EL VALLE EN ÉPOCA MODERNA
Para encontrar la primera descripción del Valle en época moderna hemos de referirnos a la obra de Richard Pococke, un viajero inglés que publicó A Description of the East en varios volúmenes fechados en 1743. Su relato es muy interesante y, considerando la brevedad de su visita, de gran exactitud. Describe así su llegada al Valle:
«El jeque me proporcionó caballos y partimos para Biban-el-Meluke y avanzamos aproximadamente un kilómetro y medio hacia el norte, por una especie de calle, a cada lado de la cual la roca, de tres metros de altura, tiene habitaciones talladas en ella, algunas sostenidas por pilastras; como no había señal alguna de edificios privados en la llanura, pensé que en tiempos muy antiguos debieron servir de casas, siendo el primer invento de la tienda, ya que proporcionaban mejor protección para el viento y el frío de la noche. La piedra es de una especie de gravilla y las puertas están talladas a la calle de un modo regular . Luego giramos hacia el noroeste, entramos en las altas colinas rocosas y nos encontramos en un valle muy estrecho. Luego volvimos a girar hacia el sur y luego hacia el noroeste, avanzando por entre las montañas durante un kilómetro y medio o dos… Llegamos a una parte más ancha, con una abertura parecida a un anfiteatro y subimos por un estrecho pasadizo con escalones, de unos tres metros, que parece haber sido tallado en la roca, perteneciendo probablemente el antiguo pasadizo al Memnonium, al pie de las colinas; puede que provenga de las grutas en las que entré por el otro lado. A través de este pasadizo llegamos a Biban-el-Meluke o Bab-el-Meluke, esto es, la puerta o patio de los reyes, donde están los sepulcros de los reyes de Tebas».
La tradición de que hay un pasadizo a través de las colinas hacia la parte del acantilado que da a Deir el Bahari todavía se mantiene entre los nativos e incluso hoy día hay arqueólogos que lo creen así. Sin embargo, no hay base alguna para esta teoría, o muy poca, y desde luego, ninguna prueba de ello.
Pococke continúa con un relato sobre las tumbas que eran accesibles en la época de su visita. Menciona catorce en total y casi todas pueden reconocerse por su descripción. Da el plano de cinco de ellas, las de Ramsés IV, Ramsés VI, Ramsés XII, Seti II y la empezada por Tausert y terminada por Sethnakht. De cuatro de ellas —Merneptah, Ramsés III, Amenmeses y Ramsés XI— sólo dibujó las cámaras y galerías exteriores, siendo las interiores evidentemente inaccesibles; de las otras cinco dice que estaban cerradas. Es evidente por la narración de Pococke que no pudo extender su visita todo lo que hubiese deseado. El Valle no era un lugar seguro para detenerse, ya que los piadosos anacoretas en cuyas manos había quedado habían sido remplazados por una horda de bandidos que vivían en las colinas de Kurna y aterrorizaban el territorio: «El jeque también tenía prisa por marchar», dice, «asustado, según creo, ante la perspectiva de que aquella gente pudiera reunirse si nos quedábamos demasiado tiempo».
Estos bandidos tebanos eran famosos y encontramos muchas referencias a ellos en las historias de viajeros del siglo XVIII. Norden, que visitó Tebas en 1737 pero que nunca se acercó al Valle más allá del Rameseum —aunque parece haberse considerado afortunado por haber llegado tan lejos— los describe así:
«Estas gentes ocupan en nuestros tiempos las grutas que tanto abundan en las montañas circundantes. No obedecen a nadie; viven a una altura tal que desde lejos descubren si llega alguien para atacarles. Entonces, si se creen lo bastante fuertes, bajan al llano para defender su terreno; si no, se refugian en las grutas o se retiran al interior de las montañas, adonde nadie desearía seguirles».
Bruce, que visitó el Valle en 1769, también sufrió a manos de estos bandidos y cuenta las drásticas e inútiles medidas tomadas por uno de los gobernadores nativos para limitar sus actividades:
«Cierto número de ladrones, muy parecidos a nuestros gitanos, vive en las oquedades de las montañas más arriba de Tebas. Todos viven fuera de la ley, condenados a muerte en caso de ser capturados. Osman Bey, un antiguo gobernador de Girge, decidido a no soportar por más tiempo los desmanes cometidos por esta gente, ordenó reunir gran cantidad de arbustos secos y con sus soldados ocupó el lado de la montaña donde vivía la mayoría de estos miserables: luego ordenó llenar las cuevas con esta leña, a la cual prendió fuego, pereciendo muchos de ellos; sin embargo, han vuelto a reclutar el mismo número desde entonces sin haber cambiado de costumbres».
Durante esta visita Bruce copio las figuras de los arpistas de la tumba de Ramsés III, que todavía lleva su nombre, pero sus trabajos concluyeron abruptamente. Al averiguar que tenía intención de pasar la noche en la tumba y continuar sus investigaciones por la mañana, sus guías se quedaron aterrados:
«Con grandes gritos y muestras de descontento tiraron sus antorchas contra la mayor de las arpas y salieron como pudieron de la cueva dejándonos a mí y a mi gente en la oscuridad; mientras se marchaban hicieron terribles premoniciones de trágicos acontecimientos que iban a caer sobre nosotros cuando hubiesen salido de la cueva».
No estaban muy equivocados al tener miedo, como Bruce pudo descubrir al poco tiempo, ya que mientras bajaba del Valle en la creciente oscuridad, fue atacado por una cuadrilla de bandidos que le aguardaban y le tiraron piedras desde la ladera del risco. Con la ayuda de su pistola y de los anticuados pistolones de sus sirvientes consiguió rechazarlos, pero al llegar a su barco decidió que lo más prudente era marcharse en seguida y no intentó repetir su visita.
Ni siquiera el mágico nombre de Napoleón bastó para dominar la arrogancia de estos bandidos tebanos, ya que molestaron a los miembros de su comisión científica que visitó Tebas en los últimos días del siglo XVIII e incluso dispararon contra ellos. Sin embargo consiguieron hacer un reconocimiento completo de todas las tumbas abiertas en aquel momento e incluso realizaron algunas excavaciones.
Pasemos ahora a 1815 para conocer a uno de los hombres más notables de toda la historia de la egiptología. En los primeros años del siglo, un joven gigante italiano llamado Belzoni se ganaba la vida precariamente en Inglaterra haciendo ejercicios de fuerza en ferias y circos. Nacido en Padua de una respetable familia de origen romano, había aspirado al sacerdocio pero su carácter aventurero unido a los conflictos internos de la Italia de la época le habían llevado a buscar fortuna en el extranjero. Hace poco hemos encontrado una referencia sobre su vida antes de ir a Egipto en uno de los libros de memorias de Smith, en el cual el autor describe cómo junto con un grupo de gente fue levantado en el escenario y llevado a través de él por el «forzudo» Belzoni. Entre sus épocas de circo parece ser que Belzoni estudió ingeniería y en 1815 creyó haber encontrado el modo de hacer una fortuna, introduciendo en Egipto una rueda hidráulica que, según decía, podía hacer cuatro veces más trabajo que el modelo indígena. Con esta idea partió para Egipto, falsificó una carta de presentación para Mohammed Alí, el pacha, e instaló su rueda en el jardín del palacio. Según Belzoni fue un gran éxito, pero los egipcios no quisieron saber nada de ella y se encontró errando por Egipto.
Luego, a través del viajero Burchardt consiguió ser presentado a Salt, el cónsul general británico en Egipto y se comprometió con éste para trasladar «el colosal busto de Memnón» (Ramsés II, en la actualidad en el Museo Británico) desde Luxor a Alejandría. Esto ocurrió en 1815, pasando en Egipto los cinco años siguientes, excavando y coleccionando antigüedades, primero para Salt y luego por cuenta propia, en constante disputa con excavadores rivales, en particular con Drovetti, que representaba al cónsul francés. Éstos fueron los días grandes de la excavación. Podía tomarse cualquier cosa de la que uno se encaprichase, fuera un escarabajo o un obelisco, y si había alguna diferencia de opinión con algún otro excavador se aclaraba con una pistola.
El relato de las experiencias de Belzoni en Egipto, publicado en 1820, es uno de los libros más fascinantes de toda la literatura egipcia y me gustaría poder citarlo con detalle —por ejemplo, cómo dejó caer un obelisco en el Nilo y lo volvió a pescar, y la historia de sus muchas riñas. Sin embargo, tenemos que reducirnos a su trabajo en el Valle. Descubrió y limpió en él gran número de tumbas, entre ellas las de Ai, Mentuherkepeshef, Ramsés I y Seti I. En la última encontró el magnífico sarcófago de alabastro que se encuentra ahora en el Soane Museum, de Londres.
Ésta fue la primera vez que se llevaron a cabo excavaciones en gran escala en el Valle y debemos dar a Belzoni crédito por el modo en que las realizó. Algunos episodios pueden escandalizar al excavador moderno, como por ejemplo, cuando describe su método para atacar las puertas selladas con un ariete, pero en conjunto su trabajo fue de gran calidad. Tal vez convenga hacer notar el hecho de que Belzoni, como todos los que han trabajado en el Valle, creía que había agotado todas sus posibilidades. «Es mi opinión», declara, «que en el Valle de Beban el Malook no hay más (tumbas) de las que ahora conocemos como consecuencia de mis últimos descubrimientos; ya que antes de salir de allí utilicé todas mis pobres cualidades al esfuerzo de encontrar otra tumba, pero no tuve éxito; y lo que es una prueba aún más importante e independiente de mis propias investigaciones, después que yo me marché, Mr. Salt, el cónsul británico, estuvo allí cuatro meses y trabajó para encontrar otra, igualmente en vano».
En 1820, Belzoni regresó a Inglaterra y expuso sus tesoros, incluyendo el sarcófago de alabastro y una maqueta de la tumba de Seti I, en un edificio construido en Picadilly en 1812, que algunos de nosotros todavía podemos, recordar: el Egyptian Hall. Nunca regresó a Egipto, ya que murió algunos años más tarde en una expedición a Tumbuctú.
Durante veinte años después de la época de Belzoni, el Valle fue explorado a fondo y los informes publicados eran gruesos y seguidos. Aquí no tenemos lugar más que para mencionar algunos nombres: Salt, Champollion, Burton, Hay, Head, Rosellini, Wilkinson —que numeró las tumbas—, Rawlinson y Rhind. En 1844, la gran expedición alemana, dirigida por Lepsius, hizo un reconocimiento completo del Valle y limpió la tumba de Ramsés II y parte de la de Merneptah. Después de esto hay un bache; la expedición alemana parecía haber agotado todas las posibilidades y nada de importancia se hizo en el Valle hasta finales del siglo.
En este período, sin embargo, ocurrió uno de los hechos más importantes de su historia, y precisamente fuera del Valle. En el capítulo anterior contamos cómo varias de las momias reales fueron recogidas de sus escondites y depositadas juntas en una hendidura de la roca en Deir el Bahari. Allí estuvieron durante casi tres mil años, hasta que en el verano de 1875 fueron encontradas por una familia de Kurna, los Abd-el-Rasul. En el siglo XIII a. C. los habitantes de este pueblo adoptaron por primera vez el oficio de ladrones de tumbas y a él se habían dedicado plenamente desde entonces. Hoy día su actividad se ha reducido mucho, pero todavía buscan a escondidas en rincones apartados y de vez en cuando encuentran un buen filón. En esta ocasión el hallazgo era demasiado grande para poder manejarlo. Era evidentemente imposible sacar todo lo que la tumba contenía, así que toda la familia juró guardar secreto, y sus jefes decidieron dejar el hallazgo donde estaba y sacar de vez en cuando lo necesario al precisar dinero. Aunque parezca imposible, el secreto se guardó durante seis años, y la familia, con una cuenta corriente de más de cuarenta faraones muertos, se enriqueció.
Pronto se hizo manifiesto, por los objetos que aparecieron en el mercado, que en alguna parte se había hecho un hallazgo importante de material perteneciente a un rey, pero sólo en 1881 fue posible relacionar la venta le los objetos a la familia Abd-el-Rasul. Incluso entonces fue difícil probar nada. El jefe de la familia fue detenido e interrogado por el mudir de Keneh, el famoso pacha Daoud, cuyos métodos para la administración de justicia eran poco ortodoxos pero efectivos. Naturalmente, aquél negó la acusación y lógicamente todo el pueblo de Kurna se levantó como un solo hombre para declarar que entre la muy honesta comunidad, los de la familia Abd-el-Rasul eran los más honestos. Se le dejó en libertad por falta de pruebas, pero su entrevista con Daoud parece ser que le conmovió. Las entrevistas con Daoud solían tener ese efecto.
Uno de nuestros trabajadores más viejos nos contó una experiencia que tuvo en su juventud. Se había dedicado a robar y en el ejercicio de su profesión fue apresado y llevado ante el mudir. Era un día caluroso y sus nervios se pusieron en tensión desde un principio al encontrar al mudir relajándose en un enorme recipiente de barro lleno de agua. Daoud le miró, sólo le miró, desde aquel sillón de justicia tan poco convencional, «y mientras sus ojos me atravesaban sentí cómo mis huesos se volvían de agua. Luego, muy suavemente, me dijo: “Ésta es la primera vez que te han traído ante mí. Puedes marcharte, pero ten mucho, mucho cuidado de no hacerlo por segunda vez”, y yo tuve tanto miedo que cambié de oficio y nunca volví a verle».
Parece ser que produjo un efecto similar en la familia Abd-el-Rasul, ya que un mes más tarde uno de sus miembros fue a ver al mudir e hizo una confesión completa. La noticia fue telegrafiada a El Cairo inmediatamente. Emile Brugsch Bey fue enviado por el Museo para investigar y hacerse cargo del asunto, y el 5 de julio de 1881 el tan bien guardado secreto le fue revelado. Debió de ser una experiencia sorprendente. Allí, amontonados en una tumba superficial y mal tallada se hallaban los monarcas más poderosos del antiguo Oriente, reyes cuyos nombres eran familiares en todo el mundo, pero que nadie había soñado poder ver jamás. Habían permanecido intactos en el lugar donde unos sacerdotes les habían traído de noche, con prisas y en secreto, tres mil años antes. Sobre sus ataúdes y momias, superpuestos y bien ordenados, estaban los relatos de sus viajes de un escondite a otro. Algunos habían sido envueltos de nuevo y dos o tres habían intercambiado su ataúd por el de otro en uno de tantos traslados. La tumba se vació en cuarenta y ocho horas; en nuestros días no hacemos las cosas con tanta prisa. Se embarcó a los reyes en una lancha del Museo y a los quince días de la llegada de Brugsch Bey a Luxor llegaron a El Cairo y fueron depositados en el Museo.
Aunque sea una historia conocida vale la pena repetir que mientras la lancha seguía su curso río abajo los hombres de los pueblos vecinos dispararon sus rifles como si se tratara de un funeral mientras las mujeres marchaban junto a la orilla, mesándose los cabellos y lanzando el agudo y trémulo lamento por los muertos, un grito que sin duda proviene de la época de los mismos faraones.
Volvamos al Valle. En 1898, gracias a informaciones proporcionadas por oficiales locales, M. Loret, entonces director general del Servicio de Antigüedades, abrió varias tumbas reales inéditas, tales como las de Tutmés I, Tutmés III y Amenofis II. Esta última fue un descubrimiento de gran importancia. Ya hemos dicho que en la Dinastía XXI, trece momias reales encontraron refugio en la tumba de Amenofis, y fue aquí donde las trece aparecieron en 1898. Sólo quedaban las momias. Las riquezas que habían derrochado con su poder en los funerales habían desaparecido mucho tiempo antes, pero por lo menos se les había evitado la última indignidad. Es cierto que la tumba había sido profanada; fue saqueada y la mayor parte de su ajuar funerario fue robado o roto, pero escapó a la total destrucción sufrida por otras tumbas reales y las momias estaban intactas. El cuerpo del mismo Amenofis yacía todavía en el sarcófago donde había descansado durante más de tres mil años. El gobierno, representado por Sir William Garstin, decidió, muy justamente, no trasladarlo. Se cerró la tumba a piedra y lodo, se destacó un cuerpo de guardia para protegerla y el rey quedó así en paz.
Desgraciadamente esta historia tiene una segunda parte. Uno o dos años después del descubrimiento una banda de profanadores penetró en la tumba, sin duda con la colaboración de los guardias, y la momia fue sacada de su sarcófago y registrada en busca de tesoros. El inspector jefe de Antigüedades consiguió localizar a los ladrones y arrestarlos, aunque no pudo conseguir que el tribunal, formado por nativos, los condenara. Todo el proceso, tal como aparece en el informe oficial, le recuerda a uno los de los antiguos robos descritos en el capítulo anterior y hemos de llegar a la conclusión de que en muchos aspectos el egipcio de nuestros días no se diferencia considerablemente de sus antepasados que vivieron en la época de Ramsés IX.
De este episodio puede extraerse una moraleja que presentamos a los que critican que saquemos los objetos de las tumbas; al trasladar las antigüedades a los museos de hecho estamos proporcionándoles seguridad. Dejadas in situ, tarde o temprano serían inevitablemente presa de ladrones, y esto, en la práctica, sería su fin.
En 1902, un americano, Mr. Theodore Davis, recibió permiso para excavar en el Valle bajo la supervisión del gobierno, y a partir de esta fecha trabajó en él durante doce campañas consecutivas. Sus principales hallazgos son conocidos por casi todo el mundo. Incluyen las tumbas de Tutmés IV, Hatshepsut, Siptah, Yuia y Thua —bisabuelo y bisabuela de la esposa de Tutankhamón—, Horemheb y una cripta, aunque no una tumba, destinada al traslado de los restos de Akhenatón desde su primera tumba en Tell el Amarna. En este depósito estaba la momia y el ataúd del rey hereje, una parte muy reducida de su ajuar funerario y piezas de la capilla sepulcral de su madre Tíy. En 1914, el permiso a favor de Mr. Davis pasó a nuestras manos, y así empieza de hecho la historia de la tumba de Tutankhamón.










