LA TUMBA Y LA CÁMARA FUNERARIA

LA TUMBA Y LA CÁMARA FUNERARIA
El temor y el respeto que generalmente se asocian a la idea de la muerte estaban, por lo menos tan profundamente arraigados en la mente de los antiguos como en la del hombre moderno. Estas emociones han llegado hasta nosotros a través de caminos oscuros y ancestrales, coloreando las mitologías sucesivas, moldeando el comportamiento humano e incluso retocando la teología cristiana. En todos los tiempos y en todas las razas la muerte ha aparecido como el más impenetrable de los misterios y como la última necesidad inevitable que el oscuro destino del hombre debe afrontar, y los esfuerzos de éste por esclarecer las tinieblas que se ciñen sobre su futuro son patéticos. Hubo un tiempo en el que su vida y su arte se centraban especialmente en este problema irresoluble. La razón humana ha intentado siempre calmar los temores del hombre; su mente, anhelante y activa, se ha esforzado instintivamente en encontrar solaz para ellos en sus creencias, en obtener alguna protección contra los peligros que llenan el oscuro vacío de lo desconocido. El hombre siempre ha sabido encontrar a través de su abatimiento un tenue rayo de esperanza; en el mismo umbral de la muerte ha buscado consuelo en el amor y el afecto que lo unen a los demás vivientes, un anhelo espontáneo revelado por los antiguos ritos funerarios. Se hace evidente en el expreso deseo —como el dado por Jacob a su hijo— de que se depositen sus huesos junto a los de sus parientes y en el preciado recinto de su tierra natal, un instinto de origen atávico según sugiere la investigación científica. Sin embargo, ya desde los tiempos más remotos los medios para obtener algún consuelo frente a este gran problema han ido cambiando, mientras permanecía la tradición fundamental. En el Valle del Nilo, la simple tumba superficial se convirtió en una gran pirámide funeraria y una capilla mortuoria. Partiendo de los esfuerzos más grandiosos e impresionantes de todos los monumentos funerarios que guardan la memoria de los muertos, la tradición se ha alterado una y otra vez hasta alcanzar una simplicidad tal, que aquellos vastos preparativos se han reducido a un breve epitafio y una corona de flores. Sin embargo, de todas estas transiciones que hicieron época a nosotros solamente nos concierne una: la del Imperio Nuevo egipcio.
Muchas de las costumbres funerarias de los períodos más antiguos de la historia de Egipto se practicaban ampliamente durante el Imperio Nuevo tebano. Cuando alguno desaparecía era para dar lugar a conceptos más elaborados que pretendían ser igualmente beneficiosos para los muertos. Una de las innovaciones fue el aumento en la cantidad de muebles y efectos personales que se colocaba en la tumba. Otra fue que en el Imperio Nuevo en lugar de estar contiguas la tumba y la capilla funeraria del rey, las momias reales se enterraban en complicados hipogeos excavados en los acantilados, lejos de sus edificios funerarios. Su decoración era tan suntuosa como la de sus capillas. Sin embargo, en la Dinastía XVIII empezaron a decorar tan sólo la cámara funeraria con los textos que se consideraban más necesarios para los muertos. Más tarde, en las Dinastías XIX y XX los corredores, pasadizos y antecámaras que precedían a la cámara funeraria —llamada la «sala de oro»— se recubrieron de arriba abajo con elaborados textos y escenas sacados principalmente de los libros sagrados concernientes a los reinos de los muertos, tales como los libros de «Amduat», «Las puertas», «Las cavernas» y «Los himnos al dios Sol».
Muchos de estos hipogeos tallados en la roca se excavaron en el remoto Valle de los Reyes, unos veintiocho en total, mientras que las capillas mortuorias, muchas de las cuales tenían dimensiones dignas de un templo, se construían en la llanura desértica que bordea la tierra cultivable. Era en estos edificios donde se celebraban las ceremonias y ofrendas a los reyes muertos mientras «Osiris» descansaba en solitario, en el lejano Valle, encerrado en su «Trono silencioso», la tumba.
En las capillas mortuorias de la llanura encontramos junto a escenas religiosas, crónicas del reinado concreto al que pertenecían, pero en las tumbas del Valle, o hipogeos, sólo encontramos textos acerca del reino de los muertos y los saludos de bienvenida de los dioses del Oeste.
Ya desde el principio del Imperio estos hipogeos muestran estadios de evolución, aumentando gradualmente su importancia y alcanzando su clímax en época de Tutmés IV, a partir de cuyo reinado, con pequeñas excepciones, desaparecen las adiciones y la planta de la tumba cae gradualmente en decadencia. Sólo en el caso de las tumbas de los llamados reyes herejes que pertenecían a la religión de Atón, monoteísta, se prescinde del sistema ortodoxo del Imperio Nuevo. Así, pues, no es sorprendente encontrar que la tumba de Tutankhamón es de tipo heterodoxo, a pesar de que restauró la antigua religión —la adoración de Amón-. Al contrario de Tutankhamón y del rey Ai, Horemheb, que usurpó el trono y fundó la Dinastía XIX, al construir su tumba en el Valle volvió a introducir la planta ortodoxa con todos sus componentes. También en la tumba de Horemheb se puede ver directamente la transición del tipo de tumba inclinada de la Dinastía XVIII a la tumba recta de su dinastía y las siguientes.