TUTANKHAMÓN
Siempre que un descubrimiento arqueológico pone a la luz vestigios de una época remota y de las vidas humanas desaparecidas que ésta albergaba, instintivamente nos concentramos en los rasgos aparecidos por los que sentimos más simpatía. Estos hechos suelen ser invariablemente los que tienen mayor contenido humano. Una flor de loto hoy marchita, algún símbolo de afecto, un simple rasgo familiar, nos devuelven al pasado, a su aspecto humano, de una manera mucho más vivida que cualquier sentimiento que puedan producir la austeridad de unos informes o las pomposas inscripciones oficiales alardeando de cómo algún oscuro «Rey de Reyes» dispersó a sus enemigos, pisoteando su dignidad.
Hasta cierto punto esto es lo que ocurre con el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón. Sabemos muy poco del joven rey, pero podemos hacer ahora algunas conjeturas acerca de sus aficiones y su temperamento. Como vehículo sacerdotal a través del cual se transmitía la influencia divina sobre el mundo tebano, o sea como representante en la tierra de Ra, el gran dios-sol, el joven rey apenas se nos aparece con figura clara o comprensible, pero, en cambio, se nos hace fácilmente inteligible como criatura de inclinaciones humanas normales, amante de la caza y deportista apasionado. Aquí nos encontramos con ese «toque de la naturaleza que nos hace familiar el mundo entero».
Los aspectos religiosos de la mayoría de los pueblos se modifican a través del tiempo, las circunstancias y la educación. En algunos casos los sentimientos frente a la muerte y sus misterios son refinados y espirituales. Al aumentar la cultura, el amor, la piedad, la pena y el afecto encuentran modos de manifestación y de expresión más refinados. Hay buena evidencia de ello en los epitafios griegos y en las inscripciones funerarias latinas. Pero si los aspectos más delicados del dolor parecen haber sido manifestados menos explícitamente por los egipcios, es más bien a causa de que los sentimientos más íntimos del ser humano parecen estar abrumados bajo el peso de sus complejos ritos funerarios, por lo que nos encontramos con que estas emociones están ausentes. La idea alrededor de la que giran estos ritos es la creencia en la supervivencia del alma humana. Ningún sacrificio se consideraba excesivo para fortalecer esta creencia e imprimirla sobre el mundo. A sus ojos el más allá parece haber tenido mayor importancia que la existencia en este mundo e incluso el estudioso menos profundo de sus costumbres se preguntará sobre la espléndida generosidad con la que este pueblo antiguo solía enviar a sus muertos hacia su último y misterioso viaje.
Sin embargo, aunque la tradición y las prácticas religiosas imperaban en los antiguos ritos funerarios egipcios, su ritual deja lugar para aspectos personales que representaban el dolor de los que quedaban mientras se pretendía dar ánimos al muerto para llevar a cabo su viaje a través de los peligros del más allá, según se desprende del contenido de la tumba de Tutankhamón. Los misteriosos símbolos de su complejo credo no han logrado esconder este sentimiento humano. El erudito se da cuenta de ello poco a poco, al avanzar en sus investigaciones. La impresión de dolor personal se nos transmite tal vez más claramente por lo que sabemos de la tumba de Tutankhamón que por muchos otros descubrimientos, y se nos presenta como una emoción que acostumbramos a considerar de origen relativamente moderno. La diminuta corona funeraria sobre el regio ataúd, la hermosa copa votiva de alabastro con su conmovedora inscripción, la caña cortada por el propio joven a la orilla del lago, atesorada por sus sugestivos recuerdos: estos objetos y otros muchos ayudan a transmitir un mensaje: el de los vivos llorando a los muertos.
Un sentimiento de pérdida prematura le sigue a uno tenuemente por toda la tumba. El joven rey, evidentemente lleno de vida y capaz de disfrutarla, ha comenzado —¿quién sabe bajo qué trágicas circunstancias?— su último viaje a poco de alcanzar la madurez desde los radiantes cielos de Egipto hasta las tinieblas del oscuro más allá. ¿Cómo podría expresarse mejor la pena? En su tumba percibimos un esfuerzo por plasmarla y así la emoción, expuesta de un modo tan comedido y elegante, es la expresión de un dolor humano que une nuestra solidaridad a un dolor manifestado hace más de tres mil años.
Como ya dijimos en otros capítulos, sabemos que políticamente el corto reinado y vida del rey debieron de ser particularmente difíciles. Es posible que fuese el instrumento de oscuras fuerzas políticas que actuaban detrás del trono. Es una conjetura razonable, por lo menos así lo dejan entrever los pocos datos de que disponemos. Pero por mucho que Tutankhamón fuera un instrumento de movimientos político-religiosos, cualquiera que haya sido la influencia política que ejerció o cualesquiera que fuesen sus propios sentimientos religiosos, si es que los tenía, lo cual nunca podremos saberlo, hemos reunido, en cambio, una cuantiosa información acerca de sus gustos e inclinaciones a través de las innumerables escenas que hay en los objetos de su tumba. En ellas encontramos las más vividas indicaciones de las afectuosas relaciones que Tutankhamón tenía con su joven esposa, así como pruebas de su amor por el deporte, su juvenil pasión por la caza, lo que le hace aparecer tan humano ante nuestros ojos después de un lapso de tantos siglos.
¿Qué podría ser más encantador, por ejemplo, que el panel del trono, representado de un modo tan conmovedor? Por un instante estas imágenes parecen levantarnos por encima del paso de los años, destruyendo el sentido del tiempo. Ankhesenamón, su joven y encantadora esposa, aparece añadiendo un toque de perfume a la gargantilla del joven rey, o dando los últimos toques a su tocado antes de que él presida una ceremonia importante en el palacio. Tampoco debemos olvidar la pequeña corona de flores que todavía conserva un toque de color, la ofrenda de despedida colocada sobre la frente de la imagen del joven rey yacente en su sarcófago de cuarcita.
Otros incidentes representados sugieren incluso un toque humorístico. Entre los episodios de la vida privada diaria del rey y la reina que aparecen en una pequeña naos de oro, vemos a Tutankhamón acompañado de su cachorro de león, cazando patos salvajes con arco y flecha mientras que la joven reina está arrodillada a sus pies. Con una mano le tiende una flecha, mientras con la otra le señala un pato muy gordo. En la misma naos está representada de nuevo ofreciéndole las libaciones sagradas, flores o collares, o atando un colgante alrededor de su cuello. Así aparece la joven pareja en varias escenas de atrayente simplicidad. En otra cacería vemos a la reina acompañando al rey en una canoa de cañas. En ella sostiene afectuosamente su brazo, como si él estuviese fatigado por los asuntos de Estado, y en otra ocasión —sugiriendo un aire travieso en estas pequeñas escenas de su vida privada— vemos al rey derramando un delicado perfume en la mano de ella mientras descansan en sus habitaciones. Son estas escenas encantadoras, llenas del refinamiento que tanto nos gusta considerar moderno.
En un abanico de oro encontrado entre las capillas doradas que cubrían y protegían el sarcófago, muy parecido a los que vemos representados en época romana y aún utilizados hoy en día en el Vaticano, hay una figura de Tutankhamón bellamente cincelada y engastada, en la que aparece cazando avestruces para obtener las plumas que formarían el mismo abanico. En el reverso le vemos triunfante en su regreso a casa, mientras los sirvientes transportan su presa, dos avestruces muertos, y él lleva las codiciadas plumas bajo el brazo.
Continuamente se nos presentan escenas con las actividades del joven deportista. En los arneses de los carros aparece practicando el tiro con arco. Nos imaginamos que, al igual que algunos de nuestros primeros reyes, tenía gran afición por este deporte. Como prueba de su maestría encontramos en su tumba, junto a los bumeranes y otros proyectiles de caza, un magnífico arco hecho en su honor, cubierto con láminas de oro, decorado con delicadas filigranas y ricamente adornado con piedras semipreciosas y vidrios de colores. En una caja alargada de la antecámara encontramos diferentes tipos de arcos decorados con cortezas de árbol, así como flechas finamente talladas. También encontramos otros arcos y flechas muy cerca de su momia, bajo las capillas doradas que protegían el sarcófago. En la vaina de una hermosa daga de oro que encontramos ceñida a la cintura de la momia, entre los vendajes, había también numerosas representaciones de animales salvajes. Incluso su tarro para cosméticos refleja su pasatiempo favorito. En él aparecen toros, leones, podencos, gacelas y liebres, las piezas favoritas del cazador. Sus perros slughi están realzados en escenas que sugieren su gusto por la práctica del deporte y la vida al aire libre.
No hay duda de que en aquellos días en los alrededores de Tebas había una extensa área de marismas que atraía y albergaba gran cantidad de caza. También la había en los bordes del desierto y en los arbustos de los resecos riachuelos. El joven rey cazaba toda clase de aves en las marismas. El desierto le proporcionaba un amplio campo para desarrollar sus habilidades de deportista, cazando desde su carro mientras sus cortesanos seguían en carretas y sus ayudantes corrían junto a él. Parece ser que en estos cotos del desierto se podía obtener todas las variedades de la caza. Tutankhamón usaba el arco y las fechas, soltando alternativamente sus podencos a la vista de las piezas.
Tenemos aún otra prueba de su interés por el deporte en un dibujo esquemático encontrado cerca de la entrada de su tumba, trazado posiblemente por uno de los artesanos empleados en la construcción del sepulcro. Apareció en una lasca de caliza y representa al joven rey ayudado por sus podencos matando a un león con una lanza. Si un artesano cualquiera es capaz de realizar un trabajo tan vigoroso, es lógico esperar un arte de extrema belleza de los especialistas empleados por los gobernantes de Egipto, quienes, al parecer, tenían un gusto artístico muy refinado. Los tesoros de la tumba de Tutankhamón demuestran lo justificado de esta suposición.
Uno de los mayores tesoros artísticos es el cofre de madera pintada aparecido en la antecámara. La parte exterior, completamente recubierta de yeso, tiene toda su superficie pintada con una serie de diseños de brillante colorido y exquisita ejecución. En la tapa, de forma curva, hay escenas de caza; a los lados, las escenas nos muestran el campo de batalla, donde vemos a Tutankhamón y su séquito peleando con energía; en las otras caras de la caja aparece el rey en forma de león pisando a sus enemigos. El vigor, imaginación y dramatismo de estas escenas son extraordinarios y sin rival en el arte egipcio. En las escenas de guerra vemos al joven, pero victorioso monarca, pisando con satisfacción a sus enemigos asiáticos y africanos. A pesar de su finura hemos de admitir que tienen un cierto aire bravucón. El poderoso monarca, que para causar un mayor impacto ya no aparece como un joven esbelto, dispara desde su carro sobre sus enemigos, creando el pánico a su alrededor mientras los cadáveres se amontonan a sus pies. Desde luego, tales representaciones de los reyes egipcios son tradicionales. En este caso son, probablemente, el acostumbrado homenaje del pintor de la corte. Es muy improbable que Tutankhamón tomara parte en campaña alguna, especialmente debido a su edad, pero los reyes y conquistadores orientales siempre han sido muy tolerantes con tales ficciones. Los dibujos de la tapa del cofre son particularmente vividos. En ellos vemos escenas de caza con gran sentido de la velocidad y el movimiento. Los detalles y anécdotas son múltiples y en todos ellos Tutankhamón aparece acompañado por sus podencos. Incluso en las escenas de batallas podemos ver a sus perros arrastrando y despedazando a sus enemigos. El rey persigue la fauna del desierto sobre su carro, arrastrado por briosos caballos, con bellísimos arreos. Antílopes, avestruces, onagros y hienas huyen ante él, así como los demás habitantes del desierto, que incluye leones y leonas. Entre las figuras de los animales que huyen y entre los pies de los acompañantes se insinúan matojos de la brillante flora desértica, formando el tapiz vegetal de los wadis. Tutankhamón y sus podencos irrumpen en el lecho de los resecos arroyos, provocando una estampida en todas direcciones, mientras sus sirvientes le siguen a respetuosa distancia. Las bestias aparecen agonizando, con trazos de gran realismo. En algunos casos —por ejemplo en el grupo de leones— el artista alcanza una fuerza trágica. Los animales agonizantes, atravesados por las lanzas, están retratados con una fuerza espléndida. Uno de ellos, el jefe de la manada, alcanzado en el corazón, cae al suelo tras saltar en el aire en el último espasmo de la muerte. Otro coge con sus garras una lanza clavada en su boca que cuelga entre sus mandíbulas, mientras un cachorro se aleja con la cola entre las patas y otros leones yacen en posturas torturadas, de patético sufrimiento. Si el rigor histórico de esta obra de arte puede ponerse en duda, es, en cambio, indiscutible que consigue reflejar las aficiones e inclinaciones del rey. De hecho estas exquisitas representaciones y delicadas miniaturas no son más que escenas de caza idealizadas en las que se ha logrado captar e interpretar las aficiones y el temperamento del joven rey, así como el espíritu de la caza.
Es difícil encontrar muestras de inclinaciones más amables que ésta entre los vestigios de los faraones. Sus antecesores nos han dejado muy pocas representaciones de sus sentimientos más delicados; aun así los mensajes de la arqueología no son siempre los que más esperamos y nos emocionamos y sorprendemos ante la expresión de unos sentimientos tan humanos como los que aparecen en algunas piezas del ajuar funerario de Tutankhamón. A través de ellos vemos que era un joven intrépido y amable, amante de caballos y perros, del deporte y la gloria militar. Sin embargo, aún hay otro aspecto a considerar. La ornamentación tradicional, cincelada en oro sobre los carruajes y los hermosos relieves de prisioneros africanos y asiáticos atados a los báculos del rey y tallados sobre los muebles, sugieren la fuerza de un faraón empeñado, por lo menos metafóricamente, en poner a sus enemigos bajo sus pies, y tipifican el espíritu bravucón asociado con el carácter de los gobernantes del antiguo Egipto, aunque en este caso es menos ominoso que en otras tumbas.
Nuestra imaginación se centra también en las trompetas de plata dedicadas a las legiones o unidades del ejército egipcio, encontradas en la antecámara y en la cámara funeraria. La experiencia militar de Tutankhamón debió de ser muy reducida, pero aún así podemos imaginarle rodeado por sus generales, hombres de Estado y cortesanos, recibiendo el saludo al paso de las apiñadas legiones durante los desfiles militares.
Su momia, al igual que sus estatuas, demuestra que fue un joven delgado, de cabeza más bien grande, presentando algunas similitudes estructurales con el soñador Akhenatón, quien, probablemente, era su padre además de ser su suegro.
Así, paso a paso, la pala del excavador nos revela a través de las varias disciplinas arqueológicas un mundo del pasado y cuanto más grande es nuestro saber, más crece nuestro asombro y tal vez nuestro pesar por lo poco que ha cambiado la naturaleza humana durante los pocos milenios de los que tenemos algún conocimiento histórico. Nuestra mirada se fija particularmente en el antiguo Egipto, que nos ha proporcionado unas visiones tan vividas de su maravilloso pasado. La vida de este país desfila ante nosotros a través de un cofre pintado, una silla decorada, en una capilla, una cámara funeraria o la pared de un templo, en manifestaciones a la vez extrañas y emocionantes. Nuestras simpatías se centran en muchos aspectos, pero es principalmente en su arte donde nos sentimos más próximos a su modo de ser y a través de él reconocemos en el rey deportista, el amigo de sus perros, el joven esposo y la esbelta reina, criaturas de un gusto muy humano, llenas de emoción y afecto, muy próximas a nosotros mismos.
De este modo aprendemos a no sobreestimar nuestro presente haciéndose nuestra perspectiva moderna menos condescendiente con nosotros mismos y más filosófica. Nos inclinamos a creer que en aquella época remota algunas características se hicieron innatas en el hombre, aunque la investigación arqueológica apenas si se ha ocupado de ellas. Podemos vislumbrar atavismos de los que apenas somos conscientes y tal vez sean éstos los que despiertan nuestra simpatía por Tutankhamón, su esposa y el género de vida sugerido por su ajuar funerario. Tal vez son estos instintos los que nos compelen a desvelar el misterio de aquellas oscuras intrigas políticas de las que le vemos rodeado, incluso mientras sigue a sus podencos por entre las marismas o en el desierto, o cuando caza patos entre los cañaverales junto a su sonriente esposa. El misterio de su vida todavía se nos escapa; las sombras van desapareciendo, pero la oscuridad no acaba de levantarse.










