INSPECCIÓN DE LA ANTECÁMARA

INSPECCIÓN DE LA ANTECÁMARA
En este capítulo me propongo hacer un reconocimiento de los objetos de la antecámara, y creo que el lector se hará una idea más aproximada de las cosas si lo hago sistemáticamente, sin saltar de aquí para allá, desde un extremo de la habitación al otro, que es lo que, lógicamente, nosotros hicimos en la excitación del primer momento del descubrimiento. Era una habitación pequeña, de unos 8 por 3,6 metros, y teníamos que pisar con cuidado, porque, aunque los capataces nos habían preparado un pequeño pasillo en el centro, un solo paso en falso o movimiento súbito hubiera podido causar un daño irreparable a algunos de los delicados objetos que nos rodeaban.
Frente a nosotros, en el umbral sobre el que tuvimos que saltar para penetrar en la cámara, había una hermosa copa para hacer rogativas. Estaba hecha de alabastro puro semitransparente, con asas en forma de flor de loto a cada lado, que sostenían unas figuras arrodilladas que simbolizaban la eternidad. A la derecha, según se entraba, observamos en primer lugar una gran jarra cilíndrica de alabastro; luego, dos ramilletes funerarios hechos de hojas, uno apoyado en la pared, el otro caído; y frente a ellos, ya dentro de la cámara, un cofre de madera pintada. Este último posiblemente resultará ser uno de los tesoros de mayor valor artístico de la tumba y durante nuestra visita nos costó mucho apartarnos de él. Su exterior estaba recubierto de estuco; sobre esta preparación había una serie de diseños de Brillantes colores, exquisitamente pintados: en los paneles curvos de la tapa había escenas de caza, en unos lados escenas de guerra y en otros, representaciones del rey en forma de león, pisando a sus enemigos. Las descripciones pueden dar sólo una idea muy débil de la delicadeza dé las pinturas, que sobrepasa la de cualquier objeto del mismo tipo que se haya producido nunca en Egipto. Ninguna fotografía puede hacerle justicia, ya que incluso en el original se necesita una lupa para apreciar debidamente los menores detalles, tales como el punteado del pelaje de los leones o las decoraciones de los arreos de los caballos.
Hay otro hecho notable acerca de las escenas pintadas en este cofre. Los temas y el tratamiento son egipcios y, sin embargo, dan la impresión de algo que extrañamente no es egipcio y por nada del mundo puede uno explicar exactamente dónde está la diferencia. Nos hacen recordar muchas cosas, por ejemplo las más finas miniaturas persas; hay también una ligera semejanza con Benozzo Gozzoli, debido, tal vez, a los brillantes ramilletes de flores que llenan los espacios secundarios. El contenido de la caja se encontraba en un desorden inesperado. Encima de todo había un par de sandalias de mimbre y papiro y una túnica real cubierta por completo por una decoración de cuentas y de lentejuelas de oro. Debajo había otras túnicas decoradas, una de las cuales tenía cosidas más de tres mil rosetas de oro; había también tres pares de sandalias para uso oficial, ricamente labradas en oro, una almohadilla dorada para apoyar la cabeza y otros objetos diversos. Ésta fue la primera caja que abrimos y nos intrigó la extraña variedad de su contenido, por no hablar del modo en que los objetos estaban aplastados y amontonados. La explicación apareció más tarde, como veremos en el próximo capítulo.
A continuación, omitiendo algunos pequeños objetos sin importancia, llegamos a la pared opuesta (norte) de la cámara. Aquí estaba la tentadora puerta sellada y, a cada lado, montando guardia en la entrada, las estatuas de madera del rey, de tamaño natural, que ya hemos descrito. Eran figuras extrañas e impresionantes, incluso como las vimos nosotros, medio escondidas por los objetos que las rodeaban. Tal como están ahora, en la cámara vacía, sin nada frente a ellas que pueda distraer la atención y la capilla de oro medio visible tras ellas a través de la puerta abierta, tienen una apariencia impresionante, casi angustiosa. Originalmente estaban arropadas con chales de lino que debían aumentar el efecto. Hay otro detalle interesante que mencionar acerca de esta pared. A diferencia de las otras paredes de la cámara, toda su superficie estaba cubierta de estuco y un cuidadoso examen nos reveló que toda ella no era más que un tabique, es decir, que era simplemente un muro de partición.
Volviendo ahora a la pared más larga de la cámara (oeste), encontramos que estaba cubierta en toda su longitud por los tres grandes sofás con paneles laterales zoomorfos, curiosos muebles que conocíamos por las ilustraciones de las pinturas de las tumbas, pero de los que no se había encontrado ningún ejemplar hasta ahora. El primero tenía cabeza de león, el segundo de vaca y el tercero de un animal medio hipopótamo y medio cocodrilo. Estaban cortados en cuatro partes para facilitar su transporte. El armazón del asiento se enganchaba a los lados por medio de ganchos y armellas y los pies de los animales encajaban en un pedestal calado. Como es habitual en las camas egipcias, cada uno de ellos tenía un panel en la parte de los pies, pero ninguno en la cabecera. Por encima, debajo y alrededor de estos sofás había una mezcla de objetos más pequeños, algunos bien atados y otros amontonados precariamente unos sobre otros. De ellos sólo mencionaré aquí los más importantes, para ser breve.
Apoyado en el sofá que estaba más al norte, el de las cabezas de león, había una cama de ébano y cuerda tejida con un panel en el que estaban exquisitamente tallados unos dioses familiares. Apoyados en ella había una colección de bastones de mando de elaborada decoración, un carcaj lleno de flechas y cierto número de arcos compuestos. Uno de ellos estaba recubierto de oro y decorado con bandas de inscripciones y motivos animales a base de granulado de increíble finura, una obra maestra de orfebrería. Otro, un arco de composición doble, tenía tallada a cada lado la figura de un cautivo, dispuesta de tal modo que su cuello servía de muesca para la cuerda, hecho con la «agradable» idea de que cada vez que el rey usaba el arco estrangulaba a un par de cautivos. Entre la cama y el sofá había cuatro candelabros de bronce y oro de un tipo completamente inédito, uno de los cuales tenía todavía el pábilo de lino trenzado en la taza para el aceite y también había un vaso de alabastro para libaciones, de fascinante labra, y un cofre cuya tapa, con paneles decorados con fayenza de color azul turquesa y oro, estaba caída a un lado. Este cofre, según vimos luego en el laboratorio, contenía un buen número de objetos valiosos, entre los cuales destacaba una túnica sacerdotal de piel de leopardo decorada con estrellas de oro y con una cabeza de leopardo dorada, incrustada con vidrios de colores. También había un escarabeo muy grande, bellamente trabajado en oro y lapislázuli; una hebilla hecha de láminas de oro con una decoración de varias escenas de caza aplicadas con granulado de minúsculo tamaño; un cetro de oro macizo y lapislázuli; gargantillas de bellos colores y collares de cerámica y un puñado también de anillos de oro macizo envueltos en un lienzo de lino, de los que volveremos a hablar más adelante.
Debajo del sofá, en el suelo, había un gran baúl hecho a base de una bella combinación de ébano, marfil y madera rojiza y que contenía cierto número de vasitos de alabastro y vidrio; había también dos capillas de madera negra, cada una con la figura de una serpiente dorada, emblema y estandarte del décimo nomo del Alto Egipto (Afroditopolis), una encantadora sillita con paneles decorados con ébano, marfil y oro, demasiado pequeña para que la usara alguien que no fuera un niño, dos taburetes plegables con incrustaciones de marfil y una caja de alabastro con incisiones rellenas de pigmentos.
Frente al sofá había una caja alargada de marfil y madera pintada de blanco sobre una base con diseños calados y con una tapa de charnelas. El contenido estaba muy revuelto. Encima de todo había camisas y ropa interior del rey, todo arrugado y apretujado formando un amasijo, mientras que debajo, más o menos en orden sobre el fondo de la caja, había bastones, arcos y gran cantidad de flechas cuyas puntas habían sido cortadas y robadas para aprovechar el metal. En principio, posiblemente la caja sólo contenía bastones, arcos y flechas, incluyendo no sólo los que estaban sobre la cama, ya mencionados, sino también buen número de otros que estaban esparcidos en varios rincones de la cámara. Algunos de los bastones eran de gran artesanía. Uno de ellos terminaba en curva y en ella aparecían las figuras de un par de cautivos, atados de pies y manos, uno africano y el otro asiático, con las caras talladas en ébano y marfil, respectivamente. La figura del último es una obra de punzante realismo. En uno de los bastones se conseguía un gran efecto decorativo con un diseño hecho a base de minúsculas escamas iridiscentes en forma de élitros de escarabajos, mientras que en otros la decoración consistía en aplicaciones de cortezas de árbol policromadas. Con estos bastones había un látigo de marfil y cuatro medidas de un codo. A la izquierda del sofá, entre éste y el siguiente, había un tocador y una colección de hermosos tarros para perfumes, tallados en alabastro.
Esto es todo en cuanto al primer sofá. El segundo, el de las cabezas de vaca, que quedaba frente a nosotros según entrábamos en la cámara, estaba aún más recubierto por los objetos. Apiñada precariamente en él había otra cama de madera, pintada de blanco, y sobre ésta, también en equilibrio, había una silla de mimbre, de apariencia y diseño, muy modernos, así como un taburete de madera roja. Bajo la cama, apoyados en el armazón del sofá, había, entre otras cosas, un taburete blanco de adorno, una curiosa caja redonda hecha de chapas de marfil y ébano, así como dos sistra dorados, instrumentos musicales generalmente asociados con Hathor, la diosa de la alegría y la danza. El espacio central por debajo de estos objetos lo ocupaban un montón de cajas oviformes de madera que contenían patos rellenos y otras ofrendas alimenticias.
Frente a este sofá, en el suelo, había dos cajas de madera. Sobre la tapa de una de ellas había una gargantilla y una serie de anillos. La mayor tenía un contenido interesante y variado. En la tapa había una inscripción en caracteres hieráticos, con una lista de diecisiete objetos de lapislázuli. Dentro de ella encontramos sólo dieciséis vasos de libación de fayenza azul, apareciendo el decimoséptimo en el otro lado de la cámara. Además de ellos, dispuestos sin cuidado alguno, había otros vasos de fayenza, un par de bumeranes de electro, decorados con fayenza azul en los extremos, un hermoso cofre de pequeño tamaño, tallado en marfil, un colador para vino, de calcita, un vestido de tapicería, muy elaborado, y la mayor parte de un corpiño. Este último, que tendré ocasión de describir con detalle en el capítulo 10, se componía de varios miles de piezas de oro, vidrio y fayenza y creo que, cuando lo hayamos limpiado y reunamos todas sus piezas, resultará ser el objeto más imponente producido en Egipto entre todos los de su clase. Entre este sofá y el tercero, ladeada descuidadamente sobre el costado, había una magnífica silla de madera de cedro, de elaborada y delicada talla, con adornos de oro.
Llegamos ahora al tercer sofá, el que está flanqueado por los dos extraños animales compuestos, cuya boca abierta mostraba dientes y lengua de marfil. Sobre él se alzaba en solitario un gran cofre de tapa redondeada, de armazón de ébano y paneles pintados de blanco. Originalmente este baúl se destinaba a ropa interior. Todavía contenía algunas piezas —taparrabos, etc., muchas de las cuales estaban dobladas y arrolladas en pequeños fardos, muy bien dispuestos. Bajo este sofá había otro de los grandes tesoros artísticos de la tumba, tal vez el mayor que hemos sacado hasta ahora: un trono recubierto de oro de arriba a abajo y ricamente adornado con vidrio, fayenza y piedras incrustadas. Las patas, de forma felina, culminaban en cabezas de león, de una fuerza y simplicidad fascinante. Los brazos estaban formados por magníficas serpientes coronadas y aladas y entre las varillas que formaban el respaldo había seis cobras protectoras, trabajadas en madera, oro e incrustaciones. Sin embargo, la pieza magistral del trono era el panel del respaldo, al que no dudo de calificar como de objeto más bello encontrado hasta ahora en Egipto.
La escena se desarrolla en uno de los salones de palacio, una habitación decorada con pilares adornados con guirnaldas de flores, frisos de uraei (cobras reales) y dados de paneles escorzados convencionalmente. En el techo hay un agujero a través del cual el sol proyecta hacia la tierra sus rayos vivificantes y protectores. El propio rey está sentado en actitud poco convencional sobre un trono acolchado, cruzando su brazo sobre el respaldo. Frente a él está la juvenil figura de la reina que, al parecer, da los últimos toques al atuendo del rey; con una mano sostiene una jarrita de perfume o ungüento y con la otra unge cuidadosamente el hombro del rey, o añade un toque de perfume a su collar. Se trata de una pequeña composición muy familiar y simple, pero también muy llena de vida y sentimiento y con gran sentido del movimiento.
El colorido del panel es extraordinariamente vivo y efectivo. La cara y otras partes expuestas del cuerpo, tanto del rey como de la reina, son de vidrio rojo y los tocados, de brillante fayenza color turquesa. Los vestidos son de plata, oxidada por los años hasta tomar un tono mate maravilloso. Las coronas, collares, chales y otros detalles ornamentales del panel están todos incrustados con vidrio y fayenza, cornerina y un material hasta ahora desconocido —calcita fibrosa transparente, colocados sobre pasta coloreada, con una apariencia similar al vidrio millefiori. Las láminas de oro con las que está recubierto el trono sirven de trasfondo. En su estadio original, cuando el oro y la plata estaban frescos y nuevos, el trono debía resultar una visión completamente deslumbradora —demasiado tal vez para el hombre occidental, acostumbrado a cielos parduscos y tonos neutros. Hoy día, algo rebajados por el deslustre de la aleación, presenta un conjunto de color extraordinariamente atractivo y armonioso.
Aparte de su mérito artístico, el trono es un importante documento histórico, ya que las escenas representadas en él son auténticas muestras de las vacilaciones político-religiosas del reinado. En su concepción original —según señalan los brazos humanos que salen del disco solar del panel del respaldo— se basan en la adoración de Atón, puramente al estilo de Tell el Amarna. Las cartelas, sin embargo, están mezcladas de forma curiosa. En algunas de ellas el elemento Atón ha sido borrado y sustituido por la forma Amón, mientras que en otras el Atón permanece intacto. Como mínimo puede decirse que es curioso que un objeto que llevaba signos de herejía tan manifiestos fuese enterrado públicamente aquí, en la fortaleza de la fe de Amón y tal vez no se deba pasar por alto que precisamente en esta parte del trono había restos de una funda de lino. Parece ser que el retorno de Tutankhamón a la antigua fe no fue completamente debido a sus convicciones. Tal vez consideró que el trono era un objeto demasiado valioso para destruirlo y lo guardó en una de las estancias privadas del palacio, o tal vez es posible que el cambio de los nombres de Atón fuera suficiente para apaciguar a los sectarios y que no hubiera necesidad de guardarlo en secreto.
Sobre el asiento del trono había un taburete para los pies que originalmente debió de estar frente a él, hecho de madera dorada y fayenza azul oscuro, con los paneles superior y laterales representando a prisioneros atados y postrados. Esta era una actitud convencional, muy corriente en Oriente —«hasta que ponga a tus enemigos a tus pies», canta el salmista— y estamos seguros de que en algunas ocasiones lo convencional se convirtió en hecho real.
Frente al sofá había dos taburetes, uno de simple madera pintada de blanco, el otro de ébano, marfil y oro, con patas talladas en forma de cabeza de pato y con la parte superior imitando una piel de leopardo, con garras y manchas de marfil, el mejor ejemplar de su clase que se conoce. Detrás de éste, apoyados en la pared sur de la cámara, había varios objetos importantes. Primero había una caja en forma de capilla, con puertas cerradas por medio de pestillos de marfil. Estaba completamente recubierta de gruesas láminas de oro y en él, en delicado bajorrelieve, había una serie de paneles pequeños mostrando, con estilo deliciosamente ingenuo, algunos episodios de la vida diaria del rey y la reina. La nota dominante en todas las escenas es la de una delicada relación amistosa entre marido y mujer, es decir, la despreocupada cordialidad que caracteriza a la escuela de Tell el-Amarna y no nos sorprende, descubrir que las cartelas reflejan también el cambio de Atón a Amón. En la capilla había un pedestal que mostraba haber sostenido originalmente una estatuilla; es posible que fuese de oro, un objeto demasiado conspicuo para que los ladrones lo pasaran por alto. También contenía un collar de enormes cuentas de oro, cornerina, feldespato verde y vidrio azul, del que pendía un gran colgante en forma de una diosa-serpiente muy rara; también había porciones considerables del corpiño al que nos referimos en la descripción de una de las cajas mencionadas anteriormente.
Junto a esta capilla había una gran estatuilla shawahti del rey, cincelada, dorada y pintada, y un poco más allá, asomando tras el cuerpo caído de un carro, una estatua de forma peculiar cortada súbitamente a nivel de cintura y codos. Era de tamaño natural y tenía él cuerpo pintado de blanco imitando, evidentemente, una camisa; es bien posible que se trate de un maniquí al que se probaban los vestidos y tal vez los collares del rey. En la misma sección de la cámara había otro tocador y piezas dispersas de un baldaquín o capilla de oro. Estas piezas eran de construcción muy ligera y estaban hechas para que encajaran la una en la otra. El baldaquín era, probablemente, para viajar, llevándolo en el equipaje real hasta cualquier lugar adonde fuera el rey, pudiendo montarse en un instante para protegerle del sol.
El resto de la pared sur y toda la del oeste, hasta la entrada, estaba ocupada por piezas de por lo menos cuatro carros, amontonados en terrible confusión, habiendo sido volcados evidentemente por los ladrones mientras iban de aquí para allá, en sus esfuerzos por llevarse las partes más valiosas de la decoración de oro que los cubría. Sin embargo, la culpa no era sólo suya. El pasadizo de entrada era demasiado estrecho para permitir el paso de los carros completos, así que para hacerlos llegar a la cámara, se había cortado los ejes en dos, desmontando y amontonando las ruedas y colocando por separado los cuerpos desmembrados de los carros.
Se nos presenta una tarea prodigiosa para volver a montar y restaurar estos carros, pero los resultados serán suficientemente valiosos para justificar todo el tiempo empleado en ellos. Estaban cubiertos de oro de arriba abajo y cada centímetro estaba decorado ya fuera con diseños y escenas cincelados en oro o con dibujos incrustados con vidrios de colores y pedrería. Las piezas de madera de los carros se encuentran en buen estado y sólo necesitan una ligera restauración, pero los arreos de los caballos y otras piezas de cuero son cuestión aparte, ya que el cuero sin curtir ha sido afectado por la humedad, convirtiéndose en un pegamento negro y de aspecto desagradable. Por fortuna estas piezas de cuero estaban en su mayor parte recubiertas de oro y a través de esta decoración, que se ha conservado bien, esperamos podremos reconstruir los arneses. Mezclados con las piezas de los carros había diversos objetos menores, entre ellos jarras de alabastro, más bastones y flechas, sandalias de cuentas, cestas y un juego de cuatro espantamoscas de pelo de caballo con empuñaduras de madera dorada, en forma de cabeza de león.
Hemos hecho así un recorrido completo por la antecámara, que parece bastante extenso y, sin embargo, consultando nuestras notas, descubrimos que de los seiscientos o setecientos objetos que contenía sólo hemos mencionado menos de cien. Sólo un catálogo completo hecho con nuestras fichas de archivo nos daría una idea aproximada del alcance del descubrimiento, pero está fuera de lugar en este volumen. Deberemos limitarnos a una descripción más o menos sumaria de los principales hallazgos y dejar para publicaciones posteriores un estudio detallado de los objetos. En todo caso, sería imposible intentar un trabajo de este tipo en este momento, ya que nos esperan meses y tal vez años de trabajo de restauración, si debemos tratar el material como merece. También debemos recordar que hasta ahora sólo nos hemos ocupado de una cámara. Todavía hay otras habitaciones interiores que no hemos tocado y en ellas esperamos encontrar tesoros que superen aquellos de los que trata este capítulo.