VISITANTES Y PERIODISTAS
Para la mayoría de los arqueólogos es sorprendente la creciente atención popular que recibe ahora nuestra ciencia. En el pasado hacíamos nuestro trabajo felizmente, interesándonos por él, pero sin esperar que los demás expresaran algo más que una moderada cortesía al referirse a nosotros; ahora, de repente, nos encontramos con que el mundo se interesa por nuestra actividad con una curiosidad tan intensa y ávida de detalles que se envían corresponsales especiales con crecidos sueldos para que nos entrevisten, informen de nuestros movimientos y se escondan tras las esquinas intentando sonsacarnos algún secreto. Como dije, es un poco sorprendente, por no decir incómodo, y a veces nos preguntamos cómo y por qué se ha llegado a esta situación. Aunque nos lo preguntemos, creo que será bastante complicado contestar exactamente a esta pregunta. Supongo que cuando hicimos el descubrimiento, el público en general estaba inmerso en un profundo aburrimiento con las noticias de reconstrucciones, conferencias y mociones y buscaba ansiosamente un nuevo tipo de conversación. Por otra parte, la idea de un tesoro enterrado atrae a la mayoría. Cualquiera que sea la razón, o razones, lo cierto es que cuando el Times publicó la primera noticia, ningún poder sobre la tierra pudo protegernos de la publicidad que cayó sobre nosotros. Estábamos indefensos y tuvimos que arreglárnoslas como pudimos.
El lado embarazoso del asunto nos alcanzó de manera inequívoca. Vinieron telegramas de todas partes del mundo. Al cabo de una o dos semanas las cartas empezaron a llegar, una auténtica avalancha de correspondencia que aún no ha terminado. Algunas de ellas eran realmente asombrosas. Empezando por cartas de felicitación, había otras con ofrecimientos de ayuda que iban desde hacer los planos de la tumba hasta ofrecerse como ayuda de cámara: peticiones de recuerdos, «unos granitos de arena de encima de la tumba serían recibidos con gratitud», fantásticos ofrecimientos de dinero, desde derechos para hacer películas hasta patentes de diseños de vestidos, consejos sobre el modo de conservar las antigüedades y los mejores métodos para apaciguar los espíritus malignos y los elementos, recortes de prensa, opúsculos, informes que pretendían ser chistosos, airadas denuncias de sacrilegio, pretensiones de parentesco, «sin duda usted debe ser el primo que vivía en Camberwell en 1893 y del que no hemos sabido desde entonces», etc. Durante todo el invierno cayeron sobre nosotros presuntuosas comunicaciones de este tipo, al ritmo de diez a quince por día. Tenemos un saco lleno de ellas y estoy seguro de que se podría hacer un interesante estudio psicológico si tuviéramos tiempo para llevarlo a cabo. ¿Qué puede uno hacer, por ejemplo, con la persona que pregunta solemnemente si el descubrimiento de la tumba arroja alguna luz sobre las supuestas atrocidades de los belgas en el Congo?
Luego llegaron nuestros amigos los corresponsales de prensa que invadieron el Valle en grandes números y dedicaron todo su talento social —que era mucho— a hacer desaparecer cualquier resto de soledad o aburrimiento que el desierto hubiera podido producirnos. Es bien cierto que cumplieron a fondo con su deber, ya qué cada uno se debía a sí mismo y a su periódico la obligación de obtener información diaria y los que estábamos en Egipto nos alegrábamos al enterarnos de que Lord Carnarvon había decidido poner la publicidad en manos del Times.
Otro aspecto embarazoso, y tal vez el más serio que nos trajo la fama, fue la fatal atracción que la tumba ejercía sobre los visitantes. No es que quisiéramos hacerlo todo en secreto o que objetáramos a los visitantes como tales, de hecho hay pocas cosas tan agradables como enseñar nuestro trabajo a quien puede apreciarlo, pero al ir empeorando la situación pronto se hizo manifiesto que, a menos que hiciéramos algo para evitarlo, íbamos a pasar toda la campaña jugando a guías turísticos y nunca conseguiríamos poder trabajar. Desde luego era un nuevo episodio de la historia del Valle. Siempre había habido turistas, pero hasta entonces había sido un asunto comercial y no una fiesta campestre. Con sus guías bajo el brazo habían visitado cuantas tumbas les permitía el tiempo o su dragomán, se tragaban apresuradamente la comida y salían corriendo para otro empacho de visitas en otro lugar.
Pero este invierno, dragomanes y programas fueron olvidados y muchos lugares normalmente visitados permanecieron desiertos. La tumba parecía un imán. El peregrinaje empezaba a primera hora de la mañana. Los visitantes llegaban en burro, carro y coche de caballos y se disponían a sentirse en el Valle como en su propia casa por un día. Sobre el límite superior de la tumba había una pared de escasa altura sobre la que tomaban asiento y se establecían, esperando a que ocurriera algo. A veces ocurría, más o menos a menudo, pero no parecía que fuesen a perder la paciencia por ello. Allí permanecían toda la mañana leyendo, hablando, haciendo calceta, fotografiándose el uno al otro o a la tumba, quedando satisfechos con poder dar una ojeada a cualquier cosa. Siempre se producía una gran excitación cuando corría la voz de que iba a sacarse algo de la tumba. Ponían a un lado los libros o la calceta y sacaban un ejército de máquinas de fotografiar, enfocándolas hacia el pasadizo de entrada. A veces temíamos que la pared cediera y un montón de visitantes se precipitara dentro de la tumba. Visto desde arriba debía de ser impresionante ver cómo extraños objetos, tales como los grandes animales dorados de los sofás, emergían gradualmente de la oscuridad hasta la luz del día. Los que los transportábamos estábamos demasiado pendientes de que cruzaran sanos y salvos el pasadizo para pensar en tales cosas, pero podíamos hacernos una idea de la impresión que causaba a los mirones al oír primero un silencio y luego una rápida sucesión de exclamaciones.
Nada podíamos objetar a estos visitantes ocasionales que se contentaban con mirar desde arriba, y siempre que era posible sacábamos los objetos de la tumba sin envolverlos en atención a ellos. Lo más difícil de manejar era el gran número de gente a quien por una razón u otra había que mostrarles la tumba de arriba abajo. Ésta fue una dificultad que apareció tan gradual e insidiosamente, que durante mucho tiempo no nos dimos cuenta del inevitable resultado, pero llegó un momento en que el trabajo quedó totalmente paralizado. Al principio, como es natural, tuvimos las visitas de inspección de las autoridades competentes. Éstas fueron siempre bien recibidas. También nos alegrábamos de la visita de otros arqueólogos. Tenían derecho a ver la tumba y nos encantaba poder enseñarles todo lo que había por ver. Hasta aquí todo estaba bien y nada hubiese ocurrido. El problema empezó con las cartas de recomendación. Hubo centenares de ellas, escritas por nuestros amigos —nunca habíamos notado antes cuántos teníamos, por los amigos de nuestros amigos, por gente que tenía relación con nosotros y por los que no tenían ninguna. También las había por motivos diplomáticos, escritas por ministros o autoridades locales. No hay que olvidar las escritas por el propio beneficiario, algunas requiriendo sin más que se les enseñara la tumba, otras mostrando con gran claridad e ingenio cuan irrazonable sería rehusar el hacerlo. Una persona avispada incluso llegó a interferir la llegada del mozo de telégrafos e intentó convertir la entrega del telegrama en una excusa para entrar. El deseo de visitar la tumba se convirtió en una obsesión para los turistas y en los hoteles de Luxor la cuestión del modo de hacerlo y posibilidades se convirtió en un tópico de conversación. Los que habían visto ya la tumba alardeaban abiertamente de ello y para muchos que no lo habían hecho, conseguir una introducción por cualquier medio llegó a ser un asunto de honor personal. La cosa llegó a tal extremo que algunas agencias en América anunciaban viajes a Egipto con el único propósito de ver la tumba.
Todo esto, como puede imaginarse, nos ponía en una difícil situación. Había visitantes a quienes teníamos que admitir por razones diplomáticas y otros a los que no podíamos negárselo sin ofenderles seriamente, no sólo a ellos sino a la tercera persona que había escrito la recomendación. ¿Dónde había que poner el límite? Desde luego había que hacer algo, ya que, como he dicho, el trabajo estaba detenido la mayor parte del tiempo. De vez en cuando lo solucionábamos escapándonos. Diez días después de abrir la puerta sellada llenamos de nuevo la tumba, cerramos el laboratorio a piedra y lodo y desaparecimos por una semana. Así conseguimos un poco de respiro. Cuando regresamos decidimos dejar la tumba enterrada irrevocablemente y tomamos la norma de no permitir visita alguna al laboratorio.
Toda esta cuestión de los visitantes es un asunto delicado. Ya hemos tenido muchas discusiones acerca de ello, y se nos ha acusado de falta desconsideración, mala educación, egoísmo, rudeza y otras muchas cosas, así que tal vez sería conveniente explicar los problemas que comporta. Son dos. En primer lugar, la presencia de visitantes crea un serio peligro a los objetos mismos, un riesgo que nosotros, responsables de ellos, no podemos dejarles correr. ¿Cómo podría ser de otro modo? La tumba es pequeña y está llena de gente y antes o después —ya ocurrió más de una vez el año pasado- un paso en falso o un movimiento apresurado por parte de un visitante puede dañar irreparablemente una pieza. No es culpa del visitante, ya que no sabe ni puede saber la posición exacta o el estado de cada objeto. Es culpa nuestra por permitir que esté allí. Lo malo es que cuanto más interesado y entusiasta es el visitante, hay más posibilidades de que sea la causa del daño: se excita y en su entusiasmo hacia un objeto es muy capaz de retroceder, pisando o derribando otro. Incluso sin dañar directamente los objetos, el paso de grandes grupos de visitantes remueve el polvo, lo cual ya es suficiente para perjudicarlos.
Éste es el primer peligro y el más evidente. El segundo lo constituye la pérdida de tiempo que representan las visitas, que con ser menos aparente, en cierto modo es aun más grave. Todo ello le parecerá muy exagerado al visitante individual, ya que, ¿quién pensará que la media hora empleada por éste pueda afectar una campaña de trabajos? Es cierto en cuanto a su media hora, pero ¿qué hay que pensar de los otros nueve visitantes o grupos de visitantes que vendrán el mismo día? Con un simple cálculo puede verse que él y los otros han ocupado cinco horas de nuestro día de trabajo. De hecho es mucho más de cinco, ya que en los cortos intervalos entre visitantes es imposible ponerse a hacer nada importante. Todo un día se ha perdido para todo propósito y objetivo. Ahora bien, en la pasada temporada hubo días en que el número de visitantes llegó a ser de diez, y si hubiésemos accedido a todas las peticiones, evitando toda posibilidad de ofender a nadie, no habría habido día en que no pasaran de los diez. En otras palabras, hubiera habido semanas en las que no habríamos hecho nada en absoluto. Tal como fueron las cosas el invierno pasado, dedicamos a los visitantes la cuarta parte de nuestra campaña de excavación. Como resultado tuvimos que prolongar nuestro trabajo a la estación calurosa durante un mes más de lo que habíamos planeado, y el calor que hace en el Valle en el mes de mayo no es cosa que pueda contemplarse con ecuanimidad resultando lo menos apropiado para llevar a cabo un buen trabajo.
Sin embargo, había algo más importante que nuestros inconvenientes: todo esto representaba un auténtico peligro para los mismos objetos. Las antigüedades son frágiles y muy sensibles a cualquier cambio de temperatura, debiendo ser tratadas con mucho cuidado. En este caso el contraste entre la atmósfera constante de la antecámara y la temperatura variable del exterior y la sequedad de la tumba que usábamos como laboratorio era muy apreciable y algunos de los objetos lo acusaron. Era de extrema importancia que pudiéramos aplicar materiales de conservación lo antes posible y en algunos casos debíamos estudiar el tratamiento más conveniente con experimentos que había que controlar con mucho cuidado. Es evidente que el peligro de interrupción era continuo y creo que no hay que insistir más en este aspecto. ¿Qué pensaría un químico si se le pidiera que dejase un experimento delicado para enseñar su laboratorio? ¿Qué sentiría un cirujano si se le interrumpiera en medio de una operación? ¿Y qué diría el paciente? Y ya no es necesario pensar qué diría un hombre de negocios —me gustaría saberlo— si recibiera diez grupos de visitantes en una sola mañana, esperando cada uno que les mostrara su oficina.
Y, sin embargo, el derecho de la arqueología a recibir un poco de consideración es tan grande como el de cualquier otra forma de investigación científica o incluso — ¿me atreveré a escribirlo?— el de la sagrada ciencia de hacer dinero. ¿Por qué por el simple hecho de llevar a cabo nuestro trabajo en regiones remotas en vez de hacerlo en el tumulto de la ciudad se nos ha de considerar groseros si nos oponemos a constantes interrupciones? Supongo que la verdadera razón es que, en opinión de la gente, la arqueología no es un auténtico trabajo. Excavar es una especie de divertimiento de turista a lo grande, llevado a cabo con el dinero del excavador, si es lo bastante rico, o con el de otras personas si uno puede persuadirlas de que se asocien a él y todo lo que tiene que hacer es disfrutar de la vida en un magnífico clima invernal y pagar a los nativos para que le encuentren las cosas. En gran parte, el arqueólogo aficionado, el que rara vez hacer nada por sí mismo y que la mayoría de las veces está ausente cuando se hace el descubrimiento, es el responsable de esta opinión. La vida de un excavador serio es, a menudo, monótona y, como espero poder demostrar en el próximo capítulo, tan dura como la de cualquier otro miembro de la sociedad.
He escrito sobre este asunto más de lo que pretendía, pero en realidad se trata de algo muy serio para nosotros. En esta tumba se nos presenta una oportunidad, como no la ha tenido ningún arqueólogo, pero que hemos de aprovechar al máximo —y si dejamos de hacerlo mereceremos el justo desprecio de las futuras generaciones de arqueólogos, de proclamar que es absolutamente esencial que nos dejen trabajar sin interrupciones. No sería lo mismo si los que nos visitaban hubiesen sentido alguna inclinación hacia la arqueología o hubiesen tenido algún interés en ella. A la mayoría les atraía solamente la curiosidad o, lo que es peor, querían visitar la tumba porque es lo que estaba de moda. Querían poder hablar largamente acerca de ello a sus amistades o alardear ante turistas menos afortunados que no habían podido conseguir una recomendación. ¿Pueden imaginarse algo más enloquecedor que conceder media hora de tiempo precioso a un visitante que ha pulsado toda clase de teclas para lograr ser admitido, en un momento en que uno está inmerso en un problema difícil y luego oírle decir en voz bien audible mientras se marcha: «Bueno, después de todo no hay gran cosa que ver»? Esto sucedió el invierno pasado y más de una vez. En todo caso, en la próxima temporada los turistas tendrán mucho menos que ver. Será completamente imposible entrar en la cámara funeraria, ya que cada centímetro estará ocupado por andamios y el traslado de la capilla pieza por pieza será una operación demasiado delicada para permitir interrupciones. En el laboratorio pensamos ocuparnos de un solo objeto cada vez, que embalaremos y enviaremos en cuanto hayamos terminado con él. En el Museo de El Cairo está expuesto el contenido de seis cajas llenas de objetos y con toda humildad hemos de suplicar a quienes visiten Egipto que se contenten con esto y con lo que puedan ver desde fuera de la tumba y que no se empeñen en entrar en ella. Los que están verdaderamente interesados en la arqueología serán los primeros en darse cuenta de que la petición es razonable. Los demás, los que consideran la tumba como una atracción turística y Tutankhamón como un simple tópico de conversación, no tienen derechos en este asunto y no merecen consideración alguna. Sean cuales fueren nuestros descubrimientos en esta campaña, esperamos poder ocuparnos de ellos dignamente, como debe ser.










