INVESTIGACIÓN PRELIMINAR
Supongo que muchos excavadores confesarían haber sentido asombro, casi desconcierto, al penetrar en una cámara cerrada y sellada por manos piadosas tantos siglos antes. En aquel momento el tiempo como factor de la vida humana perdía todo significado. Han pasado tres o cuatro mil años quizá desde que un pie humano pisó por última vez el suelo en que uno está y, sin embargo, al notar las señales recientes de vida a su alrededor —el recipiente medio lleno de argamasa para tapiar la puerta, la lámpara ennegrecida, la huella de un dedo sobre la superficie recién pintada, la guirnalda de despedida arrojada sobre el umbral— uno siente que podría haber sido ayer. El mismo aire que se respira, que no ha cambiado a través de los siglos, se comparte con aquellos que colocaron la momia allí para su descanso eterno. Pequeños detalles de este tipo destruyen el tiempo y uno se siente como un intruso.
Ésta es tal vez la primera sensación y la más dominante. Pero pronto vienen otras: el entusiasmo por el descubrimiento, la fiebre de lo incierto, el impulso casi irresistible, nacido de la curiosidad, de romper los sellos y abrir las tapas de los cofres, la idea de que uno está a punto de escribir una página de la historia o de resolver problemas de investigación, alegría inmensa del erudito, y, ¿por qué no decirlo?, la tensa expectación del buscador de tesoros. ¿Pasaron todos estos pensamientos por nuestras mentes en aquel momento o lo hemos imaginado más tarde? No podría decirlo. Esta digresión la ha ocasionado el descubrimiento de que mi memoria estaba vacía, no el simple deseo de añadir un final dramático.
Estoy seguro de que nunca en toda la historia de las excavaciones se había visto un espectáculo tan sorprendente como el que nos revelaba la luz de la linterna. Las fotografías que se han publicado desde entonces se tomaron más tarde, cuando ya se había abierto la tumba e instalado en ella luz eléctrica. Dejaré que el lector se imagine la apariencia de los objetos mientras los contemplábamos desde nuestra mirilla de la puerta tapiada, proyectando desde ella el haz de luz de nuestra linterna —la primera luz que cortaba la oscuridad de la cámara en tres mil años— de un grupo de objetos a otro en un vano intento de interpretar el alcance del tesoro que yacía ante nosotros. El efecto era abrumador, impresionante. Supongo que nunca supimos qué es lo que habíamos esperado o deseado ver en nuestras mentes, pero sin duda que nunca hubiéramos soñado algo así: una habitación —parecía un museo— repleta de objetos, algunos de ellos familiares pero otros como nunca habíamos visto, amontonados unos sobre otros con una profusión aparentemente interminable.
Gradualmente la escena se aclaró y pudimos distinguir los objetos por separado. En primer lugar, justo frente a nosotros —habíamos sido conscientes de su presencia todo el rato pero nos negábamos a creerlo— había tres sofás dorados cuyos lados estaban tallados en forma de animales monstruosos, de cuerpo curiosamente reducido para que cumplieran su cometido, pero con cabezas de sorprendente realismo. Estas bestias hubieran parecido extrañas en cualquier otra ocasión: vistas como lo hicimos nosotros, con sus brillantes superficies doradas destacando en la oscuridad como si tuvieran un halo propio gracias a nuestra linterna y sus cabezas proyectando sombras deformes y grotescas sobre la pared del fondo, eran casi aterradoras. Junto a ellos, a la derecha, dos estatuas reclamaron y obtuvieron nuestra atención: dos figuras negras de tamaño natural de un rey, una frente a la otra como centinelas, con faldellín y sandalias de oro, armados con un mazo y un báculo y llevando sobre la frente la cobra sagrada como protección.
Éstos fueron los objetos principales que primero nos llamaron la atención. Había muchísimos más entre ellos, a su alrededor e incluso amontonados encima de ellos: cofres exquisitamente pintados e incrustados, vasos de alabastro, algunos de ellos tallados con diseño en relieve; extrañas capillas negras, con una gran serpiente dorada que nos contemplaba desde la puerta abierta de una de ellas; ramos de flores o de ramas; sillas bellamente trabajadas; un trono de oro con incrustaciones; un montón de curiosas cajas blancas de forma ovoide y báculos de todas formas y tamaños. Ante nosotros, en el mismo umbral de la cámara, había una hermosa copa de alabastro transparente; a la izquierda, un confuso montón de carros derribados, destellantes por el oro y las incrustaciones, y asomando por detrás de ellos, otro retrato de un rey.
Éstos eran algunos de los objetos que yacían delante de nosotros. No puedo estar seguro de si los notamos todos al mismo tiempo, ya que nuestras mentes estaban demasiado excitadas y confusas para registrar con precisión los acontecimientos. Pronto se hizo claro en nuestras aturulladas mentes que entre esta mezcla de objetos que teníamos delante no había señal alguna de un ataúd o de una momia y la tan debatida cuestión de si era una tumba o un escondrijo empezó a intrigarnos de nuevo. Teniendo en cuenta esta cuestión volvimos a examinar la escena que teníamos delante y entonces observamos, por primera vez, que entre las dos figuras negras de los centinelas, a la derecha, había otra puerta sellada. La explicación se aclaró gradualmente. Estábamos tan sólo en el umbral de nuestro descubrimiento. Lo que veíamos no era más que una antesala. Tras la guardada puerta debía de haber otras cámaras, o tal vez una serie de ellas, y en una de ellas, sin duda, encontraríamos a un faraón yaciente en la magnífica pompa de la muerte.
Ya habíamos visto bastante y nuestros cerebros empezaron a agitarse ante la idea de la tarea que teníamos ante nosotros. Volvimos a cerrar el agujero, pusimos un candado en la verja de madera que habíamos colocado en la primera puerta, dejamos de guardia a nuestros capataces nativos, subimos a los burros y cabalgamos valle abajo hacia casa, subyugados y extrañamente silenciosos.
Es curioso recordar lo conflictivo de nuestras ideas acerca de lo que habíamos visto al hablar de todo aquello por la noche. Cada uno de nosotros había notado algo que los otros no habían visto y nos sorprendió descubrir al día siguiente lo numerosos y visibles que eran los objetos en los que no habíamos reparado.
Naturalmente, lo que más nos intrigaba era la puerta sellada entre las dos estatuas y hasta bien entrada la noche discutimos sobre las posibilidades de lo que podía haber detrás de ella. ¿Una sola cámara con el sarcófago del rey? Esto era lo mínimo que podíamos esperar. Pero, ¿por qué sólo una cámara? ¿Por qué no una serie de pasadizos y cámaras que condujeran, según es habitual en el Valle, al recinto más recóndito, la cámara sepulcral? Podía ser así, pero el trazado de esta tumba era completamente distinto al de las demás. Visiones de cámaras y más cámaras, todas repletas de objetos como la que habíamos visto, cruzaron nuestras mentes dejándonos sin aliento. Luego volvimos a pensar en la posibilidad de saqueadores. ¿Habrían conseguido penetrar en la tercera puerta? —vista a distancia parecía intacta—, y, de ser así, ¿qué oportunidades teníamos de encontrar inviolada la momia del rey? Creo que todos nosotros dormimos muy poco aquella noche.
A la mañana siguiente (27 de noviembre) fuimos a la excavación temprano, ya que había mucho que hacer. Antes de continuar con nuestro reconocimiento era esencial que nos procuráramos algún método de iluminación, así que Callender empezó a tender cables para conectarnos con el sistema central de iluminación del Valle. Mientras se preparaba esto tomamos notas detalladas de las huellas de sellos que había en la puerta interior y luego retiramos lo que la bloqueaba. Al mediodía todo estaba a punto y Lord Carnarvon, Lady Evelyrt, Callender y yo entramos en la tumba e hicimos una inspección cuidadosa de la primera cámara (llamada más tarde la antecámara). La tarde anterior yo había escrito a Mr. Engelbach, el inspector jefe del Departamento de Antigüedades, poniéndole al corriente del estado de los trabajos y pidiéndole que viniese e hiciera la inspección oficial. Desgraciadamente se encontraba en aquel momento en Kena por asuntos oficiales, así que el inspector local de Antigüedades, Ibraham Effendi, vino en su lugar.
A la luz de las potentes lámparas se hicieron visibles muchos detalles que nos habían parecido oscuros el día anterior y pudimos hacer un cálculo más aproximado del alcance de nuestro descubrimiento. Naturalmente nuestro primer objetivo era la puerta sellada entre las estatuas, y en este punto nos aguardaba una desilusión. Vista desde lejos tenía la apariencia de un bloque absolutamente intacto, pero un examen a corta distancia reveló el hecho de que se había abierto una pequeña brecha cerca del borde inferior, lo bastante grande como para dejar pasar a un muchacho o a un hombre de complexión pequeña. Este agujero había sido tapado y sellado posteriormente. Así, pues, no éramos los primeros. También aquí nos habían precedido los ladrones y sólo nos faltaba por ver el daño que habían tenido la oportunidad o el tiempo de hacer.
Nuestro primer impulso fue derribar la puerta y llegar de una vez al fondo de la cuestión, pero hacerlo así hubiera encerrado un serio riesgo que no estábamos dispuestos a correr. Tampoco podíamos apartar los objetos para hacer más espacio, ya que se imponía hacer un plano y un estudio fotográfico completo antes de tocar nada y ésta era una tarea que requería gran cantidad de tiempo, incluso si hubiéramos tenido suficiente material disponible —que no lo teníamos— para llevarla a cabo inmediatamente. De mala gana decidimos reservar la apertura de esta puerta sellada hasta que hubiésemos sacado todo el contenido de la antecámara. Haciéndolo así no sólo podíamos estar seguros de hacer una relación científica completa de la cámara exterior, tal como era nuestra obligación, sino que tendríamos más espacio para remover el bloque de la puerta, una operación arriesgada en el mejor de los casos.
Habiendo satisfecho en parte nuestra curiosidad acerca de la puerta sellada podíamos ahora volver nuestra atención al resto de la cámara y hacer un examen mucho más detallado de los objetos que contenía. Era, desde luego, una experiencia asombrosa. Aquí, encajados estrechamente en este pequeño recinto, había montones de objetos, cada uno de los cuales nos hubiera llenado de excitación en circunstancias normales y hubiera sido considerado una buena recompensa a toda una campaña de trabajos. Algunos eran de un tipo que nos era bien conocido. Otros eran nuevos y extraños y en algunos casos constituían ejemplares completos y perfectos de objetos cuya apariencia se había adivinado hasta el momento a través de las indicaciones dadas por insignificantes fragmentos hallados en otras tumbas reales.
Tampoco era la cantidad lo que hacía tan sorprendente el hallazgo. El período al que pertenece la tumba corresponde a la época más interesante en muchos aspectos de toda la historia del arte egipcio y estábamos dispuestos a ver cosas hermosas. Para lo que no estábamos preparados era para la sorprendente vitalidad y animación que caracterizaba a algunos de los objetos. Para nosotros era una revelación de las insospechadas posibilidades del arte egipcio e incluso en este apresurado estudio preliminar nos dimos cuenta de que el análisis del material comportaría una modificación, sí no una revolución completa, de todas nuestras ideas anteriores. Sin embargo, éste es asunto a esclarecer en el futuro. Cuando hayamos limpiado toda la tumba y tengamos todo el contenido ante nuestros ojos, podremos obtener una idea más clara de sus valores artísticos exactos.
Una de las primeras cosas que notamos en nuestra inspección es que todos los objetos grandes y casi todos los pequeños tenían inscrito el nombre de Tutankhamón. También eran suyos los sellos grabados en la puerta interior y suya por lo tanto, sin duda alguna, la momia que debía haber detrás de ella. A continuación, mientras estábamos llamándonos el uno al otro con excitación, yendo de un objeto a otro, se produjo un nuevo descubrimiento. Mirando debajo del sofá que estaba más al sur de los tres vimos un pequeño agujero irregular en la pared. Aquí había otra puerta sellada y un agujero hecho por los saqueadores que nunca se había reparado, en contraste con los demás. Nos deslizamos cuidadosamente debajo del sofá, colocamos una lámpara portátil y allí, ante nuestros ojos, había otra cámara, más pequeña que la primera, y aún más llena de objetos.
El estado de esta habitación interior (llamada posteriormente anexo) rehuye simplemente toda descripción. En la antecámara había habido un intento de poner orden después de la visita de los ladrones, pero aquí reinaba la misma confusión en que la habían dejado. No hacía falta gran imaginación para verlos en plena tarea. Uno de ellos —posiblemente no cabía más de uno— se había arrastrado dentro de la cámara, y allí había saqueado rápida, pero sistemáticamente, todo su contenido, vaciando cofres, apartando objetos, amontonándolos unos sobre otros y de vez en cuando pasando a sus compañeros alguno a través del agujero para que lo examinaran en la cámara exterior. Había hecho un trabajo tan a fondo como un terremoto. Ni un solo centímetro del suelo estaba vacío y será una tarea complicada saber por dónde empezar cuando llegue el momento. Hasta ahora no hemos intentado entrar en esta cámara, contentándonos con tomar nota de su contenido desde fuera. Contiene cosas muy bonitas, en su mayor parte de menor tamaño que las de la antecámara, pero muchas de ellas de exquisita artesanía. Algunos objetos, en especial, han quedado en mi memoria: una caja pintada, aparentemente tan preciosa como la de la antecámara; una maravillosa silla de marfil, oro, madera y cuero; vasos de alabastro y cerámica de hermosas formas y un tablero de juego tallado en marfil de colores.
Creo que el descubrimiento de esta segunda cámara, con su apiñado contenido, tuvo un efecto tranquilizador sobre nosotros. Hasta entonces la excitación se había apoderado de nosotros, sin darnos una pausa para reflexionar, pero ahora por primera vez empezamos a darnos cuenta de la fantástica tarea a la que nos enfrentábamos y de las responsabilidades que suponía. Éste no era un hallazgo corriente con el que pudiéramos disponer en una campaña normal; tampoco había ningún precedente que pudiera servirnos de guía. Era algo de lo que no se tenía experiencia, algo aturdidor y por el momento pareció como si hubiera allí tanto por hacer que ningún medio humano pudiera llevarlo a cabo.
Además, el alcance de nuestro descubrimiento nos había tomado por sorpresa y estábamos completamente desprevenidos para manejar la multitud de objetos que había delante de nuestros ojos, muchos de ellos en condición precaria y necesitados de un cuidadoso tratamiento de preservación antes de que pudiéramos tocarlos. Había un sinfín de cosas por hacer antes de que pudiéramos empezar siquiera la limpieza. Teníamos que preparar un gran depósito de líquidos de preservación y material de embalaje; había que recabar la opinión de los expertos sobre la mejor manera de tratar algunos de los objetos; teníamos que proveernos de un laboratorio en algún lugar seguro y a cubierto donde los objetos pudieran ser tratados, catalogados y empaquetados; teníamos que hacer un buen plano a escala y tomar un reportaje fotográfico completo mientas todo estaba todavía en su sitio; también teníamos que obtener una habitación oscura para el revelado.
Éstos eran algunos de los problemas que se nos planteaban. Era evidente que lo primero que teníamos que hacer era proteger la tumba contra posibles robos. Sólo entonces podríamos tranquilizarnos lo suficiente como para empezar a hacer proyectos, proyectos que sabíamos que esta vez abarcarían no sólo una campaña sino dos como mínimo y posiblemente tres o cuatro. Teníamos ya nuestra verja de madera a la entrada del pasadizo, pero esto no era suficiente y tomé las medidas de la puerta interior para hacer otra de gruesas barras de acero. Hasta que tuviéramos hecho esto —y para ello y otros asuntos era imprescindible que yo fuera a El Cairo— teníamos que tomarnos el trabajo de llenar la tumba una vez más.
Mientras tanto la noticia del descubrimiento se había extendido como fuego, y en el extranjero se daban toda clase de informes extraordinarios y fantásticos acerca de él. Una de las versiones que tuvo más éxito entre los nativos era que tres aeroplanos habían aterrizado en el Valle y salido con destino desconocido cargados de tesoros. Para desacreditar en lo posible estos rumores decidimos hacer dos cosas: primero, invitar a Lord Allenby y a los distintos jefes de los departamentos a los que concernía el asunto a venir a visitar la tumba, y segundo, enviar un relato autorizado del descubrimiento al Times. Consecuentemente el día 29 tuvimos una apertura oficial de la tumba, a la que asistieron Lady Allenby —Lord Allenby, desgraciadamente, no pudo salir de El Cairo—, Abd el Aziz Bey Yehia, gobernador de la provincia, Mohamed Bey Fahmy, mamur del distrito y cierto número de nobles y autoridades egipcias y el día 30 Mr. Tottenham, consejero del Ministerio de Obras Públicas y M. Pierre Lacau, director general del Servicio de Antigüedades, que no habían podido asistir el día anterior, hicieron su inspección oficial. El corresponsal del Times, Mr. Merton, también estuvo presente en la apertura oficial y envió la crónica que tanto alboroto produjo en nuestro país.
El 3 de diciembre, después de cerrar la puerta de entrada con pesados tablones, se llenó la tumba hasta ras del suelo. Lord Carnarvon y Lady Evelyn marcharon el día 4 hacia Inglaterra para tomar allí varías disposiciones como preparación antes de volver a incorporarse a la campaña; y el día 6 les seguí a El Cairo para hacer mis compras, dejando a Callender al cuidado de la tumba en mi ausencia. Mi primera preocupación fue la verja de acero y la encargué el mismo día que llegué por la mañana, prometiéndome que se me entregaría a los seis días. Me tomé con más calma los otros encargos, que eran de muy diferente carácter, ya que incluían material fotográfico, productos químicos, un automóvil, cajas de embalaje de todas clases, y treinta y tres balas de percal, más de un kilómetro y medio de guata e igual cantidad de vendajes. Estaba dispuesto a estar siempre provisto de los dos últimos, por ser ambos muy necesarios e importantes artículos.
Mientras estuve en El Cairo tuve tiempo suficiente para reflexionar sobre la situación y se me hizo cada vez más claro que necesitábamos ayuda a gran escala si teníamos que llevar a cabo el trabajo en la tumba de forma satisfactoria. Lo que necesitábamos antes y más urgentemente era en el campo de la fotografía, ya que nada podía hacerse hasta que hubiésemos hecho un buen reportaje fotográfico, tarea que requería una habilidad técnica del más alto nivel. Uno o dos días después de mi llegada a El Cairo recibí un telegrama de felicitación de Mr. Lythgoe, conservador del Departamento de Egiptología del Metropolitan Museum of Art, de Nueva York, que tenía una concesión territorial en Tebas, muy próxima a la nuestra, estando separados solamente por una cordillera, y en mi respuesta le pregunté, algo tímidamente, si sería posible contar con la ayuda de su experto en fotografía, Mr. Harry Burton, por lo menos para las emergencias más inmediatas. Como respuesta me cablegrafió inmediatamente, y su telegrama debería ser anotado como ejemplo de desinteresada colaboración científica: «Más que encantado de ayudar en cualquier manera posible. Por favor, llame a Burton o a cualquier otro miembro de nuestro personal».
Este ofrecimiento fue refrendado más tarde de la manera más generosa por el Consejo de Administración y el director del Metropolitan Museum, y a mi regreso a Luxor me puse de acuerdo con mi amigo Mr. Winlock, director de las excavaciones de la concesión de Nueva York, que iba a ser el más perjudicado por el arreglo, no sólo sobre la cesión de Mr. Burton, sino para que Mr. Hall y Mr. Hauser, dibujantes de la expedición, pudieran pasar todo el tiempo necesario para hacer un dibujo a gran escala de la antecámara y su contenido. Otro miembro del equipo de Nueva York, Mr. Mace, director de la excavación de la pirámide de Lisht, estaba también disponible y nos telegrafió a sugerencia de Mr. Lythgoe para ofrecernos su ayuda. De este modo no menos de cuatro miembros del equipo de Nueva York estuvieron total o parcialmente asociados al trabajo de esta campaña. Sin su generosa ayuda hubiera sido imposible llevar a cabo tan enorme tarea.
Tuve otro golpe de suerte en El Cairo. Mr. Lucas, director del Departamento de Química del Gobierno Egipcio, disfrutaba de tres meses de permiso antes de retirarse definitivamente del gobierno y se ofreció generosamente para poner sus conocimientos a nuestra disposición durante estos tres meses, oferta que, ni que decir tiene, me apresuré a aceptar. Así quedó completo nuestro equipo de trabajo normal. Además de esto el doctor Alan Gardiner se ofreció amablemente para todo el material con inscripciones que pudiera aparecer, y el profesor Breasted en un par de visitas que nos hizo nos ayudó mucho en la difícil tarea de descifrar las impresiones de los sellos.
El 13 de diciembre la verja de acero estaba terminada y yo había hecho ya todas las compras necesarias. Regresé a Luxor y el día 15 todo llegó al Valle en perfectas condiciones, debiéndose la pronta entrega de los paquetes a que fueron expedidos sin demora por cortesía de los oficiales del ferrocarril estatal egipcio, que permitieron que viajaran en el expreso en lugar del lento tren de carga. El día 16 abrimos la tumba una vez más y el 17 la verja de acero fue colocada en la puerta de la cámara y estuvimos preparados para empezar. El día 18 empezó el trabajo, haciendo Burton sus primeros experimentos en la antecámara y empezando Hall y Hauser el plano. Dos días más tarde llegó Lucas, quien empezó inmediatamente a hacer toda clase de experimentos sobre materiales de conservación para varios objetos.
El día 22, como resultado del clamor levantado, se permitió a la prensa europea y local ver la tumba, incluyéndose en el permiso cierto número de notables de Luxor que habían quedado decepcionados al no recibir una invitación a la apertura oficial. En aquella ocasión sólo habíamos podido invitar a un número muy limitado de personas, dada la dificultad de procurar la integridad de los objetos en el reducido espacio disponible. Mace llegó el 25, y dos días más tarde, estando lo suficientemente avanzados los trabajos de fotografía y planos, trasladamos el primer objeto fuera de la tumba.
INVESTIGACIÓN PRELIMINAR
Published on Marzo 9, 2008
in egipto.
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