LAS CARROZAS

LAS CARROZAS
El aumento de nuestros conocimientos sobre esta materia tiende a incrementar nuestra admiración por la gran habilidad técnica demostrada por los antiguos artesanos egipcios dada la relativa limitación de medios que tenían a su disposición.
Sabemos que eran particularmente hábiles en el diseño de la estructura de los vehículos, según lo demuestran las pinturas murales de las capillas funerarias y también por los bellos ejemplares de carros descubiertos en Egipto durante los siglos XVIII y XIX.
Hay uno en la colección egipcia de Florencia, otro en el Museo de El Cairo, descubierto por Mr. Theodore Davis en la tumba de Yuaa y Tuaa, ambos ejemplos notables por su perfección. Están bien construidos, son fuertes y, al mismo tiempo, extremadamente ligeros. Consisten en una estructura de madera moldeada y reforzada y, en uno de ellos, adornada con cuero. Sin embargo, a pesar de su perfecta ejecución y de la belleza de sus líneas, estos carros son del tipo usado por los nobles de Tebas y pueden calificarse de carrocines, ya que no tienen la magnificencia de las carrozas, de las cuales el primer ejemplar aparecido fue el bastidor encontrado en la tumba de Tutmés IV. Desgraciadamente este último, descubierto también por Mr. Davis y depositado en el Museo de El Cairo, había sido roto por los saqueadores de aquella tumba. Sus ruedas, ejes y varas habían sido destruidos, pero el bastidor, la única parte que quedaba, era no sólo un magnífico ejemplo de construcción de vehículos, sino que debió de ser una obra maestra de artesanía. Su exterior e interior estaban recubiertos con escenas bélicas y ornamentación tradicional, modeladas en bajorrelieve sobre una estructura de paneles extraordinariamente ligeros, cuyas superficies tenían una preparación de cañamazo y yeso, que sin duda estuvieron recubiertos de oro. Sin embargo, nunca pudo apreciarse el verdadero significado de su esplendor hasta que se descubrieron ejemplares más completos en la antecámara de la tumba de Tutankhamón.
En ella las carrozas aparecieron amontonadas en gran confusión y desgraciadamente habían sufrido también deterioro, ya que los ladrones las habían manejado sin contemplaciones en su esfuerzo por arrancar las partes más valiosas de la decoración de oro. Sin embargo, el desorden en que encontramos estas carrozas no se debía tan sólo a los saqueadores. El pasadizo de acceso a la tumba era demasiado estrecho para permitir pasarlas completas, así que las habían desmontado e incluso habían cortado los ejes por la mitad para llevarlas a la cámara, donde las piezas habían sido amontonadas, una sobre otra. Sin embargo, a excepción de algunos detalles menores de la ornamentación que habían sido arrancados y del cuero que se había convertido en una masa viscosa a causa del calor húmedo del recinto, se las puede considerar completas, conservando incluso sus alfombras que, cuando el tiempo lo permita, podrán reconstruirse totalmente. Su admirable diseño y belleza justificarán cualquier cantidad de tiempo y trabajo que se emplee en ellas. Están recubiertas de oro de arriba abajo, estando decorado cada centímetro de éste con cenefas repujadas y escenas tradicionales; los bordes y toda su estructura están decorados profusamente con piedras semipreciosas y vidrios policromados incrustados en la chapa de oro.
Como todos los ejemplares conocidos, los bastidores de estas carrozas no tienen asiento alguno. El auriga real iba siempre de pie y sólo raramente se sentaba mientras conducía. La parte trasera está completamente abierta a fin de que el conductor pueda saltar rápidamente al suelo o volver a subir, según sea necesario. El suelo consistía en una mezcla de correas de cuero entrelazadas, recubiertas con una piel de animal o una alfombrilla de lino de considerable espesor a fin de hacer el movimiento del carro más fácil gracias a su flexibilidad. El suelo elástico del bastidor era una forma primitiva de muelle. El muelle auténtico, más eficaz, tal como el que se usa hoy, no se aplicó a los vehículos de ruedas en Europa hasta el siglo XVII. Antes de esta época los bastidores de los carruajes colgaban de soportes en la parte baja del carro por medio de largas tiras de cuero. En el caso de los carros egipcios, se conseguía mayor comodidad colocando las ruedas y el eje lo más atrás posible, utilizando así la máxima flexibilidad de la vara.
El carruaje propiamente dicho lo componían un eje y dos ruedas. Por las razones citadas, estas piezas estaban colocadas en la parte posterior del bastidor, pero como éste descansaba en parte sobre la vara y ésta a su vez estaba fija al eje, la vara formaba también parte de la infraestructura del carruaje, o carruaje propiamente dicho. Así, como el bastidor del carro se apoyaba en el eje y la vara, ésta estaba muy doblada en aquel extremo, de modo que el suelo del bastidor, una vez atado a los caballos, quedaría más o menos horizontal. De este modo, el peso del cuerpo y el del auriga se repartía en parte sobre las ruedas y en parte sobre los caballos, pero cuando el conductor se colocaba muy atrás en el cuerpo, era el carruaje propiamente dicho el que recibía la mayor parte de su peso. El bastidor se unía al eje y la vara por medio de tiras de cuero y gruesas correas lo fijaban al palo de la vara por su borde delantero superior. De ello puede concluirse que la vara servía no sólo para uncir los caballos, sino también en parte como infraestructura o carruaje propiamente dicho.
Las ruedas, de seis radios, mostraban en su ejecución unos conocimientos mecánicos especializados, campo en el que no hemos progresado mucho. Su construcción, extremadamente ligera, se concentra en hacer el cubo y las varas lo más fuertes y duraderos posible para una rueda de madera.
Como algunos de estos ejemplares están recubiertos de oro y su rareza impide que podamos desmontarlos para examinarlos cuidadosamente, usaré como ejemplo los fragmentos de una rueda descubierta durante los trabajos de Lord Carnarvon en la tumba de Amenofis III, en Wadyein, un valle secundario del Valle de las Tumbas de los Reyes. Se trata sin duda de un producto del mismo taller y no puede ser más de veinticinco años anterior, como máximo. Con los fragmentos de esta rueda aparecieron algunas piezas de la estructura del bastidor del carro, así como algunos fragmentos de los arneses, todo ello de construcción similar a los ejemplares más perfectos hallados en la tumba de Tutankhamón. Los fragmentos de esta rueda pertenecían a la vara, la parte baja de los radios y partes de los flancos interior y exterior del cubo, de las que aún cuelga gran parte de las correas. Su estructura consiste en seis piezas en forma de V hechas de madera moldeada, destinada cada una a formar un segmento del cubo y la parte central de dos radios. Una vez montadas estas piezas en forma de V forman el cubo de la rueda y seis radios completos. En la parte del cubo de cada una de estas piezas hay la mitad de dos muescas, dispuestas de tal modo que al unirlas forman las seis profundas muescas del cubo, destinadas a recibir las correspondientes espigas de ensambladura sobre los bordes de las dos bridas cilíndricas, a su vez encajadas en el cubo de la rueda por dentro y por fuera. Así estas dos bridas cilíndricas destinadas a mantener el carro en pie durante cualquier movimiento lateral, cubrían también un importante objetivo de la construcción: sus espigas, una vez encajadas en las muescas del cubo, ensamblaban unas partes con otras, formando un cubo perfecto. Las bridas, cubo y radios, una vez encajados, se ataban con cuero sin curtir que, al secarse, se encogía, manteniéndolos unidos.
Si he logrado hacerme entender, se verá que este curioso tipo de rueda posee no sólo todos los elementos de ligereza, sino que tiende a neutralizar cualquier riesgo de fisura y a alcanzar una solidez aún mayor cuando se encuentra bajo un peso considerable. El ensamblaje es tan perfecto que en partes del ejemplar de que hablamos apenas si pueden verse las junturas a simple vista, a pesar de haber sido manejado sin cuidado alguno. Los radios aparecen encajados en la llanta, o parte exterior de la rueda, y el peligro de rotura está eliminado al disponer de grandes muescas para la espiga. Los «neumáticos» eran de cuero.
La elaboración de un carruaje depende, en gran parte, de la selección de materiales. Los antiguos egipcios eligieron, igual que lo hacemos nosotros, las maderas apropiadas para las distintas piezas. Las doblaban artificialmente (mecánicamente). La construcción de un buen carro precisa una combinación de oficios raramente reunidos en una sola tarea, ya que abarca materiales muy diversos. En las pinturas murales y esculturas del antiguo Egipto, los artistas han sabido reflejar las partes que estaban a cargo del carpintero, carretero, curtidor, y otros artesanos, respectivamente.
Los aparejos de tiro, tales como el yugo, unido al extremo de la vara y atado a los arneses sobre las cruces de los caballos, servían para el arrastre y también para sostener el carro; asimismo, mantenían a los caballos a una misma distancia y en la misma posición relativa. Se colocaban aguijones en forma de espuela en el arnés delantero y en la brida a fin de evitar que los caballos se salieran del eje de arrastre. Como sólo se encontraron dos de estos aguijones para cada carro hallado en esta tumba, parece ser que sólo se colocaba uno en cada caballo, por la parte exterior.
A través de varias pinturas del rey en su carro sabemos que los caballos se ataviaban con suntuosas telas y adornos para el cuello y que se ataba un penacho de plumas de avestruz a su cabeza y bridas. No había rastro alguno de ello en la tumba. Los arneses de cuero, evidentemente los de la parte del pecho, se habían desintegrado, pero como la mayor parte de su decoración de oro labrado estaba allí, será posible reconstruir las partes esenciales a base de tiempo y de un estudio cuidadoso. Hasta ahora no sabemos qué clase de bocado se empleaba para dominar los caballos, ya que los ladrones tomaron todo el metal que pudieron llevarse y, sin duda, también los bocados de metal. Por el porte y conducta en general de los caballos, según aparecen retratados en el cofre pintado de esta tumba, se puede suponer que los bocados eran del tipo de freno con barbada. Los frenos, al parecer, pasaban a través de anillas pegadas al arnés y eran lo bastante largos como para ir atados a la cintura del rey, a fin de que éste tuviese los brazos libres para defenderse, ya que el rey siempre iba solo en su carro. Se usaban anteojeras —había varias en la tumba— y los carros estaban dotados de carcajes llenos de flechas, ya que el arco era la principal arma de ataque. Uno de los rasgos más notables y peculiares de las carrozas era un halcón solar dorado pegado al extremo de la vara. Era la escarapela, por decirlo así, de la casa real y, al igual que los penachos de plumas de avestruz sobre las cabezas de los caballos, la utilizaban sólo el rey y los príncipes de su linaje.
Los cuatro carros que aparecieron en la antecámara (hay otros en el almacén de la cámara funeraria que aún no hemos tocado) pueden dividirse en dos categorías: carrozas y carrocines. De éstos, los últimos eran más abiertos y de construcción más ligera, probablemente para la caza o simplemente para ejercitarse.
Las carrozas, recubiertas de oro, con sus suntuosos aderezos y arneses, debieron de producir un efecto de magnificencia en los desfiles reales, especialmente si pensamos en cómo el metal bruñido debía reflejar el brillante sol de Oriente, un hecho puesto de relieve por la siguiente cita de una tableta de Akhenatón, en que se demarcan los límites de su ciudad: «Su Majestad subió a un gran carro de electro, semejante a Atón cuando se levanta de su horizonte y llena la tierra con su amor…».
Esperamos poder dar una idea de la belleza de las carrozas a través de esta breve descripción. El efecto que debían producir al moverse bajo los cielos de Egipto debió de ser de brillante esplendor, con los adornados arneses reflejando la luz y el ondear de las plumas de los caballos en un gran desfile de brillantez, colorido, resplandor y riqueza tal vez raramente superado en cualquier otro período o por ningún otro pueblo amante de lo espléndido. Este es el tipo de impresiones que obtenemos no sólo de los monumentos, sino a través de lo que el tiempo y las circunstancias nos han dejado en esta tumba.
Los bastidores de las carrozas no son completamente abiertos por detrás, sino que tienen aberturas romboideas en los costados. Pegado al borde superior de madera de estos bastidores hay un reborde secundario que forma una protuberancia en forma de estante. El espacio entre ambos bordes está recubierto por unas decoraciones que consisten, en la parte central, en el tema tradicional de la «Unión de los Dos Reinos» y, a cada lado, los enemigos de Egipto hechos cautivos. La chapa de oro de la parte frontal de los bastidores está repujada e incrustada con adornos tradicionales. En uno de ellos hay una complicada cenefa en forma de espiral; en el otro hay el diseño de la pluma, el papiro y el ojo de buey. En cada caso hay un panel con los emblemas del rey. Asimismo en la parte inferior del cuerpo de los carros hay los emblemas del rey sostenidos por el símbolo de la «Unión de los Dos Reinos». En uno de ellos se ve a los prisioneros del Norte y del Sur atados y debajo un magnífico friso representando a los enemigos derrotados, con los brazos atados a la espalda, de rodillas ante un Tutankhamón triunfante con cabeza en forma de león aplastando a los enemigos de Egipto. Decoraciones de este tipo, en las cuales el pueblo conquistado aparece representado en figuras de actitud convencional, pero individualistas en carácter y detalle, se consideraban como un símbolo natural del poder del rey. Este deseo de humillar al enemigo y la ausencia de magnanimidad en los conquistadores no son más que el espíritu de una imaginación desatada convertido en imágenes en estas escenas bélicas de los faraones, en las cuales el vigor y la variedad de las confrontaciones tienen una intensidad incomparable. El otro ejemplar tiene tanto el interior como el exterior decorados con cenefas de pluma, papiro y ojo de buey. En la parte interior de los paneles, junto a esta decoración hay incrustados medallones de plata y oro.
En ambas carrozas las aberturas romboideas de los costados de los cuerpos tienen los bordes adornados con dibujos de flores hechos con incrustaciones de piedras semipreciosas, vidrio y fayenza. En la unión del bastidor con el eje hay unos rebordes profusamente decorados con pedrería; en uno de ellos hay una grotesca máscara de oro del dios Bes. Los ejes de madera llevan colgantes de oro a intervalos, con ricas incrustaciones de vidrio y piedras semipreciosas, formando motivos florales y los nombres de los países enemigos. Cada par de ruedas tiene sus radios, cubos y llantas recubiertos de láminas de oro; la superficie de rodadura es de cuero. Las varas son de madera lisa, con una cápsula de oro en el extremo, en la cual aparece el halcón-sol de oro, símbolo de la realeza. Rellenando por completo la parte del disco por encima de la cabeza del halcón-sol hay un emblema labrado con el prenombre del rey. Ya que se consideraba a los faraones como representantes del dios Sol en la tierra, ¿sería demasiado arriesgada la hipótesis de que este emblema simbolizaba su supuesto origen solar? Los yugos de madera, unidos a la vara, estaban recubiertos de oro y uno de ellos tenía cabezas de enemigos talladas a cada extremo.
Los extremos de los arneses delanteros, a los que iban atados los yugos, estaban decorados con cabezas del dios del hogar, Bes, y las tiras del cinturón pasaban por sus bocas abiertas. Este complicado sistema de adorno y muesca para los cinturones con una sola pieza, puede haberse inspirado en el hecho de que este dios aparece representado en varias piezas del ajuar con una larga lengua: en este caso, las bridas que le salen de la boca parten de la misma idea. Sobre los arneses hay unas piezas de aragonito en forma de carreta, decoradas con una fina filigrana de oro rojizo. Con cada carro apareció un par de aguijones en forma de espuelas, que ya hemos mencionado. También había espantamoscas de pelo de caballo, muy útiles en estas tierras, y anteojeras para las bridas de los caballos con ornamentaciones.
Puede decirse que estos carros tan profusamente decorados ocuparon en el ceremonial egipcio el lugar de las diligencias en la época moderna.