EL VALLE Y LA TUMBA
El Valle de las Tumbas de los Reyes: el nombre mismo está lleno de encanto. De todas las maravillas de Egipto, no creo que haya ninguna más atractiva a la imaginación que ésta. Aquí, en este valle remoto y solitario, apartado de todo ruido, con el «Cuerno», la mayor de las colinas tebanas erigido en permanente centinela, como una pirámide, por encima de ellos, yacen treinta reyes o más, entre ellos los más grandes que Egipto conoció. Treinta fueron enterrados aquí. Ahora tal vez sólo queden dos: Amenofis II, cuya momia puede el curioso contemplar yaciendo en su sarcófago, y Tutankhamón, que todavía permanece intacto bajo sus capillas de oro. Allí esperamos poder dejarle cuando las exigencias de la ciencia se hayan satisfecho.
No es mi propósito hacer una descripción detallada del Valle: ya se ha hecho con exagerada frecuencia en los últimos meses. Sin embargo, me gustaría dedicar algún tiempo a su historia, ya que ésta es esencial para comprender mejor el significado de la tumba de que nos ocupamos.
Acurrucada en un rincón del punto más lejano del Valle, medio escondida en un saliente de la roca, está la entrada de una tumba muy poco ostentosa. Es fácil pasarla por alto y recibe pocas visitas, pero tiene especial importancia por haber sido la primera que se construyó en el Valle. Es más que esto: su interés se debe a que representa el experimento de una nueva teoría en el diseño de tumbas. Para el egipcio era de vital importancia que el cuerpo permaneciera inviolado en un lugar construido para ello, y los antiguos reyes habían creído que podían estar seguros de que así fuera construyendo sobre él una auténtica montaña de piedra. También era esencial para el bienestar de la momia que ésta estuviera bien provista para cualquier necesidad y, en el caso de un rey oriental, amante del lujo y la ostentación, es natural qué esto significara un despilfarro en oro y otras riquezas. El resultado es bastante obvio. La misma magnificencia del monumento era su ruina y en el plazo de unas pocas generaciones como máximo, la momia era profanada y el tesoro robado. Se intentaron varias soluciones: se rellenaba el pasadizo de entrada —lógicamente el punto débil de una pirámide— con monolitos de granito de varias toneladas de peso; se construían galerías falsas; se diseñaban puertas secretas. Se empleó todo lo que el ingenio podía sugerir o la riqueza podía comprar. Fue en vano, ya que con paciencia y perseverancia el ladrón de tumbas consiguió superar en cada caso las dificultades preparadas para confundirle. Un descuido en la ejecución podía dejar un punto peligroso en las defensas mejor planeadas y sabemos que, por lo menos en tumbas de los particulares, los encargados de diseñar la obra incluyeron en ella una entrada para los saqueadores.
También fracasaron los esfuerzos destinados a asegurar una guardia para el monumento real. Un rey podía dejar grandes sumas —de hecho cada rey lo hizo— para el mantenimiento de grandes compañías de oficiales y guardias para la pirámide, pero pasado algún tiempo los mismos oficiales estaban dispuestos a contribuir al saqueo del monumento para cuya guardia se les pagaba, mientras que los legados eran utilizados para otros fines por alguno de los reyes sucesores, como más tarde al final de la dinastía. Al principio de la Dinastía XVIII apenas si había alguna tumba real en todo Egipto que no hubiera sido saqueada —una triste perspectiva para el monarca que escogía el lugar para su última morada. Tutmés I evidentemente lo creyó así y dedicó muchas reflexiones al problema. Como resultado tenemos esta pequeña tumba solitaria en el extremo del Valle. El secreto parecía ser la solución del problema.
Ya su predecesor, Amenofis I, había dado un paso en esta dirección, al erigir su tumba a bastante distancia de su templo funerario, en la cumbre de las estribaciones del Drah Abu l Negga, escondida bajo una piedra, pero éste era ya un caso extremo. Fue un rompimiento drástico con la tradición y podemos estar seguros de que dudó mucho antes de decidirse. En primer lugar su orgullo se resistiría, ya que el amor a la ostentación estaba muy arraigado en cada monarca egipcio y su tumba era, más que ningún otro, el lugar ideal para demostrarlo. Por otra parte, esta nueva disposición también produciría bastantes inconvenientes a su momia. Los primitivos monumentos funerarios siempre tenían un templo muy próximo al lugar de enterramiento, donde se celebraban las ceremonias correspondientes a las diversas festividades del año y en el cual se presentaban ofrendas diariamente. Ahora bien, en este caso no debía de haber ningún monumento sobre la misma tumba y el templo funerario en el que se hacían las ofrendas tenía que estar situado a un kilómetro y medio de distancia aproximadamente, al otro lado de la colina. Ciertamente no era un arreglo conveniente, pero necesario si el secreto de la tumba había de conservarse como tal, y en cuanto a esto el rey Tutmés estaba decidido, ya que era el único medio de escapar al destino de sus predecesores.
Tutmés encargó la construcción de esta tumba a Ineni, su jefe de arquitectos, y en la biografía inscrita en la pared de su capilla funeraria, Ineni relata el secreto con que se realizó el trabajo: «Yo fui el superintendente de la excavación de la tumba de Su Majestad en el acantilado. Yo solo, sin ser visto ni oído», dice. Desgraciadamente no nos cuenta nada acerca de los obreros que empleó. Sin embargo, es suficientemente obvio que no se permitiría que un centenar de trabajadores o más estuvieran libres, estando en conocimiento del más preciado secreto del rey y podemos estar seguros de que Ineni encontró algún medio efectivo para mantener sus bocas cerradas. Posiblemente el trabajo fue llevado a cabo por prisioneros de guerra, siendo todos aniquilados al terminarlo.
No sabemos durante cuánto tiempo se guardó el secreto de esta tumba en particular. Probablemente no mucho, pues, ¿qué secreto pudo nunca guardarse en Egipto? En la época de su descubrimiento, en 1899, quedaba en ella poco más que el sarcófago de piedra; el rey fue trasladado, por lo que sabemos, primero a la tumba de su hija, Hatshepsut, y luego junto con las demás momias reales a Deir el Bahari. En todo caso, tuviese o no éxito el escondite de la tumba, había establecido una nueva moda y los demás reyes de esta dinastía, así como los de la XIX y XX, fueron todos enterrados en el Valle.
La idea del secreto no duró mucho. No podía hacerlo por ley natural y los reyes posteriores parece que aceptaron este hecho y volvieron al antiguo sistema de hacer evidente el lugar de sus tumbas. Como se había establecido la costumbre de colocar todas las tumbas reales en un área restringida, probablemente creyeron que así se evitaba definitivamente el robo de tumbas, pensando que sería en propio provecho del rey reinante ocuparse de que el lugar de las tumbas reales estuviera bien protegido. Si así lo hicieron se engañaron completamente. Sabemos por evidencia interna que la tumba de Tutankhamón fue profanada por los ladrones diez o a lo más quince años después de su muerte. También sabemos por grafitos de la tumba de Tutmés IV que también este monarca cayó en manos de ladrones muy pocos años después de su muerte, ya que encontramos al rey Horemheb en el octavo año de su reinado dando instrucciones a un alto oficial llamado Maya para que «restaure justamente la tumba del rey Tutmés IV en la Valiosa Morada al oeste de Tebas». Los que emprendieron la aventura debieron de ser muy osados; es evidente que llevaban prisa y tenemos razones para creer que fueron sorprendidos en pleno trabajo. Si así fue, tuvieron, sin duda, muertes lentas e ingeniosas.
El Valle debe de haber presenciado extrañas escenas y desesperadas aventuras que en él ocurrieron. Podemos imaginarnos planes madurados durante mucho tiempo, la cita en los riscos por la noche, el soborno o drogado de los guardias del cementerio y luego la búsqueda desesperada en la oscuridad, arrastrándose por un estrecho agujero hasta la cámara funeraria; la urgente búsqueda de objetos que fueran transportables, a la débil luz de una antorcha y el regreso a casa al amanecer, cargados con el botín. Podemos imaginar todo esto y al mismo tiempo darnos cuenta de lo inevitable que era. Al disponer para su momia el elaborado y costoso atuendo que él creía indispensable para su dignidad, el rey preparaba su propia destrucción. La tentación era demasiado grande. Riquezas superiores al más avaricioso sueño yacían allí, a disposición del que pudiera encontrar los medios para alcanzarlas y antes o después el profanador de tumbas había de ganar la batalla.
Durante varias generaciones, bajo los poderosos reyes de las Dinastías XVIII y XIX, las tumbas del Valle debieron de estar bastante seguras. El saqueo a gran escala hubiera sido imposible sin la colaboración de los oficiales responsables. En la Dinastía XX las cosas cambiaron. El trono estaba en débiles manos, un hecho del que las clases oficiales, como siempre, estaban prontas a tomar ventaja. Los guardianes de cementerios se volvieron relajados y poco escrupulosos y una orgía de profanaciones de tumbas parece haber dado comienzo. Éste es un hecho del que tenemos pruebas de primera mano, ya que ha llegado a nosotros una serie de papiros sobre este asunto, fechados en el reinado de Ramsés IX, con informes de investigaciones sobre acusaciones de robos de tumbas, así como relatos de los juicios de los criminales envueltos en ellos. Son documentos de un interés extraordinario. Además de valiosa información sobre las tumbas, obtenemos de ellos algo de lo que carecen sistemáticamente los documentos egipcios, una historia con su elemento humano, y así podemos leer en las mentes de varios oficiales que vivieron en Tebas hace trece mil años.
Los principales personajes de esta historia son tres. Khamwese, visir o gobernador del distrito; Peser, alcalde de la parte de la ciudad que se alzaba en la orilla oriental, y Pewero, alcalde del lado occidental, encargado de la guardia de la necrópolis. Los dos últimos, según podemos ver, no estaban en muy buenas relaciones y tenían celos el uno del otro. Por ello a Peser no le supo mal recibir un día informes de profanaciones de tumbas que tenían lugar a gran escala en la orilla occidental. Aquí tenía la oportunidad de poner a su rival en un aprieto, así que se apresuró a informar al visir del asunto dando, algo arriesgadamente, cifras exactas en cuanto al número de tumbas abiertas: diez tumbas reales, cuatro de sacerdotisas de Amón y una larga lista de particulares.
Al día siguiente, Khamwese envió a un grupo de oficiales al otro lado del río para hablar con Pewero e investigar sobre la acusación. Los resultados de sus averiguaciones fueron los siguientes: de las diez tumbas reales se encontró que una había sido profanada y se habían realizado intentos en dos más. De las tumbas de las sacerdotisas, dos habían sido saqueadas y dos estaban intactas. Las tumbas de los particulares habían sido robadas todas. Pewero presentaba estos hechos como una vindicación de su administración, una opinión al parecer compartida por el visir. Se admitía únicamente el robo a los particulares, pero esto no era gran cosa: ¿qué pueden importar a gente de nuestra clase las tumbas de los particulares? De las tumbas de las sacerdotisas, dos estaban saqueadas y dos no. Vayan unas por otras y, ¿quién puede quejarse? De las diez tumbas reales mencionadas por Peser sólo una había sido profanada, una entre diez. Así, pues, la historia era falsa de principio a fin. Finalmente vemos a Pewero abandonar la sala, de juicio sin mancha alguna bajo el argumento, al parecer, de que no hay culpa si estando un hombre acusado de diez asesinatos sólo se le encuentra culpable de uno.
Para celebrar su triunfo, Pewero reunió al día siguiente a «los capataces, los administradores de la necrópolis, los trabajadores, la policía y todos los empleados del cementerio» y les envió en corporación a la orilla oriental con instrucciones de pasearse en desfile por toda la ciudad, pero en particular por los alrededores de la casa de Peser. Podemos estar seguros de que llevaron a cabo sus órdenes con toda fidelidad. Peser lo soportó cuanto pudo, pero al fin su irritación subió de tono y en un altercado con uno de los oficiales del lado oeste anunció, ante testigos, su intención de informar sobre el asunto al mismo rey. Éste fue un error fatal del que su rival no tardó en aprovecharse. En una carta al visir acusó al desgraciado Peser, en primer lugar, de poner en duda la buena fe de una comisión nombrada por su inmediato superior y, en segundo lugar, de intentar pasar por encima de éste, presentando el caso directamente al rey, un procedimiento ante el cual se horrorizaba el virtuoso Pewero, por ser contrario a la costumbre y subversivo por lo indisciplinado del mismo. Esto fue el fin de Peser. El ofendido visir convocó un juicio al que tuvo que asistir el desgraciado, por ser juez, y en él fue acusado de perjurio y hallado culpable.
Éste es un resumen de la historia; pueden encontrarse todos los detalles en el volumen IV, párrafo 499 y ss. del libro Ancient Records of Egypt, de Breasted. Parece bastante claro que el alcalde y el visir estaban implicados en los robos en cuestión. La investigación que hicieron fue evidentemente una farsa, ya que al cabo de un año o dos de la redacción de estos documentos hubo otros casos de saqueo de tumbas, registrados en los archivos de la corte, y por lo menos una de estas tumbas estaba en la lista hecha por Peser.
Los principales inspiradores de este grupo de ladrones de cementerio parecen haber sido una banda de ocho hombres, cinco de cuyos nombres han llegado hasta nosotros: el tallista Hapi, el artesano Iramen, el campesino Amenemheb, el aguador Kemwese y el esclavo Ehenefer. Se los apresó por fin bajo la acusación de haber profanado la tumba real a que se refería la investigación y tenemos una descripción detallada del juicio. De acuerdo con la tradición se empezó golpeando a los prisioneros «con una doble caña, azotando sus pies y manos» para refrescar sus memorias. Ante tal estímulo hicieron una confesión completa. Las primeras frases de esta confesión están cortadas del texto, pero sin duda describirían cómo los ladrones abrieron un túnel en la roca hasta la cámara funeraria y encontraron al rey y la reina en sus sarcófagos: «Entramos en todos ellos, ella descansaba del mismo modo». El texto continúa:
«Abrimos sus ataúdes y las envolturas en que estaban. Encontramos la augusta momia de este rey… Había gran número de amuletos y ornamentos de oro alrededor de su cuello; su cara estaba cubierta con una máscara de oro; la augusta momia de este rey estaba totalmente recubierta de oro. Las envolturas estaban labradas con oro y plata por fuera y por dentro, incrustadas con toda clase de piedras preciosas. Tomamos todo el oro que estaba en la augusta momia de este dios y los amuletos y ornamentos que llevaba al cuello, así como la mortaja en que descansaba. La reina aparecía en una disposición semejante y la despojamos del mismo modo. Quemamos las mortajas. Robamos los objetos que encontramos, vasos de oro, plata y bronce. Hicimos las partes y dividimos el oro que encontramos sobre estos dos dioses, sobre sus momias, así como los amuletos, ornamentos y envolturas en ocho partes.»
Ante esta confesión se les encontró culpables y se les llevó a la cárcel hasta que el propio rey decidiera su castigo.
A pesar de este juicio, y de otros muchos del mismo tipo, las cosas fueron de mal en peor en el Valle. Las tumbas de Amenofis III, Seti I y Ramsés II aparecen en los archivos de la corte por haber sido profanadas y en la dinastía siguiente parece que se abandonó todo intento de proteger las tumbas y vemos cómo se trasladan las momias de los reyes de un sepulcro a otro en un intento desesperado de preservarlas. Ramsés III, por ejemplo, fue desenterrado y enterrado de nuevo por lo menos tres veces durante esta dinastía, y otros reyes cuyo traslado conocemos, incluyen a Ahmes, Amenofis I, Tutmés II e incluso Ramsés el Grande. En el caso de este último, una cartela dice:
«Año 17, tercer año de la segunda estación, día 6, día del traslado de Osiris, rey Usermare-Setepnere (Ramsés II), de su nuevo entierro, en la tumba de Osiris, el rey Menmareseti (I), por el gran sacerdote de Amón, Paynezem.»
Uno o dos reinados más tarde se traslada a Seti I y a Ramsés II de esta tumba y se les vuelve a enterrar en la de la reina Inhapi; y en el mismo reinado tenemos una referencia a la tumba que hemos utilizado como laboratorio este año:
«Día del traslado del rey Menpehtire (Ramsés I) desde la tumba del rey Menmareseti (II) para llevarlo a la tumba de Inhapi, que está en el Gran Lugar, donde descansa el rey Amenofis.»
No menos de trece de las momias reales fueron a parar en uno u otro momento a la tumba de Amenofis II y se les permitió quedarse en ella. Los otros reyes fueron sacados de sus diversos escondites, trasladados en conjunto fuera del Valle y colocados en una tumba tallada en la roca en Deir el Bahari, muy bien escondida. Esta fue la mejor decisión, ya que accidentalmente se perdió noticia de la situación exacta de la tumba y las momias estuvieron en ella durante casi tres mil años.
En estos turbulentos tiempos de las Dinastías XX y XXI no se menciona a Tutankhamón ni su tumba. Esto no significa que escapara al pillaje: su tumba, como ya dijimos, fue profanada a los pocos años de su muerte, pero tuvo la suerte de escapar al descarado saqueo del último período. Por alguna razón los ladrones pasaron de largo de su tumba. Estaba situada en, una parte muy profunda del Valle y una lluvia abundante pudo haber hecho desaparecer todo vestigio de la entrada. O tal vez se deba su salvación al hecho de que justo encima de ella se construyeron unas chozas para el uso de los trabajadores empleados en la construcción de la tumba de un rey posterior.
Con la desaparición de las momias termina la historia del Valle, tal como la conocemos a través de antiguas fuentes egipcias. Quinientos años habían pasado desde que Tutmés I había construido allí su pequeña y modesta tumba y sin duda no hay en todo el mundo un trozo de tierra tan pequeño como éste que tenga una historia de quinientos años de aventuras. A partir de este momento tenemos que imaginar un valle desierto, posiblemente lleno de espíritus para los egipcios, con sus cavernosas galerías expuestas y vacías y muchas de sus entradas abiertas para convertirse en morada de zorras o búhos del desierto o colonias de murciélagos. A pesar de ello, por muy destrozadas, desiertas y desoladas que fueran estas tumbas, su encanto no se había perdido. Todavía era el sagrado Valle de los Reyes y multitud de románticos y curiosos debieron de ir a visitarlo. Algunas de las tumbas fueron incluso reutilizadas en tiempos de Osorkon I (alrededor del 900 a. C.) como enterramiento de sacerdotisas.
En los clásicos hay muchas referencias a estos pasadizos excavados en la roca y muchos de ellos eran todavía accesibles al visitante, según vemos por la reprensible manera en que tallaron sus nombres en la roca, como un tal John Smith, en 1878. Un tal Filetarios, hijo de Ammonios, que inscribió su nombre en varios lugares de la tumba en la que comíamos, me intrigó durante todo el invierno, aunque quizá no debiera mencionar este hecho, no sea que parezca que aplaudo las incivilizadas costumbres de los John Smith.
Mencionaré una última consideración, antes de que las tinieblas de la Edad Media se asienten sobre el Valle y lo escondan a nuestra vista: hay algo en la atmósfera de Egipto —creo que muchos lo han experimentado— que dispone la mente a la soledad, y ésta es la razón por la cual, tras la conversión del país al cristianismo, tantos de sus habitantes se volvieron con entusiasmo a la vida del ermitaño. El país mismo se prestaba a ello, con su clima constante, su estrecha faja de tierra cultivable y sus desiertas colinas a ambos lados, incrustadas con cavernas naturales y artificiales. Era fácil obtener abrigo y reclusión a escasa distancia del mundo exterior y de medios de subsistencia normales. En los primeros siglos de la era cristiana debió de haber miles que abandonaron el mundo para adoptar la vida contemplativa y encontramos sus huellas en todos los rincones de las tumbas talladas en la roca de las desiertas colinas. Era difícil que un lugar tan apropiado como el Valle de los Reyes pasara desapercibido, y en los siglos II al IV d. C. encontramos a toda una colonia de anacoretas ocupándolo, utilizando las tumbas abiertas como celdas y transformando una de ellas en iglesia.
Ésta es, pues, la última visión que tenemos del Valle en tiempos antiguos y la imagen que se nos aparece es bien incongruente: la magnificencia y el orgullo real habían sido remplazados por humilde pobreza. La «valiosa morada» del rey se había convertido en una celda de ermitaño.










