así concluyó nuestro trabajo de más de ochenta días.
En el transcurso de nuestro trabajo se hizo evidente que el grupo de enterradores egipcios debió encontrar grandes dificultades para levantar las capillas en un espacio tan reducido. Sin embargo, su tarea tal vez fue más fácil que la nuestra, ya que en su caso la madera era nueva y flexible y la decoración de oro era firme y fuerte. Dado lo reducido del área les debió ser necesario colocar las piezas de las cuatro capillas en orden correcto alrededor de las cuatro paredes de la cámara: primero introducirían las varias piezas y paneles de la primera capilla y las de la más profunda irían al final. Lógicamente la primera operación debió de ser erigir primero la capilla interior y dejar la más exterior para el final. Así parece ser que se hizo. La carpintería y el ensamblaje de aquellas construcciones demostraba una gran maestría; cada parte estaba numerada y orientada cuidadosamente a fin de señalar no sólo cómo se unían, sino también su orientación correcta. De ello se desprende que los constructores de las capillas eran evidentemente maestros en su trabajo, pero por otra parte, hay algunas indicaciones que permiten suponer que las honras fúnebres se celebraron con cierta precipitación y que los obreros que se ocuparon de los últimos ritos no eran demasiado cuidadosos. Es cierto que habían colocado las piezas alrededor del sarcófago, pero en su torpeza habían invertido su orden en cuanto a los cuatro puntos cardinales. Las apoyaron sobre las cuatro paredes alrededor del sarcófago que debían albergar en sentido contrario a las instrucciones escritas en las diversas piezas con el resultado de que, una vez erigidas, las puertas de las capillas miraban al este en lugar del oeste y la parte de los pies hacia el oeste en lugar del este, estando igualmente intercambiados los paneles. Este error bien podría perdonarse, ya que la cámara era demasiado pequeña para orientarse correctamente, aunque hay otras muestras de su descuido. Algunas de las piezas habían sido unidas a martillazos, sin pensar en el daño que podría sufrir la ornamentación de oro. En su superficie pueden verse aún hoy día grandes abolladuras hechas al golpear con un pesado instrumento, como un martillo; en algunos casos ha caído parte de la superficie y los obreros no limpiaron los restos de su trabajo, tales como virutas de madera.
Al levantar el techo de la última capilla, la tapa del sarcófago quedó al descubierto y al sacar los tres lados y la puerta salió a la luz este gran monumento de piedra. Nuestros esfuerzos habían sido recompensados con creces, ya que allí, sin nada a su alrededor, se alzaba, como en una exposición, un magnífico sarcófago de admirable artesanía, tallado en un bloque macizo de la más fina cuarcita amarilla, que medía 2,75 m. de largo, 1,47 m. de ancho y 1,47 m. de alto.
El 3 de febrero tuvimos por primera vez una clara visión de esta obra maestra del arte funerario que se cuenta entre los mejores ejemplares de su clase en el mundo. Tiene un rico entablamento que consiste en una cornisa-caveto, un toro y un friso con inscripciones. Pero lo más sobresaliente del sarcófago son las diosas protectoras Isis, Neftis, Neith y Selkit, talladas en altorrelieve en cada una de las esquinas y colocadas de tal modo que sus alas extendidas y sus brazos abiertos lo rodean en un abrazo protector. Alrededor de la base hay unos cuadrados con los símbolos protectores Ded y Tbet. Las esquinas del sarcófago descansaban sobre losas de alabastro. No había objetos entre la última capilla y el sarcófago, a excepción de un símbolo Ded colocado en el lado sur para «fortalecer» y tal vez «proteger» al muerto.
Al pasar la luz de nuestra linterna por la magnífica pieza de cuarcita se puso de relieve que hasta en el mínimo detalle había un ruego solemne a los dioses y los hombres, haciéndonos sentir que en todo cuanto se refería al joven rey se había conseguido añadir trazos de dignidad incluso a la muerte. Nuestra emoción aumentó a causa del profundo silencio reinante. El pasado y el presente parecieron fundirse: ¿no era acaso ayer mismo cuando colocaron al joven rey en este féretro, con toda pompa y ceremonia? Tan vivida, tan aparentemente reciente era aquella angustiosa llamada a nuestra piedad que cuanto más mirábamos más fuerza cobraba la imaginación. Le hacía a uno desear que el viaje del rey a través de aquellos oscuros túneles del más allá hubiese sido afortunado, llegando a alcanzar la felicidad completa, tal como aquellas cuatro diosas parecían implorar al amparar a su protegido. ¿Acaso no constituían una perfecta elegía egipcia en piedra?
La tapa, de granito rosa, teñido para hacer juego con el sarcófago de cuarcita, estaba rota por la parte central, aunque encajaba firmemente en el borde rebajado de la parte superior. Las rajas habían sido rellenadas cuidadosamente con cemento y recubiertas de pintura para no contrastar con el resto, de modo que no cabía duda de que no se debía a alguna intromisión ulterior. Evidentemente la intención original debió haber sido conseguir una tapa de cuarcita a juego con el resto del sarcófago; todo parece indicar que ocurrió algún accidente. Tal vez la tapa preferida no estuvo a punto para el entierro del rey y hubo que escoger para reemplazarla esta losa de granito crudamente tallada.
Esta raja dificultó grandemente nuestro trabajo para levantar la tapa, ya que si hubiese estado intacta hubiese resultado mucho más fácil. Sin embargo, superamos esta dificultad colocando barras de hierro bien encajadas en ángulo en los lados de la losa, lo cual permitió que la levantáramos por medio de varias poleas como si fuese una sola pieza. Había muchas personas presentes en esta última ceremonia: el gobernador de la provincia de Keneh y Mohamed Zaglul Pacha (subsecretario de Estado de Obras Públicas); Mr. E. S. Harkness (presidente del Consejo de Administración del Metropolitan Museum de Nueva York); el Dr. Breasted (catedrático de Egiptología e Historia de Oriente de la Universidad de Chicago); el inspector jefe de Antigüedades del Alto Egipto; Mr. A. M. Lythgoe (conservador del Departamento de Egiptología del Metropolitan Museum of Art de Nueva York); el profesor Newberry (lector honorario de Arte Egipcio de la Universidad de Liverpool); el Dr. Alan Gardiner, famoso filólogo; Mr. H. E. Winlock (director de la Expedición Egiptológica del Metropolitan Museum of Art de Nueva York); Mr. Norman de Caries Davies (del mismo museo); el Dr. Douglas Derry (catedrático de Anatomía de la Facultad de Medicina en Kasr-el-Aini, de El Cairo); Mr. Robert Mond; M. Foucart (director del Instituto Francés de Arqueología); M. Bruyére (director de la Expedición Francesa); el Honorable Mayor J. J. Astor, y los señores Mace, Callender, Lucas, Burton y Bethel, y el conservador adjunto del Museo de El Cairo.
El Valle de las Tumbas de los Reyes debe de haber presenciado muchas escenas curiosas desde que se convirtió en el lugar de enterramiento de los reyes del Imperio Nuevo Tebano, pero se me perdonará que considere que la representada por nosotros no fue la menos interesante y dramática. Para nosotros era el momento supremo y culminante —un momento ansiosamente esperado desde que se hizo evidente que las cámaras descubiertas en noviembre de 1922 tenían que pertenecer a la tumba de Tutankhamón y no a un escondrijo para su ajuar, tal como se había afirmado. Ninguno de nosotros pudo evitar sentir la solemnidad de aquella ocasión, ninguno pudo dejar de ser afectado por la idea de lo que íbamos a ver: el ritual de enterramiento de un rey del antiguo Egipto que había vivido treinta y tres siglos antes de nuestro tiempo. ¿Cómo aparecería el rey? Tales eran las especulaciones que pasaban por nuestras mentes en medio del silencio reinante.
El equipo para levantar la tapa estaba a punto. Di la orden y en medio de un intenso silencio levantamos la enorme losa, rota en dos pedazos, con un peso superior a una tonelada y cuarto. La luz penetró en el sarcófago y una visión sorprendente se presentó ante nuestros ojos. Era decepcionante: el contenido estaba completamente recubierto con finas vendas de lino. Mientras la tapa quedaba suspendida en el aire desenrollamos aquellas telas una por una y al quitar la última un murmullo de admiración se escapó de nuestros labios, tan fantástica era la visión que teníamos ante nuestros ojos: todo el interior del sarcófago estaba ocupado por una esfinge de oro del joven rey, de magnífica ejecución. Se trataba de la tapa de un maravilloso féretro antropomorfo, de unos 2,15 m. de largo, colocado sobre unas andas en forma de león y sin duda el primero de una serie de féretros encajados uno sobre otro, que contenían los restos mortales del rey. Ciñendo el cuerpo de esta magnífica pieza había dos diosas aladas, Isis y Neith, labradas en oro sobre yeso, tan brillantes como el día en que se hizo el sarcófago. Había un detalle que realzaba el encanto de esta pieza, y es que mientras que su decoración consistía en un fino bajorrelieve, la cabeza y las manos del rey eran a bulto redondo, en oro macizo de espléndida labra, sobrepasando todo lo imaginable. Las manos, cruzadas sobre el pecho, sostenían los emblemas reales —el cayado y el flagelo— con incrustaciones de fayenza azul oscuro. Las facciones de la cara estaban soberbiamente labradas en una lámina de oro. Los ojos eran de aragonito y obsidiana y las cejas y pestañas tenían incrustaciones de lapislázuli. La pieza tenía un toque realista, pues mientras que el resto del sarcófago antropomorfo, recubierto de una ornamentación de plumas, era de oro brillante, el de la cara y las manos parecía diferente, siendo el oro de la carne de una aleación distinta, dando así la impresión del tono grisáceo de los muertos. Sobre la frente de la figura yacente del joven rey había dos emblemas delicadamente labrados, con incrustaciones, la cobra y el buitre, símbolos del Alto y Bajo Egipto. Sin embargo, el detalle más emocionante por su simplicidad era la minúscula corona de flores colocada alrededor de estos símbolos y, según gustamos de imaginar, la última ofrenda de despedida de la joven reina viuda a su esposo, el joven representante de los «Dos Reinos».
Entre todo aquel regio esplendor y aquella magnificencia —había oro por todas partes— no había nada tan hermoso como aquellas flores marchitas que aún conservaban un toque de color. Ellas eran testigos de lo poco que realmente son tres mil trescientos años y de la poca distancia que hay entre el ayer y el mañana. De hecho, aquel toque de realismo hermanaba aquella antigua civilización con la nuestra.
Así nuestros ojos habían pasado desde la escalera, el pasadizo descendente, la antecámara, la cámara funeraria, las capillas de oro y el magnífico sarcófago a su contenido: un féretro labrado en oro, en forma de la figura yacente del joven rey simbolizando a Osiris o, a juzgar por su tranquila mirada, la antigua creencia del hombre en la inmortalidad. Las emociones que despertó en nosotros aquella imagen osiríaca fueron muchas y conmovedoras, la mayoría mudas. Pero si se escuchaba aquel silencio, uno casi podía percibir las pisadas fantasmales de los enterradores al alejarse.
Cerramos las luces; subimos una vez más aquellos dieciséis escalones; una, vez más contemplamos la bóveda azul del cielo donde el Sol es señor, pero nuestros más íntimos pensamientos aún se centraban en el esplendor de aquel faraón desaparecido, con el último ruego escrito sobre su sarcófago aún grabado en nuestras mentes: «¡Oh, Madre Nut! ¡Despliega tus alas sobre mí, como las Estrellas Imperecederas!».










