LA HABITACIÓN QUE HABÍA TRAS LA CÁMARA FUNERARIA: EL TESORO

LA HABITACIÓN QUE HABÍA TRAS LA CÁMARA FUNERARIA: EL TESORO
En el transcurso de nuestro trabajo llegó el momento de dirigir nuestras energías hacia el almacén que había detrás de la cámara funeraria, aunque en este caso tal vez sería mejor llamarlo «el Tesoro más recóndito».
Dicha habitación no medía más de 4,78 m. por 3,81 m. de superficie por 2,34 m. de altura. Su acceso se gana por medio de una puerta muy baja abierta en el extremo norte de la pared oeste de la cámara funeraria. Es de extrema simplicidad, sin traza alguna de decoración. Tanto las paredes como el techo están sin alisar, siendo todavía visibles las huellas del cincel sobre la superficie de la roca. De hecho está igual que la dejaron los antiguos albañiles: incluso pueden verse las últimas partículas de cal que cayeron al suelo al trabajar a cincel.
A pesar de su pequeñez y simplicidad estaba igualmente llena de impresionantes recuerdos del pasado. Al entrar por primera vez en una habitación como ésta, cuya intimidad no ha sido violada durante más de treinta siglos, el intruso siente cierta reverencia, o incluso temor. Casi parece una profanación perturbar su larga paz y romper su eterno silencio. Incluso la persona más insensible, al pasar por el umbral inviolado debe sentir, sin duda alguna, la admiración y maravilla que destilan de los secretos y las sombras de aquel tremendo pasado. La misma quietud de su atmósfera, intensificada por los muchos objetos inanimados que la llenan, erigiéndose durante siglos y siglos tal como las manos piadosas los habían colocado, crea un sentimiento indescriptible de sagrada obligación que le fuerza a uno a reflexionar antes de atreverse a entrar y mucho menos a tocar nada. Es difícil explicar con palabras este tipo de emociones, cuyo origen es un sentimiento de miedo. Uno analiza a fondo el significado de la curiosidad. El eco de nuestros propios pasos, el más mínimo ruido, tienden a incrementar el temor y a aumentar inconscientemente la reverencia: el intruso enmudece.
Tal llamada del pasado le hace a uno dudar antes de aventurarse a entrar y explorar, pero sólo hasta que se recuerda que, por más que uno respete, el deber del arqueólogo es para el presente. Tiene que interpretar lo que está oculto y observar cualquier detalle que le haga cumplir este objetivo.
Al contrario que las demás, esta puerta no estaba tapiada o sellada. A través de ella teníamos una clara visión del contenido de la habitación. Al cabo de los pocos días de su descubrimiento (el día 17 de febrero de 1923), después de haber hecho un breve reconocimiento de su contenido, cerramos la puerta con planchas de madera a fin de no distraernos ni tener la tentación de sacar ninguno de los objetos de esta pequeña habitación, mientras nos ocupábamos del numeroso material de la cámara funeraria. Pero por fin apartamos este tabique de madera y tras cuatro años de paciente espera nuestra atención se dirigió una vez más hacia su interior. Así apareció de nuevo todo su contenido, muchos objetos de carácter místico y absorbente interés, pero la mayoría de finalidad puramente funeraria y de intenso carácter religioso.
En la puerta, cerrando prácticamente el paso a la habitación, había una figura negra del perro-chacal Anubis, cubierto con un paño y yaciendo sobre un pylon dorado colocado sobre una plataforma con largas andas para su transporte. En el suelo del umbral, frente al pylon de Anubis, había una pequeña antorcha roja con un pedestal de arcilla parecida a un ladrillo, y en él una fórmula «para rechazar al enemigo de Osiris (el muerto) bajo cualquier forma en que se presente» y, detrás de Anubis, una extraña cabeza de vaca, emblemas de la tumba y del más allá. Junto a la pared sur, de este a oeste, había gran cantidad de cofres negros, siniestros, como unas capillas. Todos estaban sellados menos uno, cuyas puertas habían caído dejando ver estatuillas del rey envueltas en paños, de pie a lomos de leopardos negros. Desde su descubrimiento nuestra imaginación vacilaba ante la idea de lo que podían contener aquellos otros cofres. Por fin había llegado el momento de saberlo.
Sobre estos cofres negros y sin orden aparente, salvo que sus mástiles apuntaban hacia el oeste, había varias maquetas de embarcaciones, equipadas con camarotes, miradores, tronos y palios sobre la popa, el puente y la cubierta. Frente a los cofres, sobre una maqueta de granero repleta de grano, había otra barca más complicada, con las jarcias y las velas replegadas y en la esquina sudoeste, debajo de los cofres, había una enorme caja negra de forma oblonga, que contenía una figura de Osiris envuelta en vendas.
En el lado opuesto, paralelo al pylon y a las andas de Anubis, había una hilera de cofres bellamente adornados con marfil, ébano y yeso dorado, así como algunas cajas abombadas de simple madera, pintadas de blanco. Contenían joyas y otros tesoros, pero una de ellas, la más sencilla, cuya tapa levanté al entrar en la habitación, contenía un abanico de plumas de avestruz con empuñadura de marfil, una reliquia patética, pero hermosa, del joven rey, con todas las apariencias de encontrarse en tan perfectas condiciones como cuando dejó sus manos.
A lo largo de este lado norte de la habitación había diversos objetos: más maquetas, un carcaj de rica ornamentación y dos carros de caza cuyas piezas desmanteladas yacían una sobre otra de modo similar a las carrozas encontradas en la antecámara. En el extremo nordeste había más cajas de madera, una sobre otra, cofres en miniatura y diez quioscos de madera negra que, sin duda, albergaban las figuras shawabti, o réplicas del muerto. Todos estos objetos estaban intactos.
Sin duda los ladrones habían entrado en esa habitación, pero en su afán de botín parece ser que hicieron poco más que abrir y saquear los cofres y algunas cajas. A primera vista, la única prueba evidente de su visita eran algunas cuentas de collar y minúsculos fragmentos de joyas esparcidos sobre el suelo, sellos rotos y tapas separadas de sus cajas, piezas de tela colgando de estas y, de vez en cuando, un objeto volcado. El ladrón o ladrones debieron de conocer la composición del contenido de esta habitación ya que, con raras excepciones, sólo se habían tocado aquellas cajas que contenían objetos de valor intrínseco.
Este era el contenido general de la pequeña habitación que había detrás de la cámara funeraria, pero una simple mirada bastaba para demostrar que el objeto principal estaba en la pared opuesta, de cara a la puerta, ya que allí, contra la pared este y llegando casi hasta el techo, había un baldaquín dorado, recubierto de frisos de cobras solares de brillantes incrustaciones. Este baldaquín, sostenido por cuatro pilares cuadrados encima de un soporte, albergaba un baúl en forma de capilla, con fórmulas inscritas pertenecientes a los cuatro genios, o hijos de Horus. Sobre los cuatro costados, alrededor de este baúl en forma de capilla, había estatuillas a bulto redondo de las diosas protectoras Isis, Neftis, Neith y Selkit. Contenían la caja canope que, a su vez, albergaba los cuatro recipientes con las vísceras del rey muerto.
Es evidente que la colección de objetos colocados en esta habitación formaba parte de un gran concepto oculto y que cada uno de ellos tenía un poder mágico de alguna clase. Como bien dice el doctor Alan Gardiner: «Es preciso admitir sin duda que la idea de que hay un poder mágico inherente en la imagen de las cosas es un concepto característico de los egipcios…». A nosotros nos toca descubrir cuáles eran los significados respectivos de estos objetos y sus supuestos poderes mágicos y divinos. La investigación científica requiere un análisis a fondo y por ello espero que no se me interprete mal cuando digo que no era posible ser irrespetuoso con el ritual funerario de una teología desaparecida y, aún menos, satisfacer la excitación de una curiosidad morbosa al tocar estos objetos religiosos. Nuestra obligación era no dejar por explorar nada que pudiese añadir al conjunto de conocimientos tanto arqueológicos como históricos que aumentaban continuamente acerca de este culto funerario altamente interesante y complicado.
Por muy extraño y extenso que sea este ajuar funerario, sin duda pertenecía a un sistema más o menos organizado para la protección de los muertos en general y como resultado de ideas misteriosas servía de defensa contra las imaginaciones de los hombres. La asociación de los objetos del ajuar se había destinado a alcanzar fines desconocidos, bajo muchos puntos de vista, y al igual que las innumerables células del cuerpo humano, poseían, o se creía que poseían, poderes para intervenir en cuanto se les llamara, obedientes a una orden quién sabe de quién. De hecho constituían una forma de autoprotección para el futuro. La gente que así lo dispuso era previsora y, de acuerdo con la época, no podía escapar a la influencia dominante de las costumbres tradicionales. Por muy ultrarreligiosos que sean la mayoría de los objetos, siempre podemos encontrar en ellos pruebas de las magníficas posibilidades del pueblo que los creó.
A fin de intentar averiguar el significado de esta pequeña habitación, me referiré ahora al papiro de Turín, que contiene el plano de una tumba real, descubierto el siglo pasado y que es nada menos que un proyecto para la tumba de Ramsés IV. A pesar de que este documento pertenece a un reinado casi doscientos años posterior al de Tutankhamón, contiene información que ayuda a esclarecer la tumba que estamos estudiando. El documento es un proyecto de plano para una tumba faraónica, que da la altura de las puertas, los nombres y dimensiones de los diversos corredores y cámaras, con detalles tales como: «Dibujados los límites, se graba con el cincel, se rellena con colores y se completa». En el reverso del papiro, entre otras notas, hay más medidas junto con el título inicial: «Medidas de la tumba del Faraón, Viviente, Próspero, Saludable». Algunos detalles menores de este esquema no coinciden exactamente con la tumba de Ramsés IV, aunque el plano es idéntico en las partes esenciales. Estas diferencias se explican por el hecho de que cuando se hizo la tumba, este plano no era más que un proyecto con muchas modificaciones. Entre otros detalles interesantes el documento se refiere a «La Casa de Oro, donde Uno descansa», significando la cámara funeraria donde se coloca el cadáver del faraón para su eterno descanso. Incluso se menciona que dicha cámara «está provista del equipo de Su Majestad en cada uno de sus lados, junto con la Encada Divina que está en la Duat [el más allá]».
El tono dorado o amarillo de las cámaras sepulcrales de todas las tumbas de Tebas sin duda simboliza la puesta del dios-sol bajo las montañas del Oeste, de lo cual deriva la apelación que se da a esta parte de la tumba, la cámara funeraria, en el documento, «La Casa de Oro, donde Uno descansa». La frase «provista del equipo de Su Majestad en cada uno de sus lados» se refiere evidentemente a las grandes capillas y al soporte para el paño funerario que había que erigir sobre el sarcófago y que aparecen dibujados en el plano exactamente en el mismo orden que las capillas y el paño encontrados en la tumba de Tutankhamón. La expresión final «junto con la Enéada Divina que está en la Duat» parece referirse a una serie de figuras como las que encontramos en los numerosos cofres negros en forma de capilla que había en la habitación que estaba detrás de la cámara funeraria. A juzgar por la tumba de Seti II, en que aparecen tales figuras, éstas pueden estar pintadas en las paredes de la tumba o, como en el caso de la Dinastía XVIII, representadas plásticamente.
En un tipo de tumba real más complicado, usado durante la Dinastía XVIII, la cámara funeraria comprende una sala hipóstila con escalones al fondo que conducen a una especie de cripta abierta para el sarcófago, así, como cuatro habitaciones pequeñas o cámaras para tesoros, dos junto a la parte con pilares y dos junto a la llamada cripta abierta. Tanto en el proyecto de la cámara funeraria de Ramsés IV como en la misma tumba, esta área se ha convertido en una gran cámara rectangular con un corredor pequeño detrás de ella, con nichos y escondrijos. En el documento, al corredor que hay detrás de la cámara funeraria con nichos y escondrijos se le llama «El corredor, que es un lugar shawabti , el lugar de Descanso de los Dioses; el Tesoro a mano izquierda (y derecha); y el Tesoro más recóndito». En las paredes de este último —el Tesoro más recóndito— en la tumba de Ramsés IV hay pintadas jarras canopes, quioscos para figuras shawabti y otras piezas del ajuar funerario. Sin embargo, en las primeras tumbas de la Dinastía XVIII se colocaba el equipo canope a los pies del sarcófago.
Así, pues, a través de los datos mencionados y por la colección de materiales encontrados en esta pequeña habitación, detrás de la cámara funeraria, queda bastante claro que combina varias habitaciones en una: el «lugar shawabti el lugar de Descanso de los Dioses», por lo menos uno de los dos «Tesoros» y el «Tesoro más recóndito».
Esta es una breve descripción de la heterogénea colección de objetos que se apiñaban en esta pequeña habitación. En ella encontramos el equipo canope, esencial en toda tumba; salvoconductos para el paso del muerto por el más allá; objetos que el muerto había necesitado en su vida diaria y que, por lo tanto, continuaría necesitando en su vida futura; joyas para adornarle, carros para divertirle y sirvientes (las figuras shawabti) para llevar a cabo en su lugar cualquier trabajo enojoso que se le ordenase hacer en el más allá. En los cofres negros en forma de capilla había estatuillas del rey que le representaban en ocupaciones divinas y en varias formas de su nueva existencia; figuras de los dioses que pertenecen a la «Enéada Divina», ya que el faraón, como dios, tiene que poseer una corte de divinidades que le, ayuden a través de los peligros a que puede estar expuesto. En el umbral de, la puerta había una llama para impedir que «la arena asfixiara la tumba y para rechazar al intruso». Había también embarcaciones para hacer al difunto independiente de los favores del «barquero celeste» o permitirle seguir a Ra, el dios sol, en sus viajes nocturnos a través de los túneles del más allá y en su viaje triunfal a través de los cielos. También había barcas, con todos los aparejos y equipadas con camarotes para simbolizar el peregrinaje funerario; un granero lleno de grano; una piedra para molerlo; coladores para la elaboración de una bebida estimulante, la cerveza; y natrón para la conservación de sus restos mortales e inmortales. Incluso había una figura burlesca que representaba la regerminación de Osiris, el reverenciado dios de los muertos, quien, al igual que un hombre, sufrió la muerte y fue enterrado, levantándose después para una vida inmortal. Había muchos símbolos de significado oscuro, pero también ellos tenían su utilidad y alguna explicación supersticiosa.
Además del material que acabamos de mencionar debió de haber allí una maravillosa colección de tesoros en los cofrecillos y todavía estarían en su lugar a no ser por las actividades de selección de los ladrones de tumbas en época dinástica.