EL HALLAZGO DE LA TUMBA
En la historia del Valle, tal como me he esforzado en demostrar en los capítulos precedentes, no ha faltado nunca el elemento dramático, y en este último episodio la tradición se ha mantenido. Véanse sino las circunstancias: iba a ser nuestra última campaña en el Valle. Habíamos excavado allí durante seis campañas completas y cada una de ellas había terminado en nada; trabajamos durante meses al máximo esfuerzo sin encontrar nada y sólo un excavador sabe lo desesperado y deprimente que esto puede ser. Ya casi nos habíamos convencido de nuestra derrota y nos preparábamos para dejar el Valle y probar suerte en otro lugar. Y entonces, apenas habíamos dado el primer golpe de azada en un último esfuerzo desesperado, cuando hicimos un descubrimiento que excedía en mucho nuestros sueños más exagerados. Estoy seguro de que nunca en la historia de una excavación se ha condensado toda una campaña en el espacio de cinco días.
Voy a intentar explicar toda la historia. No será fácil, ya que la dramática rapidez del descubrimiento inicial me dejó como aturdido, y los meses que han pasado han estado tan llenos de incidentes que apenas he tenido tiempo para pensar. Ponerlo por escrito me dará tal vez la oportunidad de comprender lo que ha ocurrido y lo que significa.
Llegué a Luxor el 28 de octubre y para el primero de noviembre ya había reunido mi equipo y estaba preparado para empezar. Nuestra excavación anterior había terminado cerca de la esquina nordeste de la tumba de Ramsés VI y empecé la trinchera en dirección sur a partir de este punto. Se recordará que en esta zona había algunas cabañas para obreros pobremente construidas, usadas tal vez por los que trabajaron en la tumba de Ramsés. Estas chozas, de un metro de alto, aproximadamente, por encima de la roca, cubrían toda el área en frente de la tumba de Ramsés y continuaban en dirección sur hasta otro grupo similar de cabañas en el extremo opuesto del Valle, descubiertas por Davis en conexión con su trabajo en el escondrijo de Akhenatón. En la tarde del 3 de noviembre habíamos descubierto el número de cabañas suficientes para fines experimentales, así que después de levantar los planos y tomar notas las derribamos y nos dispusimos a sacar el metro de tierra que había debajo de ellas.
Apenas había llegado a la excavación al día siguiente (4 de noviembre) cuando un extraño silencio, producido por la detención de los trabajos, me hizo dar cuenta de que había ocurrido algo fuera de lo común. Se me recibió con la noticia de que se había descubierto un escalón tallado en la roca bajo la primera cabaña que se había derruido. Parecía demasiado bueno para ser verdad, pero el agrandamiento de la abertura nos aclaró que estábamos de hecho en la entrada de un profundo corte en la roca, unos cuatro metros por debajo de la entrada de la tumba de Ramsés VI y a una profundidad similar a la del nivel actual del Valle. El corte era del tipo de entrada con escalera subterránea, tan común en el Valle, y yo casi me atreví a esperar que habíamos encontrado finalmente una tumba. El trabajo continuó febrilmente durante todo aquel día y la mañana del siguiente, pero sólo el 5 de noviembre por la tarde conseguimos retirar la gran masa de escombros que cubría el corte y pudimos demarcar los bordes superiores de la escalera por sus cuatro lados.
Entonces quedó claro, por encima de toda duda, que nos encontrábamos ante la entrada de una tumba; sin embargo, aún teníamos la incertidumbre nacida de desengaños anteriores. Siempre cabía la terrible posibilidad, sugerida por nuestra experiencia en el Valle de Tutmés III, de que la tumba estuviera a medio hacer, sin haber sido concluida ni usada. Incluso si hubiera sido terminada aún podía ser que la hubieran saqueado en época antigua. Pero, por otra parte, también podía tratarse de una tumba intocada o sólo parcialmente saqueada, y con mal reprimida excitación contemplé los escalones que descendían cada vez más, saliendo a la luz uno por uno. El corte estaba tallado en la ladera de un montículo, y al progresar los trabajos, el borde occidental retrocedía bajo el saliente de la roca hasta quedar primero en parte y luego totalmente cubierto, convirtiéndose en un pasadizo de unos 3 m. de alto por 1,8 m. de ancho. El trabajo avanzaba ahora más rápidamente; un escalón seguía a otro y al nivel del duodécimo, hacia la puesta del sol, descubrimos la parte superior de una puerta tapiada, enyesada y sellada.
¡Una puerta sellada! Así, pues, era cierto. Nuestros años de paciente trabajo iban a quedar recompensados después de todo. Creo que mi primer sentimiento fue de contento por el hecho de que mi fe en el Valle no había sido injustificada. Con una excitación que se convirtió en ardor febril busqué los sellos de la puerta, en busca de pruebas sobre la identidad del dueño del lugar, pero no pude encontrar nombre alguno. Los únicos descifrables eran el conocido sello de la necrópolis real, el chacal y nueve cautivos. Sin embargo, dos cosas eran claras: en primer lugar, el empleo del sello real era una prueba evidente de que la tumba había sido construida para un personaje de gran categoría. En segundo lugar, el hecho de que la puerta sellada estaba completamente tapada por las cabañas de los trabajadores de la Dinastía XX, construidas encima de ella, era una prueba suficientemente evidente de que no había sido tocada por lo menos a partir de aquella época. De momento tenía que conformarme con aquello.
Mientras examinaba los sellos noté que en el dintel de madera muy dura que había en la parte superior de la puerta, parte del yeso se había caído. Para asegurarme del método por el que se había bloqueado la puerta hice un agujero debajo de ésta lo bastante grande para colocar una linterna, y descubrí que el pasadizo detrás de la puerta estaba completamente relleno de piedras y escombros desde el techo hasta el suelo, siendo ésta una prueba adicional del sumo cuidado con el que se había protegido la tumba.
Era un momento emocionante para un excavador. Tras años de trabajo más bien improductivo, me encontraba completamente solo, a excepción de mis trabajadores nativos, en el umbral de lo que podía resultar un descubrimiento fantástico. Al otro lado del pasadizo podía encontrarse literalmente cualquier cosa y necesité de toda mi fuerza de voluntad para no abrir la puerta e intentar averiguarlo en aquel mismo momento.
Un hecho me sorprendía, y era la pequeñez de la abertura en comparación con otras tumbas corrientes en el Valle. El diseño era evidentemente de la Dinastía XVIII. ¿Podía tratarse, acaso, de la tumba de un noble enterrado allí con autorización real?; ¿era un escondrijo, un lugar secreto al que se había trasladado la momia de un rey y su tesoro por motivos de segundad?, ¿o era la tumba de un rey, lo que yo había estado buscando durante tantos años?
Una vez más examiné las marcas de los sellos en busca de la clave, pero en la parte de la puerta que habíamos descubierto hasta aquel momento sólo estaban claros para su interpretación los de la necrópolis real mencionados más arriba. Si hubiera sabido entonces que unos pocos centímetros más abajo estaba la huella clara y característica del sello de Tutankhamón, el rey que yo más deseaba encontrar, hubiese continuado y, lógicamente, hubiera descansado mejor aquella noche, ahorrándome casi tres semanas de incertidumbre. Sin embargo, era tarde y la oscuridad se nos venía encima. Contra mis deseos, volví a tapar el agujero que había hecho, rellené nuestra trinchera como protección para las horas de la noche, escogí los obreros más dignos de confianza, que estaban tan excitados como yo, para vigilar la tumba durante toda la noche y me dirigí a casa cabalgando Valle abajo a la luz de la luna.
Naturalmente mi deseo era continuar con nuestra limpieza hasta averiguar el verdadero alcance del descubrimiento, pero Lord Carnarvon estaba en Inglaterra y, en atención a él, tenía que retrasar el asunto hasta que pudiera venir. En consecuencia, la mañana del 6 de noviembre le envié el siguiente cablegrama: «Finalmente he hecho descubrimiento maravilloso en Valle, una tumba magnífica con sellos intactos; recubierto hasta su llegada; felicidades».
Mi tarea siguiente fue proteger la puerta contra posibles interferencias hasta que llegara el momento de abrirla de nuevo. Lo conseguimos rellenando la excavación hasta el nivel del terreno y colocando encima los grandes bloques de sílex de que se componían las cabañas de los obreros. El mismo día, por la tarde, exactamente cuarenta y ocho horas después del descubrimiento del primer escalón del tramo, habíamos terminado esta operación: la tumba había desaparecido. Por lo que atañía a la apariencia del terreno, allí no había existido ninguna tumba, y a veces me costaba convencerme de que no había soñado aquel episodio.
Sin embargo, pronto pude tener certeza de ello. Las noticias viajan muy rápido en Egipto, y a los dos días del descubrimiento cayeron sobre mí felicitaciones, consultas y ofrecimientos de ayuda continuamente y de todas direcciones. Incluso en este estadio inicial quedó claro que se me presentaba un trabajo que no podía acometer por mí mismo, así que telegrafié a Callender, que me había ayudado en ocasiones anteriores, preguntándole si le era posible unirse a mi equipo inmediatamente, y para alivio mío llegó al día siguiente. El día 8 recibí dos mensajes de Lord Carnarvon respondiendo a mi cable. El primero decía: «Posiblemente venga pronto», y el segundo, llegado algo más tarde, «Propongo llegar Alejandría el 20».
Así pues teníamos quince días de tiempo y los destinamos a hacer varios tipos de preparativos a fin de que cuando llegara el momento de abrir de nuevo la tumba fuésemos capaces de resolver cualquier situación que se produjera con el menor retraso posible. La noche del día 18 fui a El Cairo para pasar tres días, a fin de recibir a Lord Carnarvon y hacer algunas compras necesarias, regresando a Luxor el día 21. Lord Carnarvon llegó el 22 acompañado por su hija, Lady Evelyn Herbert, la devota compañera de toda su labor en Egipto, y así todo estuvo dispuesto para que empezara el segundo capítulo del descubrimiento de la tumba. Callender había trabajado todo el día para quitar la capa superior de escombros, a fin de que al día siguiente pudiéramos pasar a la escalera sin ningún retraso.
El día 24 por la tarde la escalera estaba al descubierto, dieciséis escalones en total, pudiendo hacer entonces un examen adecuado de la puerta sellada. Las huellas de los sellos eran mucho más claras en la parte inferior y pudimos descifrar en varios de ellos sin dificultad el nombre Tutankhamón. Esto añadió un enorme interés al descubrimiento. Si, como parecía casi seguro, habíamos encontrado la tumba de aquel monarca oscuro cuya ocupación del trono coincidía con uno de los períodos más interesantes de toda la historia de Egipto, entonces sí que teníamos buenas razones para felicitarnos.
Con mayor interés, si es que era posible, volvimos a examinar la puerta. Aquí apareció el primer elemento inquietante. Ahora que toda la puerta había quedado expuesta a la luz, fue posible discernir un hecho que se nos había escapado hasta el momento: que había habido dos aperturas. Además vimos que el sello que apareció primero, con un chacal y nueve cautivos, se había aplicado a las partes selladas de nuevo mientras que los de Tutankhamón cubrían la parte intocada de la puerta y eran, por tanto, aquellos con los que se había asegurado originariamente la tumba. Así pues, ésta no estaba completamente intacta, como hubiéramos deseado. Los profanadores habían entrado más de una vez y, según lo demostraban las cabañas encima de la tumba, en una fecha no posterior al reinado de Ramsés VI, pero el hecho de que la hubieran sellado de nuevo demostraba que no la habían saqueado del todo.
Luego se presentó otro enigma. En los estratos inferiores de los escombros que llenaban la escalera encontramos grandes cantidades de fragmentos de cerámica y cajas, las últimas con los nombres de Akhenatón, Semenkhare y Tutankhamón, y, lo que era mucho más perturbador, un escarabeo de Tutmés III y un fragmento con el nombre de Amenofis III. ¿Por qué esta mezcla de nombres? El balance de las pruebas hasta aquel momento parecía indicar un escondite más que una tumba y en este estado de la investigación nos inclinamos a creer que estábamos a punto de encontrar una colección de objetos misceláneos de la Dinastía XVIII traídos a Tell el Amarna por Tutankhamón y depositados aquí para su mayor seguridad.
Así estaban las cosas el día 24 por la tarde. Al día siguiente íbamos a sacar la puerta sellada, así que Callender puso a los carpinteros a trabajar en la construcción de una pesada verja de madera para colocarla en su lugar. Mr. Engelbach, inspector jefe del Departamento de Antigüedades, nos visitó durante la tarde y fue testigo de parte de la limpieza final de los cascotes que había frente a la puerta.
El día 25 por la mañana se anotaron y fotografiaron cuidadosamente las impresiones de los sellos de la puerta y luego quitamos lo que la bloqueaba, que consistía en pedruscos alineados cuidadosamente desde el suelo hasta el dintel y cubiertos de una gruesa capa de yeso en su cara exterior, en la cual aparecían las impresiones de los sellos.
Así quedó al descubierto el comienzo de un pasadizo descendente, no una escalera, de la misma anchura que la escalera de entrada y de casi 2,15 m. de altura. Como ya había descubierto por el agujero de la puerta, estaba completamente lleno de piedras y cascotes, probablemente procedentes de su misma excavación. El relleno, al igual que la puerta, mostraba señales evidentes de que la tumba había sido abierta y cerrada más de una vez, consistiendo la parte no tocada en cascotes blancos y limpios mezclados con polvo mientras que la parte removida era principalmente de sílex oscuro. Era evidente que se había abierto un túnel irregular en el relleno original, esquina superior izquierda, cuya posición correspondía con la del agujero de la puerta.
Mientras despejábamos el pasadizo encontramos, junto a los cascotes de los niveles inferiores, fragmentos de cerámica, precintos de jarras, jarras de alabastro enteras y rotas, vasos de cerámica pintada, numerosos trozos de objetos pequeños, y pieles para llevar agua, estas últimas evidentemente utilizadas para transportar el agua necesaria para enyesar las puertas. Eran estas pruebas evidentes de pillaje y las contemplamos con recelo. Por la noche habíamos descubierto una parte considerable del pasadizo pero aún no se veía señal alguna de una segunda puerta o de una cámara.
El día siguiente (26 de noviembre) fue el mejor de todos, el más maravilloso que me ha tocado vivir y ciertamente como no puedo esperar volver a vivir otro. El trabajo de limpieza continuó toda la mañana, forzosamente despacio a causa de los objetos delicados mezclados con el relleno. Luego, a media tarde encontramos una segunda puerta sellada a unos diez metros de la puerta exterior, casi una réplica exacta de la primera. La marca de los sellos era menos clara en este caso pero todavía se podía identificar como los de Tutankhamón y la necrópolis real. También aquí había pruebas claras sobre el yeso de una apertura y sellado. Para entonces nos hallábamos firmemente convencidos de que estábamos a punto de dar con un escondrijo y no con una tumba. La disposición de la escalera, el pasadizo de entrada y las puertas nos recordaban forzosamente al escondrijo con material de Akhenatón y Tiy encontrado por Davis muy cerca de nuestra excavación y el hecho de que los sellos de Tutankhamón aparecían también allí parecía ser prueba casi cierta de que no nos equivocábamos en nuestras conjeturas. Pronto lo íbamos a saber. Allí estaba la puerta sellada y detrás la respuesta a nuestra pregunta.
Despacio, desesperadamente despacio para los que lo contemplábamos, se sacaron los restos de cascotes que cubrían la parte inferior de la puerta en el pasadizo y finalmente quedó completamente despejada frente a nosotros. El momento decisivo había llegado. Con manos temblorosas abrí una brecha minúscula en la esquina superior izquierda. Oscuridad y vacío en todo lo que podía alcanzar una sonda demostraba que lo que había detrás estaba despejado y no lleno como el pasadizo que acabábamos de despejar. Utilizamos la prueba de la vela para asegurarnos de que no había aire viciado y luego, ensanchando un poco el agujero coloqué la vela dentro y miré, teniendo detrás de mí a Lord Carnarvon, Lady Evelyn y Callender que aguardaban el veredicto ansiosamente. Al principio no pude ver nada ya que el aire caliente que salía de la cámara hacía titilar la llama de la vela, pero luego, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, los detalles del interior de la habitación emergieron lentamente de las tinieblas: animales extraños, estatuas y oro, por todas partes el brillo del oro. Por un momento, que debió parecer eterno a los otros que estaban esperando, quedé aturdido por la sorpresa y cuando Lord Carnarvon, incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo, preguntó ansiosamente: « ¿Puede ver algo?», todo lo que pude hacer fue decir: «Sí, cosas maravillosas». Luego, agrandando un poco más el agujero para que ambos pudiésemos ver, colocamos una linterna.










